La escuela Libre de Homeopatía ubicada en Peralvillo 75 una zona que mucha gente prefiere evitar, pero que es el camino diario de muchos otros, entre ellos los estudiantes que hasta hace unos meses la llamaban su alma mater. Un edificio como cualquier otro, una fachada digna de una escuela con muros altos y desgastados, sus rejas descarapeladas y en la cima un letrero gigante anunciando lo que ahí se va a aprender.
Sin embargo, ese edificio ha tomado notoriedad para el resto de la ciudad que antes no tenía, las noticias han corrido desde el día en que hubo una protesta por su cierre. A pesar de que los alumnos exigen su derecho a la educación, poder acabar su carrera, las autoridades han tomado la decisión irrevocable de dar por terminadas las actividades de esa institución.
Perder una escuela financiada por el gobierno siempre es un golpe duro para los estudiantes que no se pueden permitir pagar otra escuela, pero lo que se ha descubierto en el lugar ha horrorizado a toda la población.
Unos días después del cierre oficial, un grupo de estudiantes se enfrentó con la policía. Cerca de cien estudiantes armados con pancartas y consignas le hicieron frente a un grupo aún mayor de uniformados, armados con toletes para amedrentar y desalojar a los estudiantes. Después de un par de horas de insultos, empujones y conatos de bronca los policías lograron ahuyentar a los estudiantes y decidieron entrar al edificio para inspeccionarlo.
Todo parecía normal en los salones y oficinas, pero al llegar al sótano el aire olía a formol, metal oxidado y un olor pungente, penetrante que no lograban identificar, un olor que la mayoría de las personas tienen la fortuna de no percibirlo jamás, pero que en ese momento un grupo de policías lo iban a guardar en su memoria para siempre.
Las paredes del lugar estaban tapizadas de gavetas metálicas, al acercarse los policías el olor se hizo más fuerte y las nauseas eran casi irreprimibles. Uno de ellos abrió la gaveta más cercana, no se pudo contener y vomitó al instante, para su horror, delante de él un cadáver y la cosa empeoraba porque era el cadáver de un niño de no más de diez años, con una herida a lo largo del tórax.
A lo largo del día se fueron abriendo más y más gavetas, todas llenas de restos humanos, hombres, mujeres y niños por igual.
Después de toda una tarde devastadora encontrando cuerpos, son trasladados para que los puedan revisar los médicos forenses para verificar las causas de la muerte y poder investigar este caso tan raro que parece salido de una película de terror.
El primer cuerpo es llevado a la mesa de metal donde son examinados, unas luces que tintinean de vez en cuando lo iluminan, es el niño que se encontró primero. Morado por el paso del tiempo y la descomposición, un olor que puede quebrar hasta al más experimentado de los forenses, una escena que nadie se quiere encontrar, pero es momento de trabajar.
Lo primero es ver que esconde esa enorme cicatriz que cruza su pecho, el forense enciende su cierra y abre la herida que ya estaba suturada. Mete su mano buscando lo que se supone debería encontrar en un cuerpo humano, pero tienta y tienta y no encuentra nada, el diagnóstico es obvio, ese cuerpo no tiene órganos. Sigue la revisión del niño, no tiene corazón, riñones, hígado, pulmones, hasta sin sus córneas lo dejaron. Para la causa de muerte todo parece indicar que lo usaron como mercado de órganos hasta que su cuerpo ya no pudo resistir más.
Cuerpos y cuerpos revisados y la conclusión seguía siendo la misma, todos habían sido usados como proveedores de órganos, les habían quitado todos los órganos que habían podido hasta su muerte.
Sí resolver el caso de cuerpos encontrados en una escuela de homeopatía ya se veía complicado y un escándalo para el gobierno, ahora con este giro, el sótano de una escuela utilizado como bodega de órganos para el mercado negro, se volvía de total importancia resolverlo inmediatamente.
La noticia no tardó en expandirse y las teorías no se hicieron esperar, hablaban de sectas, otros decían que fue el crimen organizado y la que más sonaba era un cartel que vendía órganos a gente que pudiera pagarlos.
El gobierno conformó un grupo para que se encargara específicamente de este caso, policías, detectives, forenses, peritos y criminólogos estaban involucrados. El líder del grupo era el detective Julián Álvarez, un detective veterano de 50 años con experiencia en el crimen organizado y la investigación de cuerpos en fosas clandestinas.
El detective Álvarez cita a todo el grupo en una pequeña sala de juntas mal iluminada, de la delegación Cuauhtémoc, el olor a café inunda el cuarto y el ambiente es tenso, los ahí presentes apenas se mueven para respirar, todos atentos al hombre enfrente de ellos. Saben que el caso es muy importante para sus carreras, pero aún más importante agarrar a los criminales culpables de estas atrocidades.
—El primer paso será encontrar y entrevistar a todos los estudiantes y trabajadores de la universidad, indagar qué tanto saben. ¡Todos ellos son nuestros primeros sospechosos, nadie se puede nos puede escapar! — El detective se pasea entre las sillas repartiéndoles documentos. —Estos son los datos de todos lo que han formado parte de la universidad en el último año, empecemos con ellos, cítenlos a declarar o vayan por ellos a la fuerza si es necesario.
La calma tensa que reinaba en la sala se transformó en murmullos que parecían zumbidos en cuanto los oficiales se comenzaron a movilizar con las hojas en las manos revisando nombres y direcciones, saliendo apresurados cuando tenían claro que es lo primero que debían de hacer.
Una sala sin ventanas, una lámpara colgando del centro del techo, una mesa y tres sillas de metal rodeándola, un policía con su traje azul y un detective utilizan dos de las sillas y delante de ellos un desfile que parecía interminable de personas de todo tipo, jóvenes y viejos, maestros, conserjes y alumnos, uno tras otro se sentaba nerviosos enfrente de los oficiales, con las mimas respuestas en los labios, «no sé nada», «yo no vi nada», los detectives estaban inclinados en creer en la inocencia sobre todo de alumnos, la mayoría se había presentado sin ningún problema a rendir declaración y además era difícil de creer que personas tan jóvenes, que no llegan ni a los 25 años tuvieran las relaciones necesarias para mover los órganos sin llamar la atención.
Pero dentro de todo ese desfile de gente, tras una larga jornada de cansancio y callejones sin salida llega a declarar un guardia que había trabajado en la escuela, notablemente nervioso, unas ojeras que remarcaban lo saltones de sus ojos, con un aspecto desalineado que lo hacía verse como un vagabundo y oler como uno.
Lo primero que dice el señor García, el guardia, al sentarse es que no hablará con nadie más que con el jefe, a nadie más le dirá nada. El detective y el oficial se voltean a ver, pero deciden que será mejor cumplir su petición.
Al poco tiempo llega el detective Álvarez con dos cafés en las manos, se sienta frente al señor García y le acerca uno de los cafés.
—Dígame señor García, que es tan importante que solo lo puede hablar conmigo— dice mientras hojea el expediente que habían dejado los oficiales sobre la mesa.
El señor García titubea, suspira, se mese los cabellos y después de un largo rato se decide a hablar.
—¡Necesito queme garanticen que nada me va a pasar! —dice mientras se frota las manos con nerviosismo.
—¿Por qué le iría a pasar algo señor García?
—Yo solo los dejaba pasar a la escuela, no sabía lo que hacían ahí adentro, me daban dinero para dejarlos entrar por la noche. Como guardia me pagan muy poco y necesito dolo el dinero posible para sacar adelante a mi familia, pero le juro que nunca quise que le hicieran daño a nadie. — Decía entre sollozos.
—Señor García, tranquilícese, nosotros lo protegeremos, solo necesitamos saber contra quienes lo debemos proteger.
El señor García se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano, sin levantar la mirada de sus pies.
—El director se acercó a mí y me presentó a unas personas, me dijo que les dejara usar las instalaciones por la noche, que necesitaban guardar algo en el sótano y por las molestias me iban a pagar 5 mil pesos al mes. Yo no hice más preguntas, esos 5 mil para mí significaban mucho para mi familia.
—Muy bien hombre, yo le creo, pero por su seguridad lo tendremos que retener aquí hasta que todo esto se aclare. —El detective Álvarez se levanta de la silla y sale del cuarto.
—¡Inmediatamente quiero patrullas directo a la casa del director Díaz, no podemos dejar que se escape la única pista que tenemos! —Dijo mientras corría directo a su carro. —Mándenme su dirección por mensaje.
La patrulla en la que va el detective Álvarez recorre a toda velocidad las calles que faltan para encontrar la casa del director, ignorando semáforos y esquivando carros, la patrulla no se ha detenido por completo y el detective ya ha saltado del auto. Llegan a una torre de departamentos, el director vive en el tercer piso hace señas para que se dividan los policías y busquen piso por piso, mientras él con un par de policías más van directo a tocar a su puerta. Uno, dos timbrazos… ninguna respuesta. El detective apunta su arma a la perilla de la puerta y esta salta despedazada por los aires dejando libre el paso.
La sala está a oscuras, olor a mugre, un oficial prende la luz y se encuentran una estancia totalmente desordenada, papeles tirados, platos en la mesa, una silla tirada. Los oficiales sacan sus armas y se acercan a una puerta que tienen enfrente, la abren con cuidado… una pared con una gran mancha roja y tendido en una cama pulcramente tendida el director Díaz con un hoyo en la cabeza.
Un rato después, llegan los peritos a recobrar todas las pruebas que puedan encontrar en la escena del crimen. Por suerte los asesinos no habían sido cuidadosos y dejaron el lugar lleno de sus huellas y el casquillo de la bala.
Las huellas coinciden con una persona que ya ha sido arrestado en diferentes ocasiones y que se le vincula con el narco. Inmediatamente se gira una orden de busca y captura hacia Luis Hernández alias “la marrana”.
Pronto dan con su ubicación, “la marrana” tenía tanta confianza en su religión del palo mayombe que confiaba que por mucho que se expusiera su conexión con los espíritus lo iban a proteger.
La noche ya había caído cuando los oficiales llegaron a la dirección, una casa en Tepito donde “la marrana” solía pasar la noche con compañía femenina, la casa por afuera parecía una casa normal; una fachada desgastada, pintura descarapelándose, un poste de alumbrado público que no servía y coches estacionados enfrente, pero al entrar la cosa cambiaba, en lugar de ver una sala, una cocina como sería lo normal, la casa se encontraba repleta de pequeñas puertas que daban a habitaciones en las que apenas cabía una cama, creadas específicamente para el negocio del placer.
Dayana abre la puerta, es la que dio el pitazo del paradero de “la marrana”. —Está en el cuarto del fondo y que mi nombre nunca se mencione.
De regreso a la sala de interrogatorios el detective Álvarez sentado enfrente de “la marrana” el cuál se veía tranquilo, eso le hizo pensar que sacarle una confesión sería complicado, pero a la primera pregunta la marrana confesó todo, parecía no tener miedo a las consecuencias.
—Claro patrón, nosotros usábamos la escuela como bodega para los cuerpos, nos acercábamos a gente sin dinero, sin casa y les ofrecíamos una lana para que se fueran con nosotros, ni siquiera preguntaban pa que, con sus 500 varos se subían a nuestro carro. Buscábamos a gente que nadie la pudiera extrañar, ya ve que en este país hay muchos que no saben si van a poder comer hoy. En la escuela ya los esperaba el doctor que los sedaba y comenzaba a sacarle los órganos para venderlos a buenos precios a esa gente rica que se está muriendo y haría lo que fuera para poder alargar su vida.
El detective Álvarez visiblemente sorprendido anotaba todo en su libreta.
—¿No temes por tu vida con estas declaraciones?
—No se preocupe por mí patrón, esta red es más grande de lo que se imagina, podría darle los nombres que yo conozco, pero somos los meros peones en este juego, desde que se descubrió el lugar supe que yo ya estaba muerto, podrán tirar de la manta pero se van a encontrar un callejón sin salida del que se encargarán los ricos y poderosos de este país no salga nunca para que sus nombres no se vean involucrados, no van a llegar a la cabeza de la organización, solo lograrán atrapar a los que se encargan del trabajo sucio como yo y lo más seguro es que terminemos muertos antes que tras las rejas. Yo ya estoy muerto patrón.
El detective Álvarez golpea en la mesa. —No me importa que te des por muerto, comienza a recitar los nombres, ayúdame a tratar de llevarlos tras las rejas, aunque sea hazlo como un acto de venganza con la gente que va a dejar que cargues con la culpa o peor aún va a terminar con tu vida como si no valieras nada.
Luis con una sonrisa en los labios empieza a recitar una larga lista de nombres ente los cuáles se podrían encontrar policías y algunos políticos de baja monta. —Son los que yo conozco que están involucrados, pero estoy seguro de que hay gente más arriba.
—Haré lo que esté en mis manos para que esta carnicería no se repita.
Entran un par de oficiales y se llevan a Luis, que se va negando con la cabeza y con una sonrisa en los labios. —No sabe en lo que se mete si sigue por donde va yo no seré el único muerto.
Horas después el cuerpo de “la marrana” fue encontrado sin vida en su celda, un aparente suicidio, ahorcado con un cinturón y un furioso detective Álvarez gritando a quien le prestara atención, —¡¿Quién demonios lo dejó entrar a la celda con su cinturón?!
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