LA ESTACIÓN
Siempre me despido de la misma manera. Alzo el brazo y muevo la mano. Me despido de Maribel. El pelo le oculta la cara y el reflejo del cristal del tren desdibuja la figura. Me quedo en mi esquina de siempre y miro con pena como se va otra amiga para siempre. Nos conocimos hace dos meses y la he llevado a todos los rincones del pueblo y se ha sentado en el silloncito verde que tengo en la farmacia para charlar tomando té o café con mis amigos y conocidos. Llegó sola al pueblo con un contrato de tres meses; su pareja se quedó en su ciudad porque él trabaja en un supermercado con contrato indefinido. Yo nunca he visto un supermercado y le pedía y le exigía a Maribel que me contase cómo era de grande y qué artículos vendía. Si insistía tanto es porque Maribel sabía narrar historias y describía muy bien esos detalles. A otros amigos de fuera no les gustaba mucho que yo hiciera tantas preguntas. No comprenden nuestra curiosidad. Nada que ver el supermercado del marido de Maribel con nuestra tiendecita donde todos hacemos nuestras compras en el pueblo y, de tanto ir y de tanto comprar, y casi sin ponernos de acuerdo formamos un flujo continuo discontinuo, sin aglomeraciones a determinadas horas, como me explicó Maribel que ocurre en el supermercado. En nuestra tienda nunca hay más de tres o cuatro personas, nunca está vacía, nunca se forman colas. Me han explicado mis amigos de fuera muchas cosas que nunca hemos visto en nuestro pueblo, pero es difícil imaginarlas si nunca las has visto…
Aquí no llegan las señales de antenas, de telefonía o de televisión. Estamos demasiado alejados de cualquier centro. La gente que viene de fuera no lo aguanta y enseña las fotos de las cosas que nos explican. Aunque las veas en una imagen de una pantalla no es lo mismo y parecen de mentira.
Me invade a veces la impresión que estoy siempre en el andén de la estación despidiendo a mis amigos o a conocidos que dejan este pueblo. Como el agua que corre persisten continuamente las deserciones. Y sin embargo, las caras nuevas en el pueblo entran por la estación de tren. Llegan y se van en tren. Se renuevan de manera constante las amistades con las que trato. Yo permanezco en el mismo pueblo y en el mismo andén; me voy a convertir en un árbol con raíces que van destruyendo el enlosado de la estación. El tren que se lleva a mis amigos trae caras nuevas que se pueden convertir en los amigos del porvenir. Los amigos que llegan sustituyen a los que se van. No sé si un día acabará este rodar; si termina es porque yo le habré puesto fin.
Las carreteras que llegan al pueblo son demasiado malas y peligrosas. Hay muchas curvas, socavones y, de vez en cuando, se produce algún desprendimiento de tierras que tardan años en despejar. Por eso vienen en tren los de afuera. Muchos de ellos no tienen coche, son pobres y encuentran en nuestra fábrica un trabajo. Los que tienen coche en principio se empeñan en traerlo, pero desisten o el coche se queda en el camino, y tienen que buscar a alguien que les lleve a la estación más cercana. Yo no vine en tren; nací aquí como mis padres. Yo permanezco en el mismo lugar mientras los demás se mueven. No es que no me plantee coger el tren, llegar a la ciudad y ver con mis propios ojos tantas cosas que me han descrito. Y mis amistades de afuera me preguntan por qué no me voy a vivir a otra parte más civilizada, donde se vea la tele, haya cine y discotecas, se hable con el móvil o se conecte uno a internet. Al principio ante esa pregunta y en ese preciso momento, yo pensaba, sí, es cierto, llevas razón, puede que lo haga. Y era sincera. Pero luego, no sé qué pasa, que se me va de la cabeza y no pienso más en esa posibilidad, hasta que una nueva amistad, me plantea la misma pregunta otra vez. Y como ya son tantos los que me han preguntado, la pregunta ha dejado de tener su atractivo y sonrío y contesto: lo pensaré. Y ya no soy sincera. Y además, después de oír tantas versiones de lo mismo, por más que los de afuera quieran volver a la ciudad, no es el lugar de verdad a donde desean volver. Solo quieren irse de aquí. Y ya no sé si la civilización está o no de nuestra parte. No parecen ser más felices que nosotros o estar más satisfechos en otro lugar. Y si tanto les gusta la ciudad, ¿por qué acaban aquí criticando todo? Otra pregunta que me suelen hacer: ¿qué interés hay detrás o quiénes se empeñan en tenernos incomunicados, en mantenernos aislados, sin tecnología? Yo suspiro: no hay intereses ocultos, solo hay desinterés.
Una pregunta que yo me hago es si son más ricos los que vienen y van, o la que se queda y permanece y se enriquece con lo que aportan los demás. He reflexionado sobre ello y son opciones distintas: la que está siempre en el mismo lugar, las raíces la unen y la mimetizan con el territorio, se nutre de esa tierra; los se mueven buscando constantemente oportunidades nuevas, ven muchas tierras distintas y conocen a gente diferente. Pero hay algunas personas que son impermeables a esas experiencias por mucho que viajen porque no observan lo que tienen ante sus ojos. Yo, sin moverme de mi sitio, conozco a mucha gente diferente, que llega de diferentes lugares de los que me hablan con nostalgia y veo esos distintos lugares a través de sus ojos.
Para nosotros, los habitantes de siempre, que nacimos en este pueblo, este pueblo es permanente, no un lugar de paso, ni de mudanza. Nos ganamos la vida bien, con el campo, el ganado, contamos con nuestra escuela, nuestra tienda, nuestro bar, nuestra farmacia, nuestro médico. Y tenemos la fábrica de ladrillos que proporciona trabajo a los del pueblo, pero somos insuficientes para fabricar tantos ladrillos como los que se lleva el tren. Los trabajadores del pueblo como se quedan y no se marchan, aprenden el funcionamiento de la fábrica y hacen carrera sin moverse del sitio y son los que ocupan los puestos de dirección y las labores más especializadas. La fábrica es propiedad de una familia del pueblo. La fábrica es la única razón para que lleguen de fuera otras personas. Y tal vez para que no nos marchemos los del pueblo. Los que abandonan el pueblo no son los que han nacido aquí, son los que han llegado a trabajar en la fábrica. ¿Qué les impulsa a abandonar el pueblo? No sé, tal vez el desengaño, el desajuste de expectativas…
No entiendo quién tiene interés en venir a este lugar perdido y alejado; los que vienen llegan con un contrato para trabajar en la fábrica; cuando se termina el contrato se marchan. Y eso es otra cosa que no entiendo, ya que están aquí, ¿para qué marcharse? Nosotros nos quedamos; nosotros somos pocos, los de siempre. Y como no nos gustan las despedidas, muchos no quieren tener tratos con los de afuera; no les gusta encariñarse con alguien que se va a marchar. La fábrica renueva los contratos, pero los de afuera no resisten el aislamiento, ni el aburrimiento, ni el mal tiempo, ni firman para permanecer unos meses más.
Uno de los pocos que se quedaron en el pueblo fue el farmacéutico. Llegó con su hijo pequeño. El farmacéutico murió. Antes su hijo había partido a la ciudad a estudiar y solo regresó para hacerse cargo de la farmacia. Sin embargo, las ganas de volver a partir eran tantas que me convenció, a mí, su compañera de la escuela, que estudiara por correspondencia como atender la farmacia mientras él visitaba otras ciudades. También voy a la estación a esperar a mi jefe, a mi compañero de pupitre en la escuela, al hijo del farmacéutico que llegó con un niño de la mano y una maleta y dejó el baúl lleno de libros en la consigna de la estación. A mí el farmacéutico me caía bien. Me gustaba sentarme en el silloncito verde a hablar con él. Y es de su hijo de quien más me cuesta despedirme en la estación y a quien más me gusta recibir. Entre despedida y bienvenida nos comunicamos por correo.
Lo malo de hacerme amiga de los forasteros que vienen a trabajar a la fábrica es que parece que estoy más tiempo en la estación que en casa o en la farmacia. A menudo hay alguien a quien despedir y lo veo subir al tren, porque me gusta verlos subir al tren. Después recuerdo su espalda escalando los escalones del tren y, con el tiempo, olvido sus caras y también, las distintas espaldas de los que ya no vuelven. Y en el andén, si esperas en la esquina, te enteras de quién llega, aunque solo sepas de ellos que trabajarán en la fábrica y se marcharán y que se quejarán del mal tiempo y del mal carácter de las gentes del pueblo. Puede que alguno se convierta en una nueva amistad. Y no entiendo cómo puedo querer tanto lo que los demás aborrecen; intento explicarles que el pueblo no es tan malo, que está bien ir al río los días de sol, que nos conocemos todos, que nos encontramos en la plaza por casualidad sin haber quedado y queriendo. Ellos me dicen que, si yo hubiera vivido en otro pueblo o en otra ciudad, pensaría de distinta manera y puede que lleven razón. Y parece que me eternizo en la estación; digo adiós a la espalda del que es un amigo y deja de serlo al subir los altos escalones; agito la mano hacia los perfiles detrás del cristal, convertidos ya en desconocidos en cuanto se sientan en su asiento numerado, porque ya piensan en lo que los espera y ya no piensan en lo que dejan atrás.
Mi pueblo es pequeño y de pocas casas. Los vecinos se reparten por la región y las casas están diseminadas a lo largo de la carretera que va de la estación a la fábrica de ladrillos. Como el resto de las carreteras están mal, no utilizamos coches. Solo recorren la carretera los camiones de la fábrica que también llegaron en tren. Nosotros vamos andando a todas partes, aunque algunos, los más jóvenes, tienen motos y se pasean de la estación a la fábrica y de la fábrica a la estación. El tren sirve de enlace con la ciudad más próxima y, desde allí, los transbordos conducen al resto del país.
Y vamos andando a todas partes: a la tienda, a la consulta del médico, al bar, a la arboleda, a la colina donde está la fábrica, a la farmacia donde yo trabajo como auxiliar, a casa de nuestros amigos y tenemos los pies ensanchados de tanto andar, de ir a un lado para otro. Y cuando hace buen tiempo, nos juntamos algunos y vamos andando al río; nos sentamos en las piedras de la orilla y nos llevamos algo para comer y algún pasatiempo para entretenernos. Y estamos unas horas, charlando y trajinando hasta que se nos encharcan los pies. Y nos volvemos al pueblo, cansados, las manos en los bolsillos, las mochilas medio vacías, los pies arrastrados, pero contentos porque hemos aprovechado uno de los pocos buenos días soleados del año. La mayoría de días, el Sol se esconde tras las nubes y el cielo es de color gris ceniza y parece que se lo puede tocar si das dos saltos con los pies mullidos. La mayoría de días nos reunimos en casa de un vecino y escuchamos el reproductor de música y bailamos con los pies descorchados. Y vamos andando por la mañana al trabajo y vamos andando los sábados por la tarde al bar y vamos andando todos los días a la plaza donde seguro te encuentras con alguien y es una sorpresa con quién te tropiezas, sorpresa buena, si os lleváis bien, o mala, si no os aguantáis. Pero, como somos pocos, al final no hacemos ascos a quien nos cae mal y nos las apañamos para comenzar una conversación y mantenerla un rato, aunque habléis de que ya pasaron cincuenta y dos días desde el último día de sol y de que en el bar hace catorce días Carlos nos echó porque no había derecho que quisiéramos ver el alba del domingo y que él quería descansar e irse a dormir… Aguantamos en la plaza y sacudimos los pies, un pie primero, tac, y el otro después, tac y tac, para que no se note que los pies quieren movimiento y quieren llevarte a otro sitio donde encuentres a alguien que le asome la risa a los ojos cuando te vea… Por eso me gusta hacerme amiga de los de afuera, porque agradecen que alguien les hable y sea amable con ellos. Los de afuera se ven y se encuentran todos los días en la fábrica y forman grupos grandes o pequeños según una dinámica desconocida para ellos y para nosotros. Nosotros nos preguntamos por qué personas que parecen tan diferentes se hacen amigos en el pueblo; y según las propias confesiones, si estuvieran en otra ciudad, ni siquiera se mirarían el uno al otro, se cruzarían y pasarían de largo. A mí me da igual que sean de afuera o de mi pueblo y quiero pensar que, si estuviera en otro lugar más grande y con más gente, yo encontraría a la gente con la que quiero estar y hablar y reír.
Cuando voy por el camino que lleva a la fábrica saludo a todo el mundo. Espero que alguna cara desconocida deje de serlo. En ese camino he encontrado a algún buen amigo, pero la mayoría terminan viniendo a la farmacia. La mayoría de los de afuera entran en la farmacia y piden su medicamento y se van sin querer detenerse o que los retenga. Unos pocos aceptan quedarse un rato y sentarse en el silloncito verde para hacerme compañía y charlar conmigo. Algunas veces llega algún vecino con ganas de cháchara y mira con desdén al de afuera que ocupa el silloncito verde y me pide cualquier cosa y se va; a los del pueblo que vienen a estar conmigo les molesta que ya esté acompañada. Y yo sé que mis vecinos y mis amigos de fuera se podrían llevar muy bien, porque a los primeros los conozco de más y a los segundos comienzo a conocerles, pero entre ellos no quieren ni verse ni tratarse. Todos coinciden en lo que piensan de los otros, son antipáticos, son cerrados, son inflexibles… Y yo digo, bueno, eso tenéis en común, pensáis de la misma manera con respecto al otro, con unas cuantas frases todos los malentendidos desaparecerían; pero no me hacen caso y les fastidia que hable de ese asunto, por lo que termino callándome, y me callo cuando me preguntan qué veo de bueno en los forasteros; y me callo cuando juzgan a mis vecinos sin conocerlos; porque, aunque yo hable, no me entienden y hace tiempo que empecé a estar cansada de hablar en lengua extranjera. Cuando me hice amiga de mi primer conocido de afuera, pensé que podría servir de bisagra, presentar mi nuevo conocido a mis vecinos de toda la vida y que él me presentara a sus compañeros de trabajo; mi primer amigo se llamaba Luis. No sucedió nada. Los vecinos se quedaron a un lado y los de fuera a otro. Cuando entablé amistad con mi segunda amiga de afuera, Mariola, pensé que esa vez sería distinto, pero nada, igual. Y después me di cuenta que siempre me iba bien con unos y con otros, excepto cuando les hablaba de los otros y era entonces cuando empezaban los disgustos. Los vecinos con los vecinos, y los forasteros con los forasteros, y yo, en medio, y con fama de ser rara, entre los dos bandos, lo que no me impide seguir siendo una vecina más y seguir conociendo a los nuevos de afuera.
Y vuelvo a estar en la estación. Conocí a Abel dos días después de marcharse Maribel. Me lo encontré en la plaza. Había llegado hacía poco y andaba perdido buscando una zapatería para comprarse un calzado para sus pies cansados. Y yo me reí y le dije que allí no teníamos zapatería; si quería algo, tenía que ir a la tienda y encargarlo. Fortún lo traería con gusto desde cualquier lugar, cualquier artículo que se le antojara… Y nos pusimos a hablar y yo le expliqué cosas del pueblo y él me habló de su ciudad y de los amigos que había dejado allí y que volvería a ver dentro de tres meses. Y ya pasaron. Y vuelvo a estar en mi esquina con los pies castigados de tanto permanecer de pie. Y ni siquiera lo he visto subir al tren porque dos pasajeros que bajaban deprisa me han empujado y me he despistado. Y lo he perdido de vista, y no lo veo a través de los cristales; quizá porque su asiento dé al otro lado, del lado donde no hay andén, solo árboles, el camino a la fábrica y, a lo lejos, la colina con las cuevas. Y empieza a salir el Sol y me apresuro a ir a la plaza a ver a quien me encuentro para irnos al río. Yo me llevaré mis botines y unos calcetines gruesos para mis pies contentos y sedientos, y un libro, y mi cuaderno para dibujar; pero no creo que lea mucho ni que dibuje nada, porque lo mejor que hacer en esas piedras junto al agua rumorosa es sentir la calidez en la cara y en los brazos, hablar con mis vecinos y contarnos qué hicimos el último día de sol.
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