I
sienten aversión por la poesía de los campos
pero no les asusta lo que hay
en sus propios corazones;
y yo voy de allí hacia allá; de un lado a otro;
aun sin hacer noche, iluminado solo por el lucero,
y con la muerte mordiendo mis tobillos
he sido recibido en las casas
de los buenos paisanos cordilleranos;
pídame que trabaje para ganarme
como obrero el pan de cada día;
pero no me pida que lo acompañe
para andar en engaños ni en mentiras;
que yo no soy capataz que roba moneditas al peón
y que yo nunca
he lastimado a nadie
que no se lo mereciera.
II
esperar en la mañana
mirar los cerros sobre las chapas;
atardecer en el camino
entre Huinganco y Las Ovejas;
negociar con los paisanos
en el cuadro de sus caballos
mientras amansan
la tropilla;
caminar tres kilómetros
para llegar a la pequeña despensa
de los vecinos;
buscar esperanza
en los arroyos que cruzan la ruta;
descansar en la hostería
y volver de madrugada
desde El Huecú.
III
sol de la siesta
estepa ciega
en el viento respiro tierra de los caminos
espinal de tristeza
valle del arenal
sin sombra ni reparo;
en el río seco
gotas de sudor en tu cara
cigarros
pena
nunca más he vuelto hacia aquel paraje;
supe que esperabas
verme llegar al amanecer;
y tuve que llamarte cuando bajé al pueblo:
te dije
que ya no volvería.
IV
peones jóvenes escapados del pueblo
peones viejos que leen la biblia
y que carnean las ovejas;
salgo a caminar con los galgos de cacería
porque los caballos relinchan
en los cuadros del río;
se ven las luces
de las camionetas de los cuatreros
en el filo de la barda
junto al cañadón;
desde el casco de la estancia
bebiendo ensillamos sigilosos
movemos las vacas
para ahuyentar
la presencia maldita que llega
cuando muere el braserío.
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