Cuenta la leyenda que junto al río, donde los sauces lloran eternos, aparece cada luna nueva una mujer con ojos de tormenta y labios de despedida.
El murmullo del agua guarda su nombre y quienes la han visto aseguran que jamás vuelven a amar igual… algunos, incluso, nunca vuelven a hacerlo…
Adrián no creía en esa cruel herejía, hasta que una noche, siguiendo una melodía que parecía nacer del corazón del bosque, la encontró. Estaba allí, bañándose entre la hojarasca y el reflejo lunar. Su desnudez brillaba como si el mundo jamás le hubiese causado herida alguna.
Bastó una sola mirada para llamarlo, y en ese instante su hechizo lo arrastró sin remedio al infierno.
La amó con la furia de quien no teme perderse. Ella, con labios de veneno y caricia de fuego, le entregó su cuerpo como quien maldice y bendice al mismo tiempo.
Cada beso lo hundía más hondo, más allá de la cordura, más allá de sí mismo, y se dejó llevar, devorando aquella pasión como si la vida no tuviera un después.
Cuando la lujuria se apagó, ella se inclinó sobre su oído y susurró con voz de condena:
-Ya no podrás olvidarme. Me dejaste tu huella… y yo te cedo la mía.
A la mañana siguiente, Adrián fue hallado junto al río…. En su piel quedaban las marcas de besos que no eran de este mundo, y en su mirada, perdida y vacía, brillaba todavía el reflejo de un amor que ya no pertenecía a los vivos…
sino a los muertos.
by seeyou
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