Sueño y Verdad

Sueño y Verdad

Renner

28/02/2025

Oscuridad y madera. Un gran cuadrado de madera en el que vivía. ¿O era moría? ¿Se podía morir durante dos semanas? ¿Era esto la muerte? Muerte en vida. Eso lo llamaban. Aunque yo era incapaz de ver la vida en este chiste cósmico.

Cerré la puerta. No encendí la luz. ¿Para qué? ¿De qué me serviría ver el suelo picado por años de lanzarnos juguetes; el techo con su gran ventana a las estrellas donde nos acurrucábamos de pequeños, ajenos al mundo; las sábanas revueltas de una cama donde faltaba la almohada que tan a menudo llevaba ella a hurtadillas para dormir juntos, acurrucados, sin miedo?

No. Encender la luz no serviría de nada. No había estrellas que iluminasen la oscuridad sempiterna que me rodeaba. Un manto de recuerdos de amarga melancolía. Eso era. En eso me había convertido.

Me choqué. Contra un mueble, no lo sé. Habría maldecido, ¿pero de qué serviría? Así que proseguí mi camino. Hasta la cama. Hasta que el sueño me llevase en su dulce inconsciencia hasta un nuevo anochecer. Hasta que me despertase sudoroso por las pesadillas que se habían convertido en mi realidad. En La Realidad. En recuerdos que yo no quería recordar.

Por fin encontré la cama y me tumbé. Ni cansado ni con energía. Pero sin vida. Cerré los ojos. Intenté que mi visita a la muerte me alcanzara. Y mientras lo hacía me obligué una vez más a afrontarlo.

Mi hermana estaba muerta.

Jamás la vería de nuevo.

Jamás la oiría reír. Jamás la oiría llorar.

Jamás… jamás ella.

Jamás se lo podría decir. Y… y aunque pudiese, ¿acaso me perdonaría?

Suspiré. Intenté no pensar. En nada. Ya estaba. Afrontado. Hasta la próxima noche. Cuando mi mente se diría que todo había sido un mal sueño.

Y tendría que volver a repetirlo.

De nuevo.

Me revolví en la cama. Minuto a minuto, el tiempo iba pasando y no estaba más cerca de quedarme dormido. El sueño me eludía. Y yo estaba demasiado agotado como para perseguirlo.

Así que, renqueando, me levanté y me dirigí al espejo.

Las nubes se habían apartado y se veía la luna llena desde la ventana circular en el techo. Daba la suficiente luz para verme. Verme llorar. Mientras me miraba en la lisa superficie de cristal y me lo repetía todo de nuevo.

Mi hermana estaba muerta.

Jamás la vería de nuevo.

Jamás la oiría reír. Jamás la oiría llorar.

Y jamás volvería a sentir su presencia, sus abrazos, palmadas, cosquillas, besos…

Nada.

Nada se veía en el espejo. Ni mi reflejo, ni mis lágrimas. Solo la luz de la luna cayendo en medio de la habitación, sobre las tablas de madera que sostenían una habitación tan vacía como yo a excepción de…

¿Qué…?

¿Quién era ella?

Una… una mujer. Una mujer que me daba la espalda. Hermosa, como una rosa de escarcha plateada que desnuda se bañaba con la luz de la luna.

Con la luz fría y lóbrega de la muerte. De… de mi hermana, ahora. Porque ella… Ella había muerto.

Su piel pálida, como la de la mujer de mi espejo, ida, para nunca más ser vista.

Su cabello negro, que ondeaba siempre tras su cuerpo esbelto, solo un recuerdo que, como un juego cruel, me mostraba la mujer del espejo.

Y la mujer nunca se giraba.

Solo se bañaba, ajena a todo menos a sí misma, con la luz de la luna. Hermosa y más allá del alcance cualquier mortal. Una diosa. Una diosa cruel.

Apareció un hombre en la habitación del espejo. No había visto de dónde había venido. Solo había tenido ojos para la mujer.

Pero el hombre era yo. Un yo que me miraba, dolido. Que parecía pedirme perdón con los ojos a través de la superficie pulida del espejo.

¿Por qué?

— Yo soy Sueño.—Dijo. Y lo dijo con mi voz. Mientras mi boca pronunciaba las palabras y él se acercaba poco a poco a la mujer con mi cuerpo.

Me quedé parado, apoyando la mano contra el cristal frío. ¿Sueño? ¿Un hombre con mi aspecto, Sueño? ¿De qué? ¿De olvido? Porque eso con lo que soñaba, ¿verdad? Soñaba con el olvido.

Volví a mirar a la mujer, que seguía ajena en su belleza mientras tomaba la luz plateada entre sus manos y la hacía besar su piel. Ella seguía sin mirarme. Tampoco miraba a Sueño.

— ¿Y quién es ella?—Le pregunté.

El hombre se quedó parado un momento, sorprendido por mi pregunta. Vi que, en sus ojos, mis ojos, había sorpresa. Y luego pesar, como si contestarme fuese el mayor crimen que pudiese cometer contra él mismo.

— Ella es la Verdad.

Volví a mira a la mujer. A su espalda por donde se deslizaba la luz de luna. Desde su cabello, el arco de su espalda, sus glúteos, caída libre y al suelo, donde se desvanecía.

— No entiendo.

Sueño se acercó a Verdad, todavía mirándome a los ojos, y la tomó de las manos. Ella de repente alzó la mirada y sus ojos se encontraron. Me di cuenta de que, pese a la aparente tranquilidad que había mostrado antes, había estado tensa. Pero ahora toda esa tensión desaparecía, sustituida por lo que parecía calma. Seguridad.

Sueño me contestó.

— Ella es la Verdad que jamás te atreviste a confesar.

Lo miré. No entendía, ¿verdad?

Sueño se aproximó más a Verdad y acunó su rostro entre sus manos. Verdad se acercó lentamente a Sueño, siguiendo su movimiento.

Se besaron. Con dulzura. Con amor.

Los miré mientras se fundían en su abrazo. Las manos de Sueño rodeaban la cintura de Verdad y ella pasaba sus brazos por el cuello de él. Sueño se inclinó hacia delante, y Verdad arqueó su espalda hacia atrás.

— Eres preciosa

Verdad respondió. Pero yo no la oí. Verdad suspiró. Y yo no escuché nada mientras Sueño bajaba lentamente por su cuello, besando con dulzura. Con cuidado. Llegando a la clavícula. Deteniéndose mientras su nariz exhalaba aire cálido en la piel fría del cuello de Verdad, mientras sus labios exploraban el cuerpo que se entregaba a él.

Estaba paralizado. Muerto por dentro. Más muerto de lo que había estado nunca. Intenté pasar, llegar a ellos, darle la vuelta a aquella mujer con el cuerpo de mi hermana y mirarla a los ojos, ver si era ella. Pero solo veía su espalda arqueada, su pecho subiendo y bajando mientras gemidos de placer inaudibles la sacudían.

Verdad tomó el rostro de Sueño entre sus manos y lo atrajo a sus labios para besarlo. Llevó su boca de plata a su oído y le susurró algo. Sueño sonrió y bajó recorriendo cada centímetro de su piel con sus labios, convirtiendo el descenso en una tortura de placer para Verdad, y de horror para mí.

Sueño besó el pecho de Verdad, y Verdad le acarició la mejilla. Sueño volvió a hundirse en los senos de mi torturadora mientras las manos de uno acariciaban un hombro y se perdían en el vientre y las de la otra rozaban el pelo y la espalda de él.

Y con ternura se besaban. Se saboreaban.

La luz de la luna caía sobre ambos y los sumergía en su frialdad plateada. Aquella que ellos parecían olvidar, en su calidez enamorada, y a mí me ahogaba.

Vi que Sueño bajó hasta el vientre de Verdad. Una cadena de besos húmedos que lo sumergía en las sombras que habitaban entre sus piernas. Vi que Verdad gimió, arqueando la espalda súbitamente, hundiendo con sus dos manos más la cabeza de Sueño en ella. Enterrándolo en aquel sitio que tanto me llamaba. Si Verdad me mirase… Si pudiese confirmar mis sospechas…

Pero no lo hacía. Siempre me daba la espalda. Siempre inaudible. Siempre lejana.

¿Acaso era eso lo que ella habría respondido?

Verdad se tumbó en el suelo y Sueño siguió besando, mordiendo, explorando. Debería haber podido ver su cara, pero las sombras me la ocultaban. Su rostro estaba fuera de la luz de luna, que solo iluminaba su feminidad ardiente y fría a la vez.

Sueño tomó el capullo de esa rosa de escarcha entre sus labios y besó. Sus dedos se introdujeron dentro de ellas y su lengua salió, volviendo a acariciar la joya de esa rosa. Esa dulce rosa que con su misterio me torturaba y sus manos urgía a Sueño a seguir, a no parar, a jamás parar. A jamás parar de amarla. Entrecerró las piernas y dejó escapar un suspiro entrecortado que se perdió en la luz de la luna.

Sueño se separó un momento y me miró. Me miró directamente a los ojos. Habló.

— ¿Es esto lo que deseas, no es cierto? Esta es tu Verdad, aquella que solo puedes ver de espaldas, oculta entre reflejos. Aquella que no tienes el valor para encarar.

Bajó la mirada.

No hizo falta más. Lo había visto. Había visto lo que mis ojos no habían tenido el valor de encontrar. Pero que yo había sentido igualmente. La tensión, el flujo de sangre caliente que ascendía y me hacía crecer en mi deseo. En mi silencioso deseo por ser él, por ser Sueño, por sentir lo que el hombre con mi cuerpo sentía.

¡Ese era mi deseo! ¡No tenía derecho a robármelo!

Y sin embargo ahí estaba Verdad, tomando lo que en mí era un ardor culpable entre los labios y haciendo que Sueño suspirase. Verdad lo sostuvo con una mano y lo recorrió con la lengua, lenta, acariciándolo con cada movimiento, como si saboreara un secreto.

Pero Sueño me miraba a mí. Me miraba con ojos acusadores mientras oía sus suspiros, veía sus caricias llenas de amor a Verdad, a…

No. Demasiado dolor. Eso era imposible. Jamás habría sucedido así.

Verdad siguió acariciándolo con la mano mientras su boca descendía, dejando un camino de besos hasta llegar más abajo. Lo tomó entre los labios, explorándolo con la lengua, con la misma devoción con la que lo había recorrido antes.

Sueño volvió a suspirar. Y yo volví a oírlo, a ver lo que podría haber sido. No, lo que jamás podría haber sido. Nunca sintiéndolo. No ahora. Y ya nunca.

Verdad besó una última vez a Sueño antes de ascender, recorrerle el vientre, el pecho, irse por su espalda y esconderse tras ella, siempre oculta a mi vista. Vi aparecer sus labios en el cuello de Sueño mientras él lo giraba con cuidado, invitándola a seguir. Pero nunca se veían sus ojos. Nunca los ojos de Verdad.

Su mano de plata volvió a tomar a Sueño y lo acarició, lo preparó. Yo no quería mirar. Pero sabía lo que venía. Y no podía apartar la mirada. Estaba atrapado frente a ese espejo, viendo una mentira cruel que no podía parecer más real, más posible.

Si ella siguiese aquí…

Caí con el rostro ante el espejo, con el cristal frío contra la mejilla y los ojos cerrados. Las lágrimas, de una calidez amarga, cayéndome por la mejilla. Escociendo. Deslizándose hasta caer con una seguridad ineludible contra las tablas del suelo.

Y mientras tanto seguía escuchando a Sueño. Sus suspiros, sus gemidos, sus palabras de amor al entrar en Verdad, en quien debería llamarse Mentira, pero que cada vez más me parecía La Verdad. Mi Verdad. La Verdad que podría haber sido.

Abrí los ojos.

Verdad arqueaba la espalda, complacida, mientras Sueño besaba su cuello y se enterraba en ella. Siempre tierno, siempre como debería haber sido, pero cada vez más profundamente, con más brío.

Y Verdad lo rodeaba con las piernas, las apretaba contra él. Seguía el ritmo de Sueño con su propio cuerpo, con sus propios besos y suspiros. Besos y suspiros inaudibles. Torturas hermosas.

El ritmo aumentó. Cada vez más. Cada vez con más fuerza, más pasión. La Verdad, que en un principio me había parecido fría, ahora me parecía ardiente, abrasadora. Y yo lo notaba en todo mi cuerpo. Lo pedía, quería estar con ella. Ser yo el que estuviese ahí. Entregándome. Entregándole todo aquello que podría haber sido. Porque ya no podía negarlo más. Era ella, ¿verdad? Todo esto era posible. Nada de esto era mentira. Era solo Verdad. Una Verdad que se retorcía bajo mi Sueño, que exclamaba silenciosa de placer, que abrazaba mi cuerpo, deseosa de tenerme, de alcanzarme, de fundirse en mí en el clímax que ya llegaba.

Vi a Sueño enterrar su rostro en el cuello de Verdad. A Verdad apretar sus piernas contra Sueño y presionar aún más su pecho contra el suyo. Vi el rostro de placer, de satisfacción, de mi Sueño; la calma de mi Verdad.

La calma certera.

Calma sufriente.

Sueño se apartó de Verdad. Le ayudó a incorporarse, aún mostrándome únicamente su espalda.

Sueño se acercó a su rostro, lo tomó entre sus manos, y la beso.

Mi Sueño besó a mi Verdad.

Y tras eso, se giró.

Me miró a los ojos, y yo supe que venía hacia mí.

Echó a andar. Y paso a paso sentí que el tiempo viendo a mi Verdad se agotaba. Un paso cada vez. Y debía despedirme de su hermosura. Para siempre. Pues ya jamás la volvería a ver. Sus piernas, sus nalgas, su espalda, su pecho, su cabello…

A un paso de llegar a mí, Sueño se paró.

Sus ojos…

Verdad se giró y por fin me miró. A los ojos. Me mostró su rostro. Y yo vi en él el de mi hermana. Mi dulce hermana.

Y me eché a llorar.

¿Qué más daba igual todo? No quería seguir. ¿Qué sentido tenía? Morir, no morir. Era todo lo mismo.

Pero no cerré los ojos. No me permití hacerlo. Que las lágrimas se metiesen dentro de ellos, que escociesen y doliesen. Pero no pensaba apartar la mirada de mi hermana. Que me miraba, dulce y serena, llena de amor.

Y me dijo, me susurró en su voz de luna, en su voz desaparecida.

— Te esperaré.

Sueño dio el último paso y atravesó el espejo. Entró en mí. Y el espejo se rompió. Se hizo pedazos, y en cada uno vi reflejado por última vez el rostro, de repente alegre, de mi hermana.

Sentí dolor. Mucho dolor. Un dolor que me roía por dentro. Pero también un dolor dulce, cálido. Sentí a Sueño en mí. Sentí mis Sueños volver a mí. Sentí los labios de mi hermana tocar a Sueño por última vez, la calidez de su cuerpo contra el mío, su último susurro.

Y su alegría.

¿Era eso esperanza?

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