A una y a todas:
Hay tantas cosas que han cambiado desde la última vez que te escribí. Puedo decirte que la calle ha cambiado; ahora hay tigres y panteras que me atacan desde cualquier lado. No es tanto el ataque de las bestias lo que me da miedo, sino la constante de que me pueden atacar por cualquier lado. Estoy en la vereda y podrían aparecer; estoy en la oficina y podría verlas pasar por el frente, con su paso ligero; el pensamiento siempre dispuesto a adelantar el miedo y su tragedia; el «podría» duele más que los dientes de las bestias. Las panteras y los tigres saltan en el aire y entran en la forma de dos manos entrelazadas; una de ellas es la tuya. Las bestias me han atacado contadas veces, pero sus garras ya se me metieron en la cabeza y tengo aversión a ver una cabellera rojiza por la calle. Eso también ha cambiado, te teñiste; me pregunto qué te habrá hecho hacerlo. El aire también es distinto y su motor, el viento. Ya no tengo que temer a que la hojarasca de tu perfume o su memoria vuelva a capturarme en cualquier calle o latitud. En vano fue alejarme tanto tiempo, cuando mi cabeza se quedó en tu piel y su calor. Desde que vi los tigres, se me hizo desconocido el viejo perfume. El viento ya no trae tu olor, no sé por qué, quizá tuvo la bondad de ya no torturarme con imposibles. En el recorrido urbano de los cambios también entra lo inmobiliario, en mis recintos más íntimos y en los que no lo son tanto. Es que las habitaciones también cambiaron; todas están desterradas del terremoto que era tu llegada. Ya todas están condenadas a ser pedazos sólidos de cemento, ya no entrarás a mi living, ya no te veré en mi cuarto; no son válidas las salas de espera ni los negocios ni las plazas, solo tiemblo yo en el campo abierto cuando llegas. También han cambiado mi guitarra y sus limitadas canciones. Todas las canciones suenan al mismo tono; las letras me deben tener bronca porque las cambio de la forma más ridícula posible en un autorreferencialismo que arde de penoso. Ahora me pregunto cuánto habrás cambiado tú. He ido hilvanando mil conversaciones, infinidad de preguntas y oraciones perfectas que hacen hablar a tu recuerdo. En todas, el dolor y la esperanza salen a raudales, pero sigue siendo un títere movido por mis palpitaciones. Esa es mi mayor limitación: el no poder saber cuánto has cambiado. Tu risa seguirá siendo la misma, no así los motivos; seguro tenés nuevas preocupaciones y también las de siempre; habrás mudado de collares y ropa interior, ¿seguirás con tu intensa fogosidad o habrá ido in crescendo? Y ahí los motivos vuelven a cambiar. Todo no es más que la pregunta de cómo ha crecido tu vida alrededor de mi ausencia: seré un cráter incomprensible o la flora eliminó mi existencia. Eso quisiera que me contés: el antes y el después de mí. No me pidas que te cuente el mío; sabes que soy una calamidad con patas. Mando esta carta sabiendo que no acompañará a la primera, por lo menos no físicamente; esta no se irá a algunos de los amorosos cajones de tu olvido. Esta carta será como un grito en el vacío, esos que son innumerables; uno es el de todos. Me despido de vos, que sos tu recuerdo y que al final sos tu ausencia, que hago mía y que abrazo como quien abraza el mar. Como mi primera carta se guarda en tu cajón de amorosos olvidos, esta se guardará al olvido del mundo como la aburrida lista del súper de otro melancólico desesperado.
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