Délicatesse 3

La búsqueda de la detective desaparecida

1

—¿Hay algo personal en esta búsqueda?

“El Auditor” preguntó sin malicia.

—No. —“El Interrogador” contestó sin mirarlo. Su vista se perdía ascendiendo hasta los capiteles de las renovadas columnas de “La Ideal”.

—¿Seguro?

—Seguro.

—¿Por qué insistir entonces?

—¿“El Sindicato” quiere que abandone el trabajo? Con una orden me bastaría. Siempre fui obediente.

—Nada de disciplina. No aplica, en su caso, la obediencia debida.

—¿Entonces, en qué quedamos?

—En tomar un rico café, saborear algunos de esos magníficos budines y hablar de bueyes perdidos.

—Bien. Para mí, cortado.

“El Auditor” llamó al mozo, que acudió al instante y atendió a esos clientes con suma amabilidad.

—No puedo con mi gula. —“El Auditor” pidió más que un budín.

El mozo esperaba el pedido de “El Interrogador”.

—Cortado y amarettis.

—Todavía me debe una hipótesis.

—¿Escuchó el disco que le regalé?

—No es para mí. Soy hombre de tango, no de rock. Además, a mí poco y nada me interesa el lado oscuro de la luna. Se imagina mis razones.

“El Interrogador” hizo un ademán con su mano, como si espantara una sombra. Entrecerró los ojos.

—Somos parte de ese lado.

—Minúsculos manchones en la gran oscuridad. Usted y yo, querido interrogador, no somos nada. Polvo lunar, arenisca que el viento disipará apenas sople con fuerza. Cuando muramos, nadie llorará junto a nuestro mórbido cadáver. No nos comprometamos más allá de lo necesario.

—Lo que usted diga, su sabiduría es superior a la mía.

—Pero su voluntad lo es de la mía. —Rieron.

Sonó un tango y el rostro de “El Auditor” se llenó de placer.

2

“El Interrogador” conservaba en su memoria dos confidencias y una advertencia que un viejo policía le dijo a Muna Morrigan, Taga. La primera fue: «¿Quién persigue a un caníbal refinado que prepara paté con el hígado de sus víctimas?». La segunda: «Los asesinos seriales que procesan el hígado de sus víctimas para producir un exquisito foie gras no existen». Por último, la advertencia: «No busqués lo que no vas a encontrar porque por ahí te encontrás algo que no te conviene». Sabía quién había sido ese viejo policía que le habló a la detective tratando de que entendiera que estaba en peligro. Pero ella o no comprendió o subestimó al viejo. El peligro muchas veces se disfraza de aventura. Es como meter el brazo en la boca del león porque nos convencieron de que león comido no es peligroso. La creencia dura hasta que el animal hunde sus enormes caninos en la frágil carne del brazo humano hasta romper el hueso. Comenzaría su investigación entrevistando a ese viejo policía.

Se encontraron en un bar de la Avenida Belgrano. Se saludaron, como lo que eran, dos contendientes.

Café de por medio, hablaron. “El Interrogador” no perdió el tiempo en preguntar.

—¿Quién es la detective? ¿Cuál es su nombre?

—Taga. Esperanza de la división de homicidios, una estrella en ascenso. Para colmo, es lesbiana. Ya sabe lo que se piensa en la policía de las lesbianas. Es soltera y solitaria. Provoca mucha envidia y recelos. También es sorda a los consejos de los viejos como yo.

—¿Hija de aquella mujer que asesinó a su amante con un disparo a traición?

—No sé quién era el tipo, pero es esa misma. La muchacha lleva la muerte bajo la piel desde que era niña. La abuela mató por plata a un pederasta de dos escopetazos y después vio a la madre fusilar con un tiro en la nuca al tipo que las había rescatado. Vida de mierda, que se dice.

—¿Vive?

—No lo creo, pero no puedo asegurar que haya muerto.

—Tal vez fingió su muerte para salvar el pellejo.

El policía se encogió de hombros. No pensó en esa posibilidad.

“El Interrogador” conocía la historia de Taga aunque nunca se le hubiera ocurrido asociarla con la de Muna Morrigan. Al menos ya sabía el verdadero nombre de la detective.

Fue Dixi, por entonces, quien le dijo que Taga era un nombre muy raro para alguien nacido en el campo. Pero solo fue un comentario, no tenía razones para indagar sobre aquello. Tampoco las tenía ahora, Taga o Muna, cuál fuera el nombre, no modificaba en nada la realidad, la mujer estaba desaparecida y tal vez muerta.

“El Interrogador” estaba interesado en saber el porqué de las advertencias.

—Hace cuarenta años que nado en esta mierda. Si algo aprendí es que cuando se presenta un caso estrambótico lo mejor es que te hagás el boludo. Todos sabemos que, si hay falopa, putas u otros de esos negocios turbios, sabe a qué me refiero, los de arriba, y bien arriba, son los que mandan. Y si mandan los de muy arriba, los de muy abajo hacemos como si lloviera mierda, huimos para no quedar todos enchastrados. La piba se la tomó en serio, por eso le chiflé, pero no me dio bola. Por ahí pensó que la estaba queriendo joder. No tengo buena comunicación, ¿vio? Soy viejo y básico. Me como las eses y escupo cuando hablo si estoy nervioso.

—Por ahí no conoce la técnica del espionaje interno.

—Puede ser. Uno siempre está a tiro de comportarse como un boludo. Tenemos micrófonos hasta en el orto. Pero la piba parecía no darse cuenta. O no quería darse cuenta. Qué sé yo. ¿Cómo le explicás a alguien que tus propios jefes te escuchan, te siguen, te sacan fotos hasta cuando estás cagando? Que todo eso se hace para saber cómo usarte y después tirarte a la basura. Eso te lo da la experiencia. Si no te corrompés, te echás a un lado y mirás la vida pasar. No soy San Martín, no voy a organizar un ejército, no voy a hacer una revolución ni voy a liberar a tres países. Todo lo que espero es cobrar mi jubilación y morir de viejo.

—Entiendo. ¿Algo más que pueda decirme de la piba?

—¡Querido! Da gracias que acepté hablar con usted. Ya hablé demasiado. Solo por estar sentado acá mis huevos están en una morsa y no quiero que me los revienten. No servirán de mucho, pero aspiro a llevarlos conmigo a la tumba. Mi señora todavía me los acaricia.

—Si alguien le pregunta para qué nos vimos, diga que me pagó para saber qué hace ese amigo suyo, el que lo quiere matar por el asunto de la ginebra.

El policía se puso de pie. Iba a pagar su café, pero “El Interrogador” no se lo permitió.

—No hace falta, yo pago.

—Hablo de Dixi, ¿entiende? Cuando pueda, lo va a matar. ¿Estamos?

—Estamos.

—No diga que no le avisé. Si quiere saber más de Taga, vaya al orfelinato donde la metió un juez hijo de puta. Ahí puede que encuentre a alguien que quiera hablar. Pero tenga ojo porque es un antro lleno de tipos que se cogen a los nenes. Si topa con el que abusó de Taga, que ahora debe ser un tipo de unos sesenta años, no va a poder saber mucho.

—¿Sabe el nombre?

El policía sonrió.

—Rufino no sé qué.

—Con el nombre me basta, no debe de haber muchos Rufino en ese lugar. Gracias.

—Que le aproveche.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS