El ombligo es una cicatriz con memoria.

El ombligo es una cicatriz con memoria.

Alejandro B Cohen

09/03/2018

Capitulo 1

Café de la Paix.

El closet es un zapato ortopédico.

Espasmos bronquiales y la manzanita de Adán, inquieta. Los asmáticos son pescaditos fuera del agua, le dijo el doctor, pero tienes medicina. Una sola dosis y respiras bien, sin escamas, con ejercicio se te quita, le sonríe el médico,

Don Ernesto se encarga. Visitas de turismo, ve todo por primera vez. Sacrifica el sibaritismo nocturno y habla con el personal servicio. Como pastores alemanes, escuchan con atención a las yuntas que encandilan, a la barba nieve, a la sonrisa sin caries ni amalgamas. Hasta que llegue la señora, ceno todas las noches con mis hijos les dice.

El closet es un zapato ortopédico de un número menor.

Maximiliano ya no escucha a Luzmila. Seguro fue a tomar café y si el Junior viniera, lejos de rescatarlo se burlaría. Con dieciséis años se cree la gran cosa. Ernesto Junior y su onda groovy, su melena, sus pantalones de bota ancha, sus lentes de sol para que crean que fuma droga.

Papi reagrupa a sus hijos. El Júnior y Carlos Enrique sacrifican sus fines de semana para almuerzos familiares con el paterfamilias. Después, al cine con el chófer. Nadie más feliz que Nemesio en pleno Disney. Harto de pistachos y palomitas de maíz, insensible hasta que la mamá de Dumbo saca la trompa de los barrotes y acaricia al elefantito orejón y se le escapa un lagrimón que inunda la pantalla. Una lágrima de ese tamaño puede ahogar, asusta, piensa el chófer.

El closet es un zapato ortopédico que se contrae como una anaconda.

¡Luzmilaaaaa!

¡Luzmilaaaaa!

El aparato del asma se le cae. Closet. Ataúd. Vertical.

Muy alejada de gritos y desesperos, en el baño de mami, Luzmila sigue la venta de mármol del piso, perfecta. El lavamanos es una medialuna de porcelana con un grifo de acero inoxidable, pila de bautismo según la negra. Estanterías con sales de baño, esponjas orgánicas, cremas, perfumes de colección y jaboncitos. Mil aromas acarician su nariz de boxeador.

…tan agradable limpiar lo que está limpio, ¿veldá?

Acaricia el jacuzzi, ve la hora y calcula. Los mayores tienen deportes hasta las 5 y Albertico en el pediatra. Agua traviesa, los chorritos le hacen cosquillas como renacuajos del río en su pueblo natal. El jacuzzi se llena mientras estira tres arrugas en la cama de mami. Las almohadas de plumas de pecho de ganso, y a Luzmila le parece una salvajada, pero son suaves, pequeñas nubes, se inflan solas.

Donde caben tres Luzmila queda apretada. Cierra los ojos y se suda tan diferente al calor de las hornillas. Se abandona a la niebla de las sales, a sus ronquidos horribles, al sueño pegajoso de las tres de la tarde, al alarido de Nemesio.

¡Negra de mierdaaaaaa!

Maximiliano no es el culpable del pasillo rallado con creyón. Solo recoge las pruebas, encubre a Albertico y la negra lo agarra in fraganti. Albertico escucha el ¡ay! del jalón de orejas y quiso decirle a Nemesio, pero el chófer dijo “pediatra” y queda alumbrado como un venado. No es tan pendejo como el año pasado. Sabe que detrás de la enfermera linda está la chupeta roja y detrás de la chupeta el médico con cara de abuelito para hincarle una aguja que duele más. En el supermercado le contó al chófer del castigo. Con su típica mirada de huevo frito cuando algo lo impresiona, deja las compras y vuela con Albertico.

Abre el closet, encuentra al niño pálido, sin sentido. Nemesio lo lleva a su cuarto, lo arropa, le habla, lo sacude, palmaditas en la espalda, en el culo, pero Maximiliano mudo.

Luzmila se asoma en cámara lenta y reojo asustado, envuelta en las sábanas de mami,frente a Nemesio y sin excusas.

¡Avemaríapurísima!, chilla Luzmila.

Sin pecado concebida, piensa Maximiliano, atento al drama de radionovela.

¡Hay que llamar al señor!, dice Nemesio.

Maximiliano, sigue la transmisión radial de su estado crítico.

La muerta debía ser ella, grita Luzmila y le pide al Diosito que la lleve en intercambio.

Abres los ojos y aparece Luzmila, la negra, la cocinera de mocos gruesos y alaridos ensordecedores. Nemesio está pegado a la pared como si lo hubieran agarrado robando, mirada de huevo frito, lloroso, Albertico se soba la nalga.

Cierras los ojos pero el velorio tampoco está allí. Los abres de nuevo y tampoco allá, los vuelves a cerrar.

Segundos de consternación, mientras sigues tieso como las cucarachas del cuarto de Luzmila. Buscas el velorio pero no estás asfixiado. En un closet tan inmundo la muerte pasa.

¡Respiración artificiar!, grita Luzmila.

En la televisión al más ahogado lo resucitan así. Tomas aire limpio y soplas adentro del ahogado, dice. Que lo dejen en el piso, que ella va soplar, estrujar costillas, soplar, estrujar pulmones, soplar y masajear hasta revivirlo. Se coloca en posición, dedos de chorizo listos para abrir la boca del ahogado.

Entonces, el diente negro de Luzmila.

El diente que no trata de esconder, todo lo contrario, lo sonríe cuando puede.

Maximiliano revive con una tosedera.

¡Avemaríapurísima!, aúlla la negra, intervención divina dice, no del diente.

Nunca más niño, nunca más, nunca más niño, nunca más.

No hay velorio pero si perdón, el juramento de la Liga Intergaláctica, una «V» que se dibuja en la mano separando los dedos de dos en dos, sin meter el pulgar. Luzmila sufre horrores, lo rechoncho no es elástico y menos intergaláctico, apurada además porque el señor viene a cenar.

§

El desequilibro hogareño no es solo la falta de órdenes o el divorcio.

Faltan los inolvidables momentos kodak, los spaghetti western de los sábados, por ejemplo. Papi e invitados, whisky, pasapalos, mucho Django y Sergio Leone. Papi no se cansa de duelos los finales en atardeceres de cielo azul y terracota. Papi era poeta banquero. Poemas en inglés que envidia la tía Emily; pronunciación impecable, un Oscar Wilde sin mariconerías. Un arrebato inesperado y papi raspaba con la barba al hijo que tuviera cerca, sin distinción. Raspar es sinónimo de besar, pero el beso no llega, no con la barba nieve tupida. Mami odia los westerns, encarama cejas a lo María Félix y don Ernesto la llama mi Doña Diabla, inolvidables momentos kodak.

Llega el Aston Martin, Nemesio corre con el whisky en las rocas que le entrega al abrir y decir buenas noches a don embotado de reuniones que toma el trago y va al comedor. Su voz de cavernosa, de Django recién escapado de la horca, llama a sus hijos. Puestos asignados. El Junior y Carlos Enrique al lado de don Ernesto, Maximiliano con el Junior, y Albertico le toca Carlos Enrique. Al otro extremo del mesón bicentenario vacunado contra termitas y frente a papi, la silla vacía de mami. Nemesio trae una bandeja con jamón serrano y parmesano. Papi se sirve y pasa la bandeja al Júnior. Maximiliano compara esa bandeja de plata con la Última Cena, pero todo era muy pulcro y de pobreza ni hablar. Además, el Júnior jamás tendría cara de apóstol; de hijoeputa sí. Un sorbo de whisky y papi pregunta por el día de escuela. El Junior habla de deportes, Carlos Enrique habla de deportes, Albertico habla de una jirafa en plastilina y Maximiliano quiso (pero no habla) del poema de clases, pero nadie estaba interesado en Platero y él.

Sesos con mantequilla negra, su preferido señor, sirve Luzmila, acompaña arroz salvaje y repollitos de Bruselas.

Se tapan las narices cuando papi destapa la mostaza Dijon con trufa negra. Luzmila contiene la respiración desde mucho antes que se escapen los mil pedos. Los repollitos recuerdan mami. Papi les dice que está en París con una amiga del college. ¿Se acuerdan del Café de la Paix?, Allí fuimos todos. Mudos. Tantos cafés de tantos países y todos iguales, pero Maximiliano se acuerda, allí toma la sopa de cebolla que sabe a queso, y recuerda de las cortinas, las luces amarillas, las columnas de museo, las estatuas de museos, pero es un café, y va a decirlo pero no lo dejan, el Júnior se adelanta, siempre.

Don Ernesto hace un mutis alcohólico, cuando el júnior le pregunta sobre su día de trabajo.

Una pregunta tan simple hubiera colocado en la primera plana de papi y su mirada de Lejano Oeste, pero a Maximiliano sigue pendiente de ese burrito llamado Platero, de la sopa del Café de la Paix que es de cebolla pero sabe a queso.

Hay una posible fusión con el Banco Español de Crédito Urbano y el negocio de la construcción. No hay que poner todos los huevos en una misma cesta, dice papi.

Maximiliano desecha a Platero por la fábula de Esopo y la gallina de los huevos de oro, más acorde con el tema bancario, pero Albertico vuelve a preguntar el cuándo vuelve mami y la cena se paraliza en recuerdos.

Después del accidente con el frasco de Valium, el nuevo psiquiatra le aconseja a mami entre fumadas de pipa y miradas penetrantes, “cerrar círculos de vida”. Vete de viaje, cruza el charco y cero música barroca. Evita los lugares familiares, reinvéntate.

Isla flotante, anuncia Luzmila.

En la bandeja de plata, un suspiro termina en volcán y flota en un mar cremoso. Vainilla que los inunda a todos, adiós Dijon y los mil pedos.

Cuándo viene, la incógnita.

A las semanas llega un baúl que dejan en el living por su tamaño y dos maletas. Reconocen la silueta de Gisela en los vestidos arrugados, pero intocables para el planchado por negras con dedos de morcilla. Sólo colgarlos en los ganchos con hombreras para evitar jorobas. El baúl no se puede abrir hasta su regreso. Don Ernesto se preocupa. Gisela tiene una extensión de su Carte Blanche sin límite. ¿Qué carajos?, se pregunta el banquero al ver el baúl que, en la rutina hogareña se toma como un mueble más con su candadito Vuittom color oro. Luzmila le pasa un trapito, pero no lo mueve para limpiar el polvo acumulado, ni que fuera gorila.

§

Es Albertico quien trae a mami de vuelta.

Encefalitis, diagnostica el médico.

Don Ernesto consulta otros médicos si era conveniente o no llevarlo a los Estados Unidos.

No soportaría un viaje así, responden.

En la mirada de papi se intensifica el violeta, como si la muerte forajida anduviera cerca y peligrosa, listo para batirse en duelo igual que Django. Mami en Londres y sin aparecer por el hotel, pero llegan compras a la habitación, “muchas paquetes de Harrods”, le dice el gerente. Ordena a su secretaria localizarla sin excusas, llama a sus amigas, a la esposa del embajador, que son íntimas.

Al grano, doctor, pide el banquero.

El médico recita los posibles efectos secundarios, y baja la mirada al ver que el banquero no se conmueve. Ni un tic en papi, que escucha y prepara escenarios posibles. Retoma la idea de los Estados Unidos. Si el niño moría en pleno vuelo era preferible a dejarlo a que sucumbir en el hospital. La primera muerte era trágica, la segunda deprimente.

Dos puertas contienen la incertidumbre. La cruz roja pintada las uniría si alguna vez estuvieran quietas. Pero son abiertas a destiempo, para entrar o salir o en la misma dirección. Enfermeras llevan y traen bandejas repletas de jeringas y medicinas, pulcras desde la cofia hasta los zapatos. El aire huele a alcohol y ungüento. Es un lugar fácil para muerte; siempre fallece alguien. Maximiliano ve el electrocardiograma, los bastones de aluminio donde cuelgan los medicamentos aplicados por sondas y las bombonas de oxígeno. Ve los cubículos de los enfermos graves y se acuerda de Libertad Lamarque. Todas sus películas terminan en terapia intensiva.

En comparación a terapia intensiva, la sala de espera es una sucursal del cielo. Sólo ojeras y murmullos de los familiares, esperan. Algún rosario se escucha pasar entre las cuentas de manos hábiles, nada más. Maximiliano escucha un rezo bajito, lo sigue y llega al Júnior. Se acerca, quiere escuchar el padrenuestro, el credo o el diostesalveMaría, pero es un coro del Queen y él lo acompaña (bajito) desde el ¡No, no, no, no, no, no, no!/ y sigue al mama mía, mama mía, mama mía let me go, hasta que el Júnior le da su mirada asesina.

Maximiliano no ve Albertico, pero si a viejita.

Viejita si se ve entre tanto cable. Sonda en el brazo derecho, sonda en la nariz, ventosa en el pecho, en la frente. La calva quemada por radiaciones, con pelusas blancas y verdes, en la abuelita de piolín. Viejita es un delta de piel árida, venas azules y marca de piquetes. Rostro apretado pero a la vez dulce, labios resecos y congelados en mitad de un silbido. Maximiliano anhela tener abuelos, pero mueren jóvenes por ambos lados.

¿Eres tú Raulito?, viejita tiene los ojos abiertos pero no ve. Arrastra la mano trenzada de venas y arrugas por la colcha para sentir a Raulito, Rauliito mijo…

Maximiliano retrocede. La muerte también es parásita, salta como las pulgas. Mata sin necesidad de riego, luz o sombra, callada, le dijo Luzmila, que vive enlutando seres queridos por drogas, balaceras, o enfermedades intestinales por agua contaminada.

Viejita da un gemido largo; como si el dolor fuera elástico y la muerte jalara por diversión. Mueve los labios, reza un una letanía sin vocales o consonantes. Maximiliano quiere consolarla, pero teme que ella crea que es el desgraciado de Raulito. Entonces viejita se contrae en un espasmo, la muerte se la lleva.

¿Puede saludar a Abbot y Costello? Diles que vengan a mi cuarto en la noche viejita, que si son ellos no me da miedo, están muertos pero yo los quiero mucho.

Viejita interrumpe la encomienda mental con otro espasmo que le arquea la espalda. Llama a Raulito con voz de disco rayado, ¡acércate!, ¿por qué eres tan malo y te quedas callado Raulito?, dice, y tantea el colchón con un desespero que se apaga. La mano se queda rígida, como si fuera lo primero en morirse, pero un murmullo bajo, un aullido canino sale de los labios rotos y resecos de viejita…

§

Niños y criados vuelven a sus oficios. Días tristes de sol y piscina en el Country Club para los vacacionistas y guerra declarada al polvo para los criados. Niños tratados otra vez como príncipes, aunque mami no termina de llegar. Le toca hacer vida de hospital con Albertico. Como habían prohibido las visitas, podían llamarla a cierta hora y hablar rápido. Todos se mordieron la lengua en relación con el contenido del baúl y Luzmila maldijo al Junior cuando lo escuchó que quería mudarse al cuarto de Albertico, con vistas a la piscina.

Una semana en coma y el niño no despierta. Días extraños, todo muy conmocionado y no, sentimental y no, todos lloran a escondidas, todos se secan a escondidas, todos sonríen de mentiras. Don Ernesto ahora en almuerzos y cenas con cara de turista disminuida y ojerosa.

Maximiliano pregunta ¿viste a la viejita que te dije?, ¿sigue allí?, y mami cierra el auricular sin despedirse. Suficiente con sueño incómodo de sofá, con el baño de cerámica barata, sin jabones de colores.

Cada quien hacía lo suyo y nadie mencionaba los temas prohibidos, si mami llega, si Albertico se muere.

§

Última mañana de vacaciones.

Maximiliano ve la camioneta fúnebre estacionada a la placita de entrada. ¿Un hermano menos? y ¿qué pasó con viejita? No llegué a tu cubículo porque me quedé con viejita. Ella se murió antes que tú, te lo juro, y el júnior quiere mudarse a tu cuarto, pero ese cuarto me corresponde a mí, ¿te acuerdas que mami siempre dice que los más pequeños en los cuartos con vistas a la piscina y los mayores a la montaña?, y no encontré ningún negrito enfermo. Luzmila me miró mal, pero ella también vio la película de Libertad Lamarque, ¿te acuerdas? La hija negra de la servicio salva a la hija blanca de su patrona con su corazón. En el barrio de Luzmila siempre se muere gente, por eso le pregunté si conocía algún negrito moribundo para que te diera el corazón. Se puso furiosa y dijo groserías, y me dijo que no tienes nada malo en el corazón, que tienes fiebre en el cerebro.

El asma termina en lágrimas y abre branquias del niño pescado, del niño de La Laguna Negra que pega la cara a la ventana para ver el féretro, sin preguntarse qué hace aquí. Los féretros van a los cementerios, y los único que hay aquí son cementerios de grillos, los que caza con Albertico.

Lo fúnebre es un Cadillac Coupe de Ville. Mami regresa estupenda y le quedan tan bien esos lentes de sol, seguida por papi también con lentes de sol, pero a él se le salen las ojeras.

Y Maximiliano va mudarse de cuarto, antes que el júnior, después de llorar mucho.

Pero detrás de mami aparece Albertico.

SINOPSIS

Maximiliano.

Su cosmogonía infantil viene de las películas y series de televisión, en respuesta a un hogar disfuncional de emigrantes europeos.

En la búsqueda del origen de su concepción llega a hasta su padre, desde allí, se deforma más su visión del mundo.

La novela se basa en la teoría de Guy Debord, de su libro “La Sociedad del Espectáculo”. En una sociedad mediática nuestra “necesidad de disfrutar del espectáculo y transformar nuestra propia vida” convierte nuestra realidad en una “interminable representación”. Maximiliano es un camaleón mediático que aplica la filosofía del héroe de turno hasta llegar al punto de quiebre, cuando descubre que su mundo no se sostiene con la ficción, la realidad es ajena a las imágenes del cine y él es un animal fantástico, extraño.

No le queda otra opción que regreso a su origen imposible, al vientre paterno.

El proyecto tiene la estructura básica Aristotélica. Narrador en tercera persona que se le acerca al protagonista y lo consuela, uso del estilo indirecto libre, uso de monólogos interiores, narración lúdica.

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