El Cid Campeador para presidente, o: El extraño complejo de «¿Al final Cristo había muerto?»

El Cid Campeador para presidente, o: El extraño complejo de «¿Al final Cristo había muerto?»

Julieta Sarutobi

26/09/2022

Cuando comencé a trabajar en el informe, yo mismo creía que había algo descabellado en su planteamiento inicial. Incluso debo admitir que ahora, a ya más de cincuenta años desde la publicación de dicha tesis, me resulta muy difícil de creer.

Es probable que mi nombre, que hace algunos años fuera terriblemente popular tras la publicación de mi tesis, ya haya sido olvidado. No es algo que me moleste, he vivido bien en base a un único escrito, tuve mis cinco minutos de fama e incluso fui relevante en la vida de las personas por un corto periodo de tiempo, no tengo nada de lo que quejarme o lamentarme… Ahora mismo soy consciente del limbo donde reposo, así que dejaré que mis acciones sean las que hablen por mí: Soy el hombre que hace cincuenta años, sacudió al país diciendo que Gerardo Mirrán había muerto.

Quienes éramos adultos en aquel entonces recordamos plenamente a Gerardo Mirrán, incluso cabe la posibilidad de que quienes eran jóvenes por esos momentos lo recuerden también, pero gran parte del público actual difícilmente sepa de quien hablo, incluso cuando hace algunos años era simplemente imposible no saber quién era.

En ese entonces yo era un joven estudiante de ciencias sociales, apenas salido del secundario y con más sueños de los que podía enumerar. Debo admitir también que era una persona que ocultaba su inseguridad bajo una molesta pedantería, la que es posiblemente la máscara por excelencia para todas las personas patéticas. Y como cualquier persona pedante siempre intentaba llevar la contraria a todo lo que era popular entre las personas de

mi edad, incluso solía ir un paso más allá de eso, obligándome a distanciarme tanto como fuera posible de aquello que pudiera tener un mínimo de popularidad entre el común de las personas, incluyendo –por supuesto- cualquier postura ideológica o bandera política. Quizá fue por eso que el surgimiento de Mirrán como figura política me molesto a un nivel personal.

Lo cierto es que para bien o para mal, ese extraño periodo en la historia nacional que abarcó desde el 2017 al 2020 fue la época de Gerardo Francisco Mirrán. Podías amarlo u odiarlo, quizá incluso decías que no te importaba, pero efectivamente sabías quien era, y es que era imposible no saberlo. La televisión hablaba de él, las redes sociales hablaban de él, la gente en la calle hablaba de él.

Si acaso el tipo decía algo, inmediatamente todo el mundo tenía algo para opinar. Algunos lo aplaudían, otros lo parodiaban e incluso había quienes le refutaban como si acaso él fuera la mayor amenaza a la democracia. Cierto es que al final del día todos habíamos caído en su juego y no podíamos dejar de comentarlo, yo mismo incluido.

Gerardo Mirrán es un producto propio de su época y es imposible hablar de él sin ponernos en contexto, y es que fue una figura destinada a destacar: En una época donde los políticos se debatían entre si debían aferrarse a la imagen “correcta y educada” que habían mantenido por años, o intentar unirse a una nueva corriente que les permitiera acceder a un público juvenil que, asqueado de la corrupción, desestimaba completamente la política, quitándole relevancia a la democracia y entregándose al humor cínico, adolescente y desabrido que tan popular se había vuelto durante la posmodernidad.

Fue en ese contexto que nos vimos sacudidos por él. Un hombre que parecía amalgamar una actitud agresiva que rechazaba todo el protocolo casi eclesiástico con el que muchos políticos conservadores exigían ser tratados.

Siempre con argumentos cínicos que parecían no temer a generar controversia, fusionando esos elementos con una melena revuelta y una actitud generalmente irreverente, componiendo así a un personaje que era imposible pasar por alto.

Como cabría de esperarse, incluso yo tenía una postura en torno a él, o mejor dicho al menos dos posturas: Una parte de mí, la pública, se esforzaba tanto como le era humanamente posible en fingir que dicha figura no le interesaba en lo más mínimo y que ni siquiera había oído hablar de él, esforzándose tanto como le era humanamente posible por dejar eso en claro. La parte privada, por otro lado, solía estar en desacuerdo con algunas de sus posturas y extrañamente de acuerdo con otras, todo dependía de mi humor particular de ese día.

No quiero indagar demasiado en cada uno de los planteos de Mirrán, posiblemente algunos de ellos eran más interesantes que otros, aunque poco es lo que me interesa hablar de política en este preciso momento por irónico que suene.

Incluso habiendo aclarado esto, para entender todo el fenómeno de Gerardo Mirrán, hay que ir más allá de su historia personal pues en ella, no encontramos absolutamente nada más que la historia de un hombre no muy distinto a otros, una figura que inició su carrera política militando para la franja Roji-celeste durante sus años universitarios, rotando en torno a varios partidos mientras aprendía y forjaba su personalidad disparatada con toques de rebeldía y controversia, hasta que ya graduado como abogado, dio sus primeros pasos en la política nacional como el asesor político de Lisandro Valfierno, un político venido a menos que en sus últimos años de vida intentó renovar su carrera aspirando a competir para las elecciones presidenciales.

El viejo Valfierno en aquel entonces era poco más que una parodia de sí mismo, un político que en su día había luchado contra la dictadura pero que

para ese momento estaba cansado, cenil y agotado. Un triste sujeto que generaba lastima y risas a partes iguales, una persona que díficilmente conseguía captar la atención de la población quienes a menudo le catalogaban como un “viejo demaisado bueno como para gobernar”, dotándole de una inocencia casi insultante. En ese contexto, Mirrán ganó protagonismo al aparecer a su lado como un asesor en varios programas de televisión, robando cámara con su personalidad llamativa, peinados excéntricos y falta de decoro, generando un contraste casi cómico que la gente no tardó en aplaudir, aplazando el intento del anciano por llevar adelante lo que él consideraba una campaña “seria” y brindando algo que para las personas era poco más que un entretenimiento.

Él propio Gerardo fue consicente de esto, y no vasciló en soltarle la mano a Valfierno tantas veces como pudo solo para construir su propia carrera, desligándose de él en cuanto consiguió superarle en popularidad, paséandose por todos los canales de televisión. Mezclando sus opiniones políticas con innecesarios comentarios farandulezcos acerca de su vida sexual, anécdotas personales y demás nimiedades que hacían al común de la población empatizar con él, dejándole a medio camino entre un político joven y popular, y la más mediocre de las celebridades de televisión.

Por la misma época comenzó a suceder una decadencia en los índices de audiencia en la televisión y una proliferación de las redes sociales. La audiencia ya no tenía interés en sentarse a ver “las noticias del día”, prefiriendo el contenido más ágil. La clase de contenido que puedes ver en menos de un minuto para luego simplemente deslizar el dedo hacía abajo y cambiar de tema radicalmente. No hay que ser muy deductivo para saber que el estallido de popularidad de Gerardo Mirrán estayó en este nuevo formato.

La primera vez que oí hablar de su persona, de hecho, fue de hecho a través de una red social en la que una tía mía compartió uno de esos videos en los

que él hablaba de un tema naturalmente controversial, siendo en este caso el sueldo de los docentes. Mi tía lo compartió con una pequeña leyenda que decía: “Tiene toda la razón”, y con el pasar de los días, muchas personas comenzaron a compartir esa misma entrevista y otras similares una, otra y otra vez. Cuando nos dimos cuenta, su imagen era el furor de las redes y como dije antes, no había nadie que no supiera quien era. En la página de inicio de cada persona del país con acceso a redes sociales debía aparecer como mínimo un video de Mirrán compartido por alguien o recomendado por el propio algoritmo. De la noche a la mañana se había convertido en un ícono de las redes sociales.

Volviendo al principio de mi relato… todos en mayor o menor medida sabíamos de él. Todos en mayor o menor medida estábamos de acuerdo o no con sus palabras. El país sabía, conocía y disfrutaba de Gerardo Mirrán… “Va a ser el próximo presidente”, “Yo creo que se va a postular para las elecciones”, “La gente lo apoya, además ya es hora de que aparezca gente joven”, “Hay muchos jóvenes que le apoyan”. Durante mis años mozos debo haber oído esas palabras centenas de veces, aunque del mismo modo solía oír a personas decir todo lo contrario. De cualquier modo no existe la mala publicidad, especialmente cuando hablamos de políticos.

Puede que me haya extendido más de la cuenta. Incluso es posible que gran parte de todo lo que he dicho es total y completamente redudante, soy plenamente consciente de ello. Pero es que si queremos entender lo que yo mismo he bautizado como “Complejo de: Al final, ¿Cristo había muerto?”, es importante tener un contexto preciso. Un panorama completo de la traumática situación que el país vivió a manos de este personaje.

Lo recuerdo de una manera rídiculamente clara. Recuerdo estar frustrado y molesto, luego de una discusión con mis compañeros universitarios. Una discusión por temas políticos que para ser sincero ya no recuerdo ni me importan. Solo recuerdo con total claridad como ellos no dejaban de hablar

de ese molesto tipejo y lo mucho que me molestaba. Me molestaba que todo el mundo lo tuviera en boca las 24hs del día, especialmente los estúpidos que solo hablaban de él para criticarlo… ¿Acaso eran tan tarados como para no darse cuenta de que incluso hablar mal de él acababa por beneficiarlo?

Sea como sea, aquel día recuerdo haber estallado y maldecir a mis compañeros al grito de “No me importa Gerardo Mirrán, me da igual quien mierda sea. No me importa la política”, una frase que obviamente levantó controversias y respuestas del tipo “Deberías informarte, es una irresponsabilidad que presumas así tu ignorancia”, una frase que me golpeó en la parte más profunda de mi propio orgullo, y como tal solo había una forma de poder desahogar esa rabia: Demostrando lo contrario.

Esa tarde al llegar a casa, me dispuse a destrozar definitivamente a Gerardo Mirrán con toda la fuerza de mi poderoso intelecto. No solo iba a destrozarlo a él, si no que también iba a destrozar a todos los que hablaban de él, ya sea a favor o en contra. Iba a exponerlos como una parvada de ignorantes que no hacían más que mantener en alta la fama de un triste y patético político… ¿Y entonces? Ese único motivante me llevó a querer informarme, pero en cuanto me dispuse a colocar el nombre de Gerardo Mirrán en el buscador de Internet, debajo de toda la inmensa de artículos de opinión acerca de su carrera como político, encontré un dato que iba a cambiar la historia nacional para siempre.

Al principio creí que se trataba de un error de la web, incluso una mala interpretación mía. Pero la realidad estaba ahí, la verdad como siempre era vanal y evidente, tan evidente que parecía increíble. Como una respuesta simplista y caprichosamente vulgar, tragicómicamente mediocre: Gerardo Mirrán había muerto el dos de septiembre del año 2013.

Víctima de muerte súbita o un derrame cerebral, la verdad estaba ahí. Él ya no estaba. Nunca había estado.

En todo este tiempo la gente se había llenado la boca, hablando acerca de un cádaver que para ese entonces llevaba dos o tres años descomponiéndose bajo tierra, mientras habíamos estado compartiendo a través de las redes sociales imágenes y videos de su corta campaña como político de hace algunos años. Habíamos peleado, debatido e incluso discutido por alguien que hoy era poco más que un fantasma rondando el ciber espacio. Un recuerdo.

Un fenómeno social único, solo comparable con la vieja idea de que Jesús incluso tras su muerte seguía obrando, moviéndose e incluso realizando milagros. Como si su imagen se manifestara frente a alguien incluso luego de su muerte.

Como Jesús hablando con Cleofás sin que este le reconozca inicialmente. Como el Cid Campeador ganando su última batalla con una flecha clavada en el corazón, montado en el córcel que fueron sus propias palabras. Por un segundo el infinito abismo a dónde van a parar todas las voces del internet, escupió ante nosotros un tenúe susurro del pasado y tan absortos estábamos en él, que no fuimos capaces de disociar ese fantasma virtual de la realidad.

Controversial de manera patética, el personaje que Gerardo Mirrán creó para los medios, trascendió más allá de su propia vida. El orgásmicamente distópico futuro donde existe la posibilidad de ser inmortales hizo acto de presencia ante nosotros como la más ridícula verdad…

El resto es historia. Redacté un ensayo sobre este caso y lo títule como “Complejo de: ¿Al final Cristo había muerto?”. Y tan vanal como todo, la noticia fue revuelo un tiempo bajo el soporífero titular de: “El noventa por ciento de la población no sabía que Gerardo Mirrán estaba muerto”. Y por unos días fue noticia. Por unos días volvimos a plantearnos toda esa mierda del “Informarse antes de compartir” y todo eso. Por unos días jugamos a que nos interesaba ser ciudadanos comprometidos, cuando en realidad solo

éramos la casta más baja de felígreses esperando un milagroso advenimiento de Cristo.

Luego simplemente pasó al olvido, como un chiste contado cien veces, y Gerardo Mirrán, El Cid Campeador que la gente estuvo dispuesta a coronar como mandatario, simplemente se volvió un nombre anécdotico perdido en el abismo virtual. Quizá algún día emerja una vez más, quizá algún día el abismo vuelva a susurrarnos. Quizá la próxima vez sea peor, quizá la próxima vez derive en una guerra mundial, ¿Pero que importa? No estaremos ahí para verlos.

No estaré ahí. ¿Y la verdad? Entonces no me importó, y ahora tampoco lo hace.

Etiquetas: cuento

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