Rol del medico

Rol del medico

rumiante

09/08/2022

Siempre me preguntaba que cambiaba en esas mañanas en que todo le hacía sonreír. Corría este pensamiento de la mano de promesas nuevas, de futuras caminatas al trabajo para el día siguiente y siguiente.

– Mañana sí que sí -, me insistía en voz alta.

Ya poco recordaba como había sucedido con Héctor; solo tenía claro que debía desconfiar en las aerolíneas, que no debía olvidar las primeras lagrimas sinceras que le hicieron prometer nuevas fuerzas para el día siguiente.

Sintió que verdaderamente ese día por fin comenzaba a aprender.
– Hoy sí que si –, le escuché murmurar.

Desfilaban  mañana y tarde por la consulta el languidecer de la vida, uno a uno, entes invisibles eran sometidos a entrevistas en que explicaban que no podían entender el mundo. Ya no recordaban por qué ni cómo era su función. Menos recordaban como desfiló la cadena de situaciones que les arrebató alegrías y sueños. Una infancia fugaz les habría entregado sus certezas, frágil y transitorio ave fénix de viernes por la noche, cuyas cenizas poco a poco se iban disolviendo en el humo matutino que llevaba el alba de la ciudad. Así poco a poco volatilizaban sus cenizas hasta que no podrían reconocerse nuevamente entre ellos ni  mucho menos a ellos mismos. Criterio diagnostico mayor para ingreso a estas entrevistas de desfile eterno.

Solía recordar a Elizabeth en días nublados; merecedora de mejores palabras, más sutiles por supuesto, pero con amor frontal. Por equivocación, el amor y cariño se disfraza de condescendencia, eufemismo que arde y daña cuando se necesita de la realidad. El amor en su faceta más pura no es condescendiente, aun mas es sincero a pesar de los peores escenarios, en que rescata lo mejor de las situaciones y da las herramientas para el manejo adecuado. La miraba recordar tiempos azules que el reloj le negó; playas que nunca volvieron a visitar de la mano de sus hijas, a quienes el cáncer las hizo madurar de manera precoz en su primera infancia.

Vio como su amigo sintió otra vez el peso del pasado que se le era difícil de manejar.

– Bueno quizás mañana-, se resignaba.

Casi todas las tardes su amigo pensaba en uno de sus primeros, Don Rubén, quien pensó 2 veces antes de subir a ese automóvil. El corazón le avisaba, pero ya era tarde para cuando perdía el control del vehículo,  sin cinturón de seguridad se vio ahora eyecto y malherido, con el recuerdo limpio de que desde ese momento sabia que no volvería a ser el mismo. Conservó toda capacidad mental para entender y juzgar su entorno; pero su cuerpo desde que salió por el parabrisas jamás volvió a responder; ni siquiera a aquellos calores que lo impulsaban de joven. Así fue como tuvo que aprender a vivir anclado a un cuerpo que ya había partido; que se le había adelantado en otro plano y que ajeno ya a el; funcionaba como un ancla que lo mantenía en aquella cama todo el día.

A esta altura ya no lo había oído murmurar en un rato.

Sabía que pensaba en él, Rubén y en su tranquilidad al partir cumpliendo la monótona condena de año y medio. Pensaba quizás también en Rubencito, hijo de don Ruben, y como en cada nueva entrevista sus ojos comenzaban ya a languidecer. Volvía a cerrarse para prepararse al día siguiente.

-Mañana te paso a buscar en auto – me dijo previo a despedirse.

– Quizás pasado mañana logremos mejor suerte.

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