El Maestro de Té

El Maestro de Té

Meri Palas

06/03/2018

1. UNA MANO EN LA BASURA

Era una mano, no había duda. Sobresalía del contenedor lo suficiente como para llamar la atención, pero sin grandes pretensiones. Colgaba con elegancia del lado derecho, como si se deslizase por el borde de una bañera para tomar aire mientras el resto del cuerpo disfrutaba de los placeres de las sales de baño. Salvo que no había agua, sino escombros, y su propietario no tenía pinta de estar disfrutando de sus vapores. Era una mano fuerte y proporcionada, de uñas bien recortadas, con una mancha de nicotina entre el índice y el corazón. Desde luego, a la vista del inspector Torres, no parecía de un yonki cualquiera.

La mano fue descubierta por el párroco de Santa María la Blanca el domingo 2 de octubre, sobre las siete, mientras daba su paseo matutino. O tal vez -pensó Torres- mientras aprovechaba para tirar la basura donde no debía. El contenedor llevaba una semana aparcado frente al número trece de la muy madrileña calle Maestro. Se instaló el lunes a las diez y diez, con permiso para almacenar escombros de obra mayor y residuos no aptos para el reciclaje, según licencia municipal concedida a los vecinos del quinto piso que estaban, literalmente, tirando la casa por la ventana.

Desde luego, la mano no estaba incluida en la lista de material desechable permitido. Colgaba directamente sobre el bordillo derecho de la calle Maestro, apenas a trescientos metros de la parroquia y, según las conjeturas del inspector Torres, había llegado en algún momento entre las cuatro y las siete de la mañana del domingo. Cerca había una zona de marcha y los garitos de la zona cerraban sobre las tres. Hasta esa hora, la acera derecha de la calle Maestro solía estar petada de motos. Además, era una calle de un sólo carril en sentido ascendente, lo que descartaba a priori que un vehículo se hubiese parado para dejar la mano desde el otro lado. Por lo demás, el resto del cuerpo estaba más o menos escondido entre los escombros, lo que sin duda les llevaría algo de tiempo… salvo que lo hubiese hecho la mano por sí misma antes de descolgarse, pero no parecía probable. Por muy colocado que estuviese el tipo, ¿quién diablos se tumba en un container y se cubre de escombros para pasar la mona?

—Vaya mierda, tío —el forense le sacó de su ensimismamiento.

—Ya. ¿Cuándo vais a sacarlo?

—Te estábamos esperando.

El inspector Torres hizo un gesto con la cabeza y los agentes se encaramaron a la batea con varias bolsas de lona.

—No tiréis nada, echad toda la mierda que tenga encima en las bolsas —les gritó el inspector.

No tardaron mucho en despejarlo, el entierro había sido rápido, apenas unas bolsas de basura, cortinas rotas y varios cajones. Si se hubiesen molestado un poco más en ocultar el cuerpo, mañana estaría camino al punto limpio y aquí no ha pasado nada, my friend. La mano estaba unida de manera natural a un cuerpo humano. Era un tipo de unos treinta y tantos. Pelo corto oscuro. Ojos claros. Delgado pero fibroso. La ropa desaliñada y vieja, pero limpia. Un tatuaje de una especie de planta en la cadera izquierda. Cartera con tarjeta de débito y DNI a nombre de Leo Hoang, metrobús, un billete de veinte euros y otros dos en calderilla.

—Vaya, el tipo no estaba nada mal. Alguien se molestó incluso en cerrarle los ojos —comentó el forense—. Nos lo llevamos, Torres.

—Vale.

—Te paso los resultados de la autopsia por email.

—Venga, gracias.

Torres se quedó todavía un rato junto al contenedor, observando los alrededores. La asociación de mariguana estaba al otro lado de la calle y pasaba casi desapercibida. Un local anodino en un edificio anodino: fachada pintada de gris, chapa de reja, puerta de cristal… si no fuera por las cámaras de seguridad y porque el edificio pertenecía a suboficiales retirados del Ejército del Aire, no habría nada de qué preocuparse. De hecho, los fumetas no les habían dado demasiados quebraderos de cabeza. Alguna redada de vez en cuando para mantener las apariencias, porque los chavales se quedaban en la puerta esperando a que abriesen y los vecinos se asustaban de sus «pintas» de tiradillos. En fin, nada importante. Pero la mano jugaba en otra división.

Cruzó la calle y echó un vistazo a través de la puerta de cristal. La asociación sólo abría por las tardes, así que no había mucho que ver a las nueve de la mañana de un domingo. En la penumbra se distinguía una mesa con un portátil, un par de sofás destrozados a modo de sala de espera para los nuevos socios, y una puerta cerrada que daba acceso a las zonas comunes, lo que sería el fumadero, vaya.

Siguió caminando por su izquierda hasta situarse frente al contenedor. A su espalda, un escaparate de cristal lleno de teteras de barro indicaba que al otro lado había una tetería. Conocía esa tetería. Unos meses atrás habían estado por allí de paisano, haciéndose pasar por simples clientes, con la idea de averiguar si el viejo chino estaba relacionado de alguna forma con los fumetas. En plan proveedor, se entiende. Pero no encontraron nada interesante.

La tetería era un local pequeño de unos cincuenta metros cuadrados, con dos alturas. Al fondo a la derecha unos escalones llevaban al baño y a la puerta del almacén, en el que un poli algo avispado podía colarse facilmente mientras los otros entretenían al chino. Agachó la cabeza institivamente, la chapa de la puerta quedaba un poco baja cuando se recogía, y entró.

Traspasar el umbral y entrar en otra dimensión tenían mucho en común. Olía a tierra húmeda y a bosque. El suelo de viejas baldosas estaba desnivelado y, al pisar, algunas crujían levantándose levemente por la esquina contraria. Apenas había más luz que la que se filtraba por el escaparate, un grueso vidrio transparente que ocupaba toda la pared de la calle. A la derecha, dos viejas mesas con sillas desparejadas eran todo el mobiliario. A la izquierda, la pared estaba cubierta por estanterías llenas de paquetes de té, teteras y tazas diminutas. Delante, en una mesa alargada, que parecía el nudoso tronco de un avellano cortado por la mitad, estaba sentado el chino.

Saber o no de té, no era algo que a uno le preocupase al verle. La imagen del viejo sentado frente a un montón de teteritas, jarritas y tacitas, era simplemente fascinante. Torres se consideraba un tipo poco sensible, pero aún así contuvo el aliento sin ser consciente de que lo hacía. Fue exactamente como la otra vez. El viejo se sentaba en un banco de madera. A su lado, una enorme tetera de barro burbujeaba sobre un pequeño fogón a gas que desprendía fantasmales llamas azules. Sobre el avellano, delante del viejo, estaba colocada una especie de enorme piedra negra plana y ovalada, tallada hasta formar una espiral que terminaba en un pequeño orificio central. Sobre la piedra, había distribuidos un sinfín de chismes para el té, una pequeña escultura de barro con forma de sapo y un buda de jade.

El viejo apagó el fuego y sujetó la pesada tetera mientras cerraba levemente los ojos. Luego le miró y le invitó a sentarse. Torres saludó con la cabeza y se sentó frente al chino.

—Me alegra verle de nuevo, ¿le gusta té? —preguntó el viejo mientras vertía el agua humeante sobre una pequeña tetera de barro.

—Soy más de café, jefe.

—Ohh… entonces tiene que probar buen té.

El agua que caía sobre la teterita fluía por la espiral hasta formar un remolino en el centro y desaparecer con un burbujeo. Torres pensó que aquello parecía una galaxia de vapor girando hasta diluirse en la oscuridad. ¿A dónde iría a parar el agua? Seguramente la piedra tenía truco, estaría hueca por dentro y tendría algún tipo de recipiente donde se acumulaba el líquido. El efecto era hipnótico. El viejo se giró hacia la estantería y eligió sin prisa uno de los paquetes. Al abrirlo, un leve olor a humedad se mezcló con el vapor de agua del ambiente. Introdujo lo que parecía un trozo de bambú cortado por la mitad, y lo usó como cuchara para recoger un puñado de hojas oscuras. Sin más ceremonia dejó caer las hojas dentro de la teterita humeante, cerró la tapa y la cogió para agitarla. Después se la tendió a Torres.

—Huela, huela —gesticuló el viejo.

Torres levantó la tapa diminuta y metió la nariz todo lo que pudo antes de apartarla de golpe. Olía a sótano cerrado.

—¿Quiere matarme, viejo?

El chino rió con ganas mientras recuperaba la tetera. Virtió agua hirviendo y la volcó inmediatamente en una jarrita de cristal transparente sobre la que había colocada una especie de filtro que parecía una calabaza pequeña. El líquido era oscuro y el vapor que desprendía olía a tierra húmeda. Sirvió de la jarrita en un diminuto cuenco blanco.

—Beba, beba —insistió el viejo.

Torres miró el líquido con cierto reparo antes de decidirse. Parecía un café aguado. Cuando se decidió a beber, el vapor se le coló por la nariz aturdiéndole levemente. Aquello sabía a bosque, y le recordó a su niñez.

—Pu’er —dijo el viejo— té chino muy viejo, muy bueno. Le reconfortará, parece usted cansado.

Torres asintió mientras una especie de calor inundaba sus brazos y sus piernas. Aquel brebaje tenía algo de droga, vaya.

—Muy bueno, ¿lo vende usted? —preguntó Torres, mientras pensaba llevarse una muestra para que le echasen un vistazo en el laboratorio.

—Ohhh… no, no, este té no se vende, es sólo para compartir con amigos —sonrió el viejo mientras le servía una segunda taza.

Torres levantó el cuenco en señal de brindis y lo vació de un trago. Rechazó una tercera taza y se quedó un rato ensimismado mientras le venían a la memoria recuerdos de tardes de invierno infantiles: el olor a leña de la casa del pueblo de sus abuelos, el calor de una sopa humeante entre las manos… hasta que, de pronto, volvió al presente con la mente despierta y serena. Definitivamente, algo estaba mal con aquella cosa, pensó mientras bebía lentamente la cuarta taza de té.


RESUMEN

Basada en hechos reales. La investigación de la supuesta muerte por sobredosis de un joven chino en el centro de Madrid, pone al inspector Torres sobre la pista de un caso más grande: la búsqueda de una taza de té de la dinastía Ming. Según la versión oficial taiwanesa, la taza forma parte del catálogo de piezas desaparecidas durante el traslado del Tesoro Imperial de Pekín a Taipei motivado por la guerra civil (1927-49).

Aunque Torres comienza investigando el origen de la droga, pronto acaba siguiendo la pista de un grupo de coleccionistas de arte implicados en la falsificación de piezas para museos chinos. Cuando la verdadera causa de la muerte del joven chino empieza a salir a la luz, la investigación oficial se ve truncada por orden de los servicios de inteligencia, preocupados por que el caso perjudique las negociaciones internacionales para la devolución del Tesoro a China y el reconocimiento de Taiwán.

Torres, implicado emocionalmente con la hermana del fallecido, continúa su propia investigación siguiendo la pista de un molde encontrado junto al cadáver. Seguiremos a Torres en su día a día por las calles y bares de la capital, mientras la carismática figura del abuelo del fallecido, propietario de una vieja tetería, se convierte en una de las claves del rompecabezas. ¿Descubrirá Torres el misterio que se esconde tras el maestro de té?


Proyecto de novela corta (60.000 palabras) estructurada en 30 capítulos. Actualmente se encuentra en fase de primer borrador con 33.000 palabras (20 capítulos).

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS