PARTE 1: PREFACIO

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Hace 10 años aprendí a tocar el piano. No parece nada fuera de lo normal, muchos jóvenes lo hacen, pero a mí me cambió la vida hasta tal punto que supuso un antes y después. Para un artista, su pasión lo es todo en la vida aunque suene a exageración, más que el aire que se respira. Es una especie de pseudoreligión por muy herético que pueda parecer. Hace 10 años creí revivir gracias a la música y una parte de mí murió sin embargo cuando ella se marchó, incluso si no era más que un muchacho. Dicen que el primer amor no se olvida y tienen razón, todas mis composiciones hablan de ella, y si no hubiese sido tan egoísta, puede que la hubiera dejado marchar en vez de retenerla en pequeños fragmentos congelados en el tiempo igual que pequeños frascos en formol.

Me pidieron un contexto junto con mi composición, mi “elegía” y supongo que si me han dado esta oportunidad, al menos debo ser sincero. Mi obra habla de Claudia y de los acontecimientos que empezaron en verano de 2008.
Empezaré por el principio. Yo, Javier Fernández, le debo mis inicios a la ciudad de Barcelona y a que mi madre, porque nunca conocí a mi padre, viajara de un lado para otro en busca de un trabajo y malviviéramos hasta su muerte cuando cumplí 13 años. Por esa época era un joven larguirucho, demasiado alto y algo enclenque, pero eso no era lo principal, más bien detalles sin importancia añadidos a que me hospedara con una familia de acogida que pasó desapercibida durante esos años. Para mí que solo buscaban cubrir mis necesidades a un nivel tan primario que podían haber sido robots futuristas en una casa sacada de Odisea 2001. Mi educación pasó de largo igual que mi vida en esa esa casa, nunca fui demasiado inteligente, a pesar de lo que haya conseguido con el tiempo. Quién dice que hay diferentes tipos de inteligencia acertó conmigo.

Un día, en enero, en el maravilloso año que fue 2008, a la salida del instituto, en Madrid, conocí a Claudia. Más bien se produjo una colisión del universo, en el kaleidoscopio que forman las millones de oportunidades posibles, cuando Claudia pasó por delante de mí, con su cabello oscuro en una coleta alta, una cazadora el doble de su tamaño y playeras desgastadas. Cabe decidir que no era un barrio lujoso, más bien lo contrario, y alguien como ella suele destacar. Madrid es mucho más que las luces en el centro, que el cartel de Schweppes en Callao y las zonas de fiesta, alterne y del estilo que puede ostentar una capital. Me encantaría seguir hablando de mi ciudad, aunque Barcelona, Málaga o Valencia lo fueran también durante otro periodo de tiempo, pero no quiero enrollarme más de lo necesario.

Aunque me gustaría decir que conocí a Claudia en ese primer encuentro, —a pesar de que no reparase en mí hasta mucho más tarde y de que nuestra relación fue fugaz, —lo cierto es que supe de ella por su hermana Carolina, que con el tiempo conseguiría un contrato para ser modelo y ahora se la pueda ver en carteles y catálogos de moda, que se presentó en mi casa en busca de mi madre de acogida, con una sonrisa de oreja a oreja pintada en su rostro de porcelana. La única diferencia entre las hermanas, además de que una era rubia y la otra morena, es que Carolina siempre ha tenido un corazón de oro y a pesar del paso del tiempo me enorgullece decir que seguimos siendo cercanos. Tiene costumbres extravagantes, eso sí, como tomarse una copa de vino a cada atardecer y leer literatura en idiomas que conoce vagamente por todos sus viajes, pero no se lo tengo mucho en cuenta. Aquel día, en el que se presentó en mi casa, (disculpadme por dar tantos detalles banales), empezamos a hablar mientras la dueña de la casa se engalanaba antes de bajar a hablar con ella. Si no hubiera conocido después a Claudia, hubiera recreado esa primera conversación durante años. La sensación de conectar con otra persona como si parte de ti reconociera su alma no es fácil de olvidar, pero de nuevo, encontrar a su hermana fue completamente distinto. Pero no me malinterpretéis, ya he dicho en miles de entrevistas que iba a escribir una carta de amor, decídselo a sus pobres víctimas, hombres y mujeres desesperados en busca de una pizca de pasión en sus vidas.

Esta elegía tiene 3 partes pero nada más allá del presente, el pasado y el futuro, incluso si pudiera separar mi vida en 4 periodos, uno antes de 2008, otro después de que creara a un monstruo implacable sin darme cuenta, el periodo ininterrumpido en el que no supe si estaba viva o muerta y él día en el que vi la noticia en los periódicos. Podría añadir cuando di con ella y perseguirla por el mundo se convirtió en mi obsesión.

¿Sabéis el sonido que hace un corazón rompiéndose? Esa décima de segundo en el que alguien cambia para siempre. Espero que no, porque es una de experiencia sobrecogedora que nunca se olvida.
No sé si empezar por el principio porque entonces la veríais como una mártir y trataríais de absolverla, pero de lo contrario no entenderíais la evolución y se convertiría en otro fetiche morboso y sin corazón, una carcasa bonita y cruel, no un ser humano, y nunca podría hacerle eso.

Claudia vino a buscarme a mi casa en 2008, después de que la misma escena se hubiera repetido durante semanas con Carolina. Quería saber el por qué de sus visitas y yo no tenía una respuesta que darle. Recuerdo pensar que tenía una mirada penetrante de las que se te graban y que cuando se autoinvitó a mi casa, en el fondo no quería decirle que se tenía que ir porque no me estaba permitido invitar a nadie. Entonces se sentó en el sofá tapado con una manta raída de un verde chillón y se sacó un bloc de notas del bolsillo. Cuando era joven, solía intercambiar secretos por protección, por objetos brillantes y oportunidades que no necesitaba porque había nacido en una familia privilegiada. Lo sé todo sobre ella de primera mano aunque haya ciertas cosas que no le dije a la policía cuando vino preguntando. Ciertos recuerdos sin importancia, de un amor adolescente y desesperado que son crudos e intensos porque hubo una época en la que no quise ver cuál iba a ser su futuro y ella fingió no saber que necesitaba su compañía como una droga que iba a destruirla completamente. Es el equivalente de un corazón reventando tras una vida de malos hábitos que te van desgastando, poco a poco, hasta que ya no puedes aguantarlo más, si la droga sufriese al provocar dichos efectos en sí misma.

PD: Siento ser tan melodramático, pero así soy yo.

Atentamente,

Javier Fernández.

2

Hace días que se publicó su carta en este periódico con mi nombre impreso. Al menos no añadió mis apellidos. Tenía que haberlo sabido, era joven pero no estúpida y siempre he seguido su carrera como si fuera un discípulo mío. Yo le enseñé a tocar el piano, después de todo. Voy a ser breve, más de lo que él lo ha sido. Me llamo Claudia y me veo obligada a responder a sus mentiras, después de que revelara mi identidad a la policía, años después de que me lo quitara todo. En toda historia hay dos versiones, la del ganador y la del perdedor. Vencedor y vencido. Y no soy una buena perdedora, no tendré su dinero, su educación y su bagaje de niño pobre víctima del capitalismo, o lo que quiera que diga en sus entrevistas, pero soy casi tan cínica como él. Yo le hice lo que es hoy, le vi tal y cómo era, le animé a superarse para quedarme sin nada. Y a diferencia de él sí que voy a dar detalles mórbidos:

  • Si yo era una oportunista, él fue mi cómplice durante mucho mucho tiempo. De puertas para fuera yo era la mala influencia, de puerta hacia dentro, ¿quién creéis que era el salvaje? Y no solo hablo de sexo, sino de cómo me decía lo que había hecho, a quién había atacado, el daño que había provocado por darme lo que quería y no soy la única en creer que el fin justifica los medios.
  • ¿Sabíais que la casa de acogida en la que vivía ardió? Es curioso como la venganza se puede convertir en una cadena inacabable de crímenes que se entrelazan hasta que no queda nadie en pie. Por ejemplo: la casa ardió porque le dije que quería marcharme y él prefirió no permitírmelo al culparme de una tragedia como esa, claro que no hubo víctimas, pero tampoco un seguro a pesar que Javier creyera lo contrario. No descubrió hasta después, sin embargo, la red de prostitución y trata en la que la familia estaba metida, (además de mi hermana. Lo siento, Carolina).
  • Cuando les dijo mi nombre, supe que tenía que marcharme. Siempre había querido reinventarme y ese era el momento. ¿Qué fue de él? Os preguntaréis. El niño de oro fue adoptado por una familia que le llevó directo al conservatorio.

En cuanto a mí, la muerte de ese chico fue un accidente. Soy una estafadora, lo confieso, mea culpa, pero no una asesina. Y, Javier, si estás leyendo esto, ya no tienes que seguir buscándome porque ya me has encontrado.

PD: Londres, Picaddilly Circus, 5 de enero de 2018, esperadme allí porque vais a ver un buen espectáculo. Siento ser tan melodramática, pero así soy yo.

Atentamente,

Claudia, la Ilusionista.

3

Ambas cartas se publicaron con dos semanas y media de diferencia y para entonces ya se habían reservado todos los viajes con destino a Londres para esa fecha, los noticiarios hicieron eco de ambas como si de una conversación se tratara y los llamaron los amantes distanciados, la criminal y el pianista. Carolina, sin embargo, desapareció del ojo público y la encontraron en la Ribera Maya junto a Javier, tres días antes de la fecha que había indicado.

La noticia se hizo viral y ya sabéis cómo son estas cosas. La policía empieza a recibir llamadas falsas, amigos de la infancia comparten fotos de bochornosas y ese tipo de información caducada. En horas, Claudia pasa de ser una estafadora a la hermana perdida de Carolina Velázquez. Todo sumado a la existencia de Internet (digánselo a los creadores de la página web Claudialailusionista.com y a su mágica cuenta atrás).

–Esto se nos ha ido de las manos – le dijo Carolina a Javier frente a una playa paradisíaca mientras se dejaban fotografiar por bañistas.

–No exageres, no esperábamos que saliera de su escondite, ¿y qué? No existe mala publicidad, no seas tonta. Nuestra carrera va a mejorar muchísimo gracias a las cartas, además nadie podría haberse imaginado que fuera a responder. Claudia es un fantasma, lo ha sido durante mucho tiempo, cambiando de identidad cada pocos meses y escapando de la policía. ¿Qué puede hacernos ahora? Todos estarán esperándola. Claudia la Ilusionista – soltó una carcajada desdeñosa –¿y qué más?

Carolina bajó la mirada y contempló el horizonte.

–Seguramente tengas razón, pero esto no me da buena espina. Si no hubiéramos escrito tu carta…

–Nunca sabremos qué podría haber ocurrido – respondió Javier y le cogió la cara entre las manos, con delicadeza, a pesar de que una parte de él deseara que fuese otra persona. Entre todas sus mentiras, la peor era que no había recuperado el contacto mucho antes con Claudia y si encontraran esos mensajes sí que sería su fin. Llevaban años jugando a un juego muy peligroso y ese iba a ser el culmen, la batalla final, el gran desenlace para un público que desconocía las reglas.
Nunca hubiera esperado que Claudia decidiera rebelar su pasado como si fuera información volátil, pero él lo había hecho público después de todo. Carolina nunca pudo entender lo que había entre ellos, esa necesidad inherente de hacerse daño, y nunca lo entendería, en el mundo hay almas puras y viles, no es muy difícil distinguir a cual pertenece cada uno.

Su teléfono móvil no dejaba de iluminarse con notificaciones y, mientras la cogía entre sus brazos, sonreía, sin poder evitarlo ante la alarma de su agente y de muchos de sus conocidos. Entre todos los mensajes había unos que no podía dejar de releer, en trance, algunos de hacía un año y otros de ese mismo día. El número siempre cambiaba, eso sí, e iba acompañado de unas coordenadas casi indescifrables, dejándole saber su ubicación. Siempre había estado en sus manos encontrarla.

Javi, disfruta de tus días con mi hermana. Te quiero el 5 en Londres, prepárate para lo que está por venir.

¿Y qué haremos después?

En Bruselas, a miles de kilómetros de allí, Claudia miraba el teléfono mordiéndose los labios y, en vez de contestar, lo dejó caer sobre la mesa en la que tenía los pies apoyados mientras suspiraba con satisfacción. Tres días más, se dijo, y toda la preparación habrá valido la pena.

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