Capítulo 1. La primera noticia de su muerte la tuvo una mañana oscura y fría en un bar gris de café aguado. Juan, con sus globos oculares enmarcados por unas prominentes ojeras, acercaba a la boca su taza templada, perdiendo la noción del tiempo que transcurría, tan lento, a su alrededor. Sus pensamientos se estorbaban entre sí, claudicando todos al poco de nacer. Asumía que no podía con el sueño, que lo dominaba como si fuera un títere movido a cámara lenta. No ayudaba en nada la tétrica y anticuada decoración de la cafetería.

En un esfuerzo titánico para su condición de víctima de Morfeo, agarró con cierto ímpetu el periódico atrasado que descansaba en la mesa aledaña. Estaba ajado y gastado por el repaso de tantas manos embadurnadas en mantequilla salada y aceite. Lo colocó justo delante suya, apoyado en la pesada superficie de mármol y comenzó a remover sus hojas con el desinterés que de nuevo se apoderaba de sus ganas. Pasaba las páginas mecánicamente, casi sin darse tiempo a leer los titulares, ausente. En dos minutos escasos había acabado de merodear por todas las noticias del día previo, las cuales ni siquiera ya recordaba. Solo le faltaba visitar los pasatiempos y la sección de necrológicas.

Sus ojos inspeccionaban levemente el obituario cuando, a pesar del cansancio, fue capaz de horrorizarse al ver reposar bajo una cruz negra su nombre y apellidos. El hecho de comprobar cómo los familiares y amigos de alguien con su misma denominación invocaban la salvación de su alma, tensó los vellos de sus brazos. Un pequeño ahogo provocó que el café no encontrara la senda correcta y tosió con estrépito, mientras su mirada seguía fija en su presunta muerte.

En el bar, donde dormitaban cuatro clientes, solo el camarero dirigió su mirada a Juan, aunque con rapidez volvió a sus quehaceres sin prestarle más atención. Juan era nuevo en esa pequeña localidad de Galicia y esa cafetería de barrio, su primera parada después de un viaje largo y cansado. En esas circunstancias, las 7 de la mañana eran un lastre para él, agravado por el desangelado escenario que lo rodeaba. Sin embargo, para algo había servido el susto de la necrológica: ahora estaba más activo y más despierto, más vivo. Palpó su cuerpo, como si de un registro se tratara, para exorcizar los demonios que habían surgido cuando se reconoció como difunto en las noticias.

Se deshizo del miedo y de algo del sueño que acumulaba, pagó su consumición y salió. Aún así, anduvo desconcertado y con la mente en blanco durante varios minutos, sin ningún rumbo que dirigiera sus pasos. En cuanto se percató de nuevo de su propia existencia, dilató sus pupilas y se fijó en un pequeño cartel al lado de un portal en el que pudo leer “Routard”. Obviamente le resultó familiar. Recordaba dicho sello como una garantía a la hora de elegir hostales y pensiones en su época de mochilero. Y esta fonda, la “Pensión Quintero”, tal y como se podía leer en una gastada placa de madera, tenía esa distinción.

Años atrás, había recorrido, primero solo y luego con su novia, buena parte de Europa prácticamente con lo puesto. Y, en esas condiciones, encontrar un lugar donde descansar y tomar una buena ducha por un precio asequible era básico. Precisamente eso es lo que buscaba ahora. Un sitio donde poder descansar y evaluar la situación. Sentía que necesitaba parar un poco el tiempo y meditar acerca de la decisión que había tomado. Una decisión que le había llevado a aquel recóndito lugar en el que una vez, según le contaron, había vivido junto a su familia. A pesar de ello, no tenía ningún recuerdo real y vívido de ese pueblo con aspiraciones urbanitas, donde las construcciones nuevas iban borrando inexorablemente el aspecto que treinta años antes había tenido. Los edificios de varias plantas que en el pasado eran la excepción respecto a las pequeñas casas bajas con tejas de adobe, ahora peleaban entre ellos por llegar más alto para arañar el modesto skyline del pueblo. Sin embargo, era la iglesia la que mantenía ese honor y ese privilegio, pues según una ordenanza aún en vigor, ningún otro edificio podía superar su altura.

Su ambiente, a pesar de estar rodeado de mar y monte, le resultaba espeso y opresivo, quizás por la humedad que ofrecía la Ría y que se le metía por todos los resquicios de su vestimenta. La única reminiscencia para él de esa población la constituían imágenes sueltas, envueltas en la bruma del olvido. Aunque bien podrían ser evocaciones ajenas que había puesto en pie su cerebro a base de repeticiones y que ahora confundía con la verdadera memoria. En cualquier caso, no le importaba mucho. Él había llegado allí con un objetivo claro: aprovechar la oportunidad que había surgido para escapar de la escasez y de la necesidad. Y, a pesar del paisaje gris, del sueño y de la soledad, se sentía tocado por la fortuna. No era para menos, la lotería había llamado a su puerta. Bueno, en realidad la llamada fue al teléfono y más que lotería, se trató de un extraño azar con voz de picapleitos español.

Juan y la vida no se entendían. Su existencia nunca fue fácil. Perdió a sus padres demasiado pronto y de golpe. A ese trágico hecho no le acompañó alguna propiedad o una buena suma de dinero que hiciera el trance más llevadero. Su economía también se quedó huérfana. A pesar de ello, se mantuvo a flote anímica y materialmente gracias a la existencia de una mujer que supo sacarlo del hastío y de esa poderosa sensación de abandono que le consumía.

Se fue a vivir al pequeño apartamento que ella tenía en las afueras de Edimburgo y, tras un tiempo de búsqueda infructuosa de empleo, consiguió un trabajo de cocinero en un modesto restaurante frecuentado por turistas. Su realidad se enderezaba por momentos e incluso llegó a pensar que esa vida simple, pero alegre en compañía de su novia, era lo que de verdad quería. Antes, siempre se había sometido a las aspiraciones que, a través del escaparate de otros, le ofrecía un ego con más pretensiones que medios. Esa casa con jardín de su buen amigo del instituto, el lujoso coche que conducía el hijo de sus vecinos, el trabajo – leve en esfuerzo y espléndido en resultados – del hermano de su pareja. Todo ello suponía una carga inasumible para su modesta cartera. Por eso, de vez en cuando se sorprendía siendo feliz con un simple desayuno en ese pequeño piso que, al principio, le había parecido inadmisible. Había aprendido a no necesitar más allá de lo que realmente requería su estómago o el frío astuto y húmedo que siempre encontraba el camino para calarle. Pero tuvo que recibir esa llamada.

Acababa de llegar a casa tras una jornada demoledora. Había tenido que cocinar, prácticamente él solo, para un grupo de treinta españoles. Además, no siendo suficiente con vilipendiar todo lo que se le ofrecía para saciar su hambre, esos spaniards quisieron adaptar el horario del restaurante al peninsular. Terminaron de almorzar a las 5 de la tarde. Eso le suponía a Juan salir del trabajo con el tiempo justo para ducharse y descansar 30 minutos escasos antes de reincorporarse a sus fogones. Y fue justo cuando acababa de acomodarse en el sofá cuando sonó su móvil. El prefijo 34 que leyó en la pantalla le extrañó, ya que no recordaba la última vez que tuvo contacto con su país de nacimiento. Pensó, envuelto en el sopor que ya lo había invadido, en no coger el teléfono, pero la curiosidad venció. Tras incorporarse con algo de dificultad, pulsó el botón de respuesta de su teléfono móvil y preguntó con tono serio quién llamaba. Una voz áspera se presentó con excesiva parsimonia para el interés que le había suscitado.

– Buenas tardes, ¿hablo con el señor Juan Dou Quiroga? –Éste respondió con un seco “sí”, a lo que su interlocutor continuó presentándose.– Buenas tardes, Juan. Mi nombre es Áticus Vital. Soy el abogado de su tío Anxo. Le llamo en atención a un encargo que me realizó. ¿Me podría dedicar unos minutos? Es un tema importante.

Aún con desconfianza, Juan respondió con un cortante “dígame”.

– El abogado continuó. –Ante todo debo comunicarle que, desgraciadamente, su tío falleció hace tres días. Aprovecho para mostrarle mis condolencias por la pérdida.

Juan emitió un sonido indescifrable para su interlocutor que éste interpretó como permiso para seguir con su perorata.

– Quería informarle, como albacea de Don Anxo, que en su testamento le designa a usted legítimo heredero de todas sus propiedades. Es mi obligación gestionar todo lo que ello implica. De ahí mi llamada. –Sin darle tiempo para asimilar la noticia, Áticus prosiguió–. Sé que usted no reside en España. En cualquier caso, para cumplir con la voluntad de su tío, es indispensable que acuda al pueblo de sus padres para proceder a la formalización de la herencia y llevar a cabo todos los trámites al efecto. ¿Cuándo podría venir?

Juan no salía de su asombro. Realmente no era consciente de la existencia de un tío. Ni siquiera sabía si ese tal Anxo era hermano de su padre o de su madre. De pronto, tuvo un flash y creyó recordar alguna referencia de su madre a esta persona.

– ¿Está ahí, Juan?, –le sacó de sus disquisiciones la voz del abogado.

Se sentía abrumado por la información. No pudo, a pesar de ello, evitar sentir una alegría con sabor a culpa. Sin embargo, frenó el impulso inicial que comenzaba a nacer en él y habló sin ritmo, pero con decisión:

– Buenas tardes… No sé qué decir… Sé que le sonará raro, pero, para serle sincero, no sabía siquiera que tenía aún algún familiar cercano en España. Y mucho menos, que esa persona me tuviera tan presente como para hacerme su heredero. ¿Podría volver a llamarme mañana? Necesito tiempo para ordenar lo que me ha contado y digerirlo.

El abogado iba a insistir cuando Juan continuó y finalizó la conversación con una misma palabra: Adios.

—-

Juan no se movía bien en el terreno de las decisiones. Donde sí se sentía cómodo era en el arte de la procrastinación. Quizás por ello, pensó que la mejor forma de aclararse sería hablándolo con su pareja, Bethia. No obstante, en su interior ya estaba formándose una ilusión que sí que había tomado partido. La propuesta que le había hecho ese abogado de nombre tan poco habitual, había provocado que un cosquilleo y un pellizco alternos se le encajaran en el estómago, pero que le resultaban sumamente agradables por lo bueno que anticipaban. Porque lo cierto era que su imaginación se había desbocado.

No obstante, durante toda su jornada laboral consiguió apartar de manera muy solvente los pensamientos que tenían que ver con la inesperada noticia de la herencia. A ello ayudó el hecho de que, en el restaurante, el tiempo solía pasar como una exhalación, entre salsas, sofritos y besameles. Ya de noche, casi de madrugada, las fantasías comenzaron de nuevo a aflorar de camino a casa. Caminaba despacio por las calles vacías que recorría, como queriendo saborear los previos al sueño que ya preveía cumplido.

Cuando estaba a punto de introducir la llave en la cerradura, empezó a pensar cómo le presentaría la historia a su novia. Seguro que se alegraría. Realmente era una oportunidad fabulosa para mejorar la vida de ambos. En su imaginario, se podía visualizar con claridad viviendo en un pazo con vistas a una de esas rías gallegas que había visto en fotos tantas veces en casa de sus padres. Se despertaría temprano cada mañana para degustar el aroma a mar. Desayunaría con tranquilidad para aguantar una buena carrera entre los pinares. Regresaría a su caserón, se ducharía y su novia le estaría esperando con un delantal, solo un delantal, y el almuerzo listo. Estas imágenes, casi sin quererlo, habían decantado su elección. Entró en el piso y la oscuridad invadió sus ojos.

Era muy tarde y Beth debía dormir desde hacía rato. Pero la buena nueva merecía importunar su sueño. Se acercó aún con ropa de calle al borde de la cama y se introdujo bajo las sábanas de franela casi sin hacer ruido. Reptó hasta la posición en la que ella se encontraba respirando con fuerza y besó su cuello con cuidado. No hubo reacción, por lo que aumentó la intensidad de sus arrumacos. Un leve gruñido paró en seco momentáneamente sus intenciones. Aplicó sus manos sobre la espalda de la bella durmiente y, como en un cuento, consiguió devolverla a la vida. No recordaba que el aire frío del exterior se había apoderado de sus extremidades. Ella se revolvió como una fiera y con aspereza le espetó que necesitaba dormir y que tenía las manos heladas.

– Despierta un momento, Beth. Es importante.

– Mañana lo hablamos. En dos horas tengo que estar en planta –adujo ella, arisca debido a la interrupción de su descanso.

– Te tengo que contar algo. Es un notición. Ya verás. Si no alucinas como yo, te prometo que te masajearé los pies cada día hasta el fin de los tiempos.

– De verdad, Johnny. Quiero dormir. Seguro que puede esperar hasta mañana.

– Pero si ya no vamos a coincidir hasta por la tarde –Juan trató de insistir–. Y eso con suerte, porque fíjate hoy… –Esperó una respuesta para continuar con sus argumentos. Y lo hizo hasta que un ronquido frenó sus palabras y carcomió un poco la ilusión que ansiaba compartir.

No durmió en toda la noche. Si acaso, alguna cabezada que no llevó aparejado descanso real. Su vigilia nerviosa le permitió escuchar como ella se levantaba y se preparaba para ir a trabajar. Pero el enfado que lo dominaba no le dejó aprovechar el desvelo para desearle un buen día antes de que se marchara.

A las 9 de la mañana decidió que ya era absurdo seguir recorriendo todos los recodos de la cama. En concreto, fue la espalda, dolorida de tanta tensión en vela, la que le impulsó definitivamente a abandonar la horizontalidad. Pero para algo le había servido el insomnio. Tuvo tiempo para terminar de convencerse de que iría a España a por el “tesoro” de su tío. Quería haberlo consensuado, pero cada vez más se estaba sumergiendo en un estado de excitación ante la posibilidad de resolver su existencia con un solo viaje. Optaría por la política de hechos consumados, casi decidió.

Valoró los pros y los contras de su decisión. Casi podía oír a su padre cuando, tratando de inculcarle algo de sabiduría que frenara su impulsividad descerebrada, le decía que las cosas había que pensarlas antes de hacerlas. Y pensarlas no mucho, sino bien. Por eso, se convenció de que acertaba al decantarse por la mejor opción – al menos la más atractiva – de entre las que le estaba ofreciendo la vida en ese momento. Así que lo siguiente sería elaborar un plan de acción en concordancia.

Salió mucho antes de lo habitual para ir al restaurante. Tenía pensado solicitar unos cuantos días libres para poder viajar a España y arreglar todo lo relativo a la herencia. No era temporada alta en cuanto a turistas, pero siempre había un goteo constante de comensales que había que alimentar. Aún así, no vio problema irresoluble en ello. Seguro que Marc, su pinche croata, sabría mantener un tiempo su legado, un menú fusión de cocina gallega-escocesa que había creado y mantenido con cierto éxito de público y crítica.

La euforia iba in crescendo en el cerebro de Juan. Volvía a visualizar el pazo imponente de piedra noble que su tío le había dejado y un nerviosismo extraño pero placentero le envolvía. No obstante, intentaba no desequilibrar la balanza e hizo aterrizar sus ilusiones, momentáneamente al menos. Realmente no sabía nada de lo que podía esperar. Quizás la herencia no era tan cuantiosa como imaginaba. De todas maneras, en algo mejoraría su vida, se convenció.

SINOPSIS

Juan Dou ve alterada su rutinaria existencia en Escocia cuando recibe una llamada procedente de España. El albacea de un tío que no conoce le ha designado heredero. Entonces, la ambición toma los mandos de su vida y pone rumbo a Galicia, lugar que sus padres dejaron atrás cuando él era demasiado pequeño y al que ya nunca regresarían.

Es en la tierra de sus antepasados donde se dará cuenta de que está muerto… administrativamente. A partir de ahí, intentará desenredar la intrincada madeja de trabas que le impiden alcanzar un premio que ansía a pesar de no conocerlo. Pero lo que tampoco sabe es qué se esconde tras su designación de heredero. A medida que escarba, se da cuenta que el inestable terreno que lo sostiene está lleno de intereses oscuros, delitos y muertes más reales que la suya. Su vida, tranquila y predecible, ya nunca podrá ser igual que antes.

En el laberinto de peligros en el que está envuelto, Juan solo contará con la ayuda de alguien que lo conoce casi mejor que él mismo. Un descreído personaje que lo lleva protegiendo desde antes de que tuviera conciencia de su propia existencia. Un ser que en muchas religiones ha recibido el inexacto, pero sugerente nombre de “ángel de la guarda” y que se ha visto en la obligación de encarnarse como único medio para salvar a su protegido.

Una historia sobre la ambición, una seductora tela de araña que esconde quizá más riesgos que la recompensa envuelta en bruma que promete.

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