La vida color de rosa

La vida color de rosa

MARICARMEN

16/12/2020

Como cada Noche de Reyes, desde hacía veinte años, Camile se abrigó y salió a caminar por su calle favorita:  le Avenue des Champs-Élysées . Estaba particularmente muy frío y caían intensos copos de nieve. Pero nada le importaba, ni el coronavirus. Caminaba como una autómata y las lágrimas resbalaban por su rostro helado y bello, enmarcado por sedosos cabellos castaños. Su cutis trigueño y sus ojos negros denotaban sangre latina, al igual que su figura sensual. Las escasas personas que pasaban a su lado, hombres en su mayoría, la miraban con disimulo, ya que su esbelta línea enfundada en pantalones de cuero y botas altas, junto al tapado color camel llamaban la atención. Su altura y su elegancia delataban su profesión casi con seguridad: modelo. Y así era.

Desde hacía años trabajaba en las firmas más prestigiosas de París. Su triunfo era indiscutido, pero su mirada triste desmentía tanta felicidad. Recordó cuando había llegado a la Ciudad Luz, con tan sólo dieciocho años llena de ilusiones, su primera sesión de fotos de una nueva fragancia, y la llegada del gerente de marketing, Adrien. Sus ojos se miraron y aquellos ojos grises se volvieron ardientes al instante. Encuadraban perfectamente en ese cuerpo torneado, alto y vigoroso, muy varonil a sus treinta y cinco años. 

La invitó al almorzar y luego la acercó a su apartamento. Al otro día se repitió la historia, hasta que al tercero subió con ella y la besó con ardor, mientras la desvestía sin prisa, disfrutando de quitarle cada prenda. En la pequeña cama hicieron más que el amor. Sus cuerpos probaban distintas caricias que los enloquecía y los excitaba a más no poder. Y así pasó la primera de tantas noches. 

Camile estaba tan feliz que se sentía en el paraíso. Pero pronto vino la tormenta que la trajo de nuevo a la tierra. En la segunda semana de romance, la noche de Reyes, mientras caminaban por primera vez tomados de la mano por le Avenue des Champs-Élysées, él la miró muy profundamente y le declaró que estaba perdidamente enamorado de ella. — Desde que te conocí la vida tomó un nuevo sabor chére Camile. Eres la mujer de mi vida, y quisiera que seas mi esposa—, dijo dándole un pequeño ramo de lavandas, las flores de su región. —La lavanda simboliza la pureza del amor, por eso quiero que lo aceptes igual que este anillo. — Y sacó de su chaqueta un pequeño paquete. Lo abrió y a pesar del frio se arrodilló elegantemente: —¿Te casarías conmigo? Sé que es muy pronto, pero…

—Claro que sí —interrumpió ella permitiendo que le colocara un precioso anillo de platino con una piedra color violeta, para luego abrazarlo y besarlo con pasión.

—Me haces muy dichoso, y me das coraje para empezar una nueva vida contigo pequeña. Primero debo contarte que para eso debo terminar mi relación con Rina, mi esposa. Se que te he ocultado información, pero debes saber la verdad.

Los ojos de la joven pasaron de la sorpresa a la tristeza, y de la tristeza a la rabia.

—¿A qué estás jugando Adrien? ¿¿¿Me propones casamiento y ya estás casado??? Eres un canalla, o un cínico, o…

—Tienes razón, pero ¿puedes escucharme por favor? Me casé hace sólo dos años con una compañera de trabajo, una muchacha italiana muy atractiva. Pero al poco tiempo me di cuenta que no funcionaba nuestra pareja. Ella trabaja para varias firmas y está en Roma hace un mes. Mañana regresa y hablaré con ella para terminar esa triste unión y ser libres los dos.

Se despidieron con la promesa de cenar al otro día y terminar de aclararlo todo. Cuando él pasó a buscarla, la joven estaba muy bella con un vestido violeta. Ella vio su cara seria y comenzó a temblar.

—Hablé con Rina, vino porque está embarazada de casi tres meses. Está muy emocionada porque dice que ese bebé nos unirá como familia. Acaba de renunciar para quedarse aquí conmigo y comenzar de nuevo. NO se qué decir Camile, no tuve valor de terminar con ella, cuando me mostró la foto de la ecografía de nuestro bebé…—Y se llevó las manos a la cara.

La muchacha lo miró con dolor, y sin decir palabra abrió la puerta. Él quiso besarle la mano, pero ella la retiró y miró para otro lado. Sintió un dolor fuerte en el pecho, y el sabor de amargas lágrimas saladas inundó su rostro y su garganta.

Nunca más lo vio. Supo que renunció al día siguiente y regresó a la Provenza francesa. Guardó el anillo. Guardó el ramito de lavandas. Guardó sus ilusiones. De ahora en más viviría para su carrera. Llegó a ser una de las modelos más famosas. Cada 5 de enero salía a caminar por su calle, se ponía el anillo y recordaba.

Esa noche, una sombra la sacó de sus pensamientos. Un abrigo oscuro se acercó asustándola, pero una voz conocida, ronca y emocionada le dijo: —Por favor, acepta este ramito de lavandas. Ya que tienes el anillo puesto: ¿Quieres ser mi esposa?

La sorpresa de la mujer dio paso a las lágrimas.

—Tuvimos una niña, llamada Camile. Es hermosa y estudia en Suecia. Mi esposa enfermó gravemente y la cuidé hasta que falleció. Soy libre ahora. Sé que tú también. ¿Me aceptas de nuevo?

Pasaron horas hablando, llorando y abriendo el corazón.

Se casaron enseguida, y comenzó la cuarentena. Ni la sufrieron, al contrario. Fue una larga luna de miel después de veinte años postergada. Perdón, deseo, pasión, euforia, desesperación eran las emociones que se mezclaban entre ellos, pero el sentimiento que primó fue el amor. El amor que todo perdona, que todo trasciende. En octubre nacieron los mellizos: Violeta y Jack.

La hija mayor había viajado a conocer a sus hermanitos. Llegó la noche de Reyes, y allí salieron a dar un paseo solos, abrazados,  por su calle favorita con los respectivos barbijos , y les pareció más bella que nunca, casi de color rosa . —

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