Mi calle no tiene nombre. 

En realidad yo no tengo una calle. Nunca la tuve. No tengo una memoria de tardes de fut, de rodillas raspadas, ni de espaldas sudadas. La única rayuela que conozco es la de Cortazar.

Hoy voy de guardametas. Esta vez el Juan no anota. De eso me encargo yo o dejo de llamarme Ángel. Se acerca, burla uno, burla dos, burla tres. Parece imparable, y cuando dispara, el balón se convierte en proyectil, en bala. Estoy a punto de atajar, y recuerdo que yo no juego. Entonces me pongo ansioso. Que alguien más la atrape, que la desvíe. Por favor diosito. Me debes una. 

Nací con ilusiones rotas y fe desquebrajada. Con anhelos de libertad y esperanzas truncadas.

Me vitorean y me cargan en hombros. La atrapé y el Juan no anotó. Esta vez yo soy el héroe. Sin mí no hubiéramos ganado. No habría trofeo ni celebración. Ya era hora. Me tocaba a mí. A “el tullido”. 

A un cuerpo prematuramente anquilosado están mis recuerdos encadenados. 

Ninguna calle la hice mía y en mi cuerpo la desesperanza se encuentra tatuada. 

Despierto y no veo mi silla. ¿Será que mi fiel compañera me ha abandonado? Quizás ella también se cansó de mí. De cargarme, de ser mis pies y mis manos. 

Corro libre en mi mente tras un balón que termina transmutándose en una mariposa. Y por las noches, una luciérnaga ilumina mi camino anunciando, cada día, una nueva alborada. 

Y me regocijo en mi condición, y mi espíritu inmarcesible no tiene ancla que lo ate a ningún puerto. 

Vuelo libre y el universo es mi casa, mi hogar, y mi covacha.

Vivo en mi mundo donde el tiempo ha perdido su dominio, libre de reloj y de una agenda  plagada de compromisos que auguren un estatus social atado a una sociedad ufana, hipócrita, mal encaminada. 

No hay escuela, no hay farra, no hay domingos de escapada. 

El estar confinado para mí no significa nada.

No hay pandemia ni cuarentena ni un simple cubrebocas que justifique  su gasto. Al fin yo nunca salgo. Pueden ahorrarse el despilfarro. 

De seguro hoy es domingo, lo sé por el movimiento que rompe mi rutina diaria. 

Montan la tele, prenden el dvd, la peli ya fue seleccionada. 

Otra tarde de superhéroes. El Hombre Araña, Capitán America, Hulk y toda su banda. 

Ellos nunca pierden, siempre ganan. Todo es una chorada.

Prefiero mejor los martes de cuento, aunque de Blanca Nieves y la Bella, ya estoy hasta la cansada. Prefiero a Bucay, a Cortázar, a Benedetti o a García Márquez. 

Al fin y al cabo qué son Cien años de soledad, si a mí con veinte me basta. 

Hoy me toca de la verde. Me gusta, me tranquiliza, me transporta a otra galaxia. 

Y mañana viene la Mary. Su sonrisa me motiva, me gusta, más bien me encanta. 

Es la única que me entiende, y con ella platico con la mirada. Sus ojos verdes me tranquilizan más que la roja, la morada y hasta que la verde, todas en una sola tomada. 

Cuando me sonríe me olvido que estoy a una cama atado. Entonces soy mariposa, paloma, y como águila no hay quién detenga mi escapada. 

Es cuando recuerdo que mi calle sí tiene nombre. 

Se llama Esperanza. 

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