Las gotas de lluvia que caen sobre mi rostro son frías, me mojan las mejillas y pasan resbalando hasta mis orejas. Con habilidad se infiltran a través de la tela de mi ropa; despacio, minuciosamente, hasta que colisionan contra mi cálida piel, y ese choque de temperaturas hace que me den escalofríos. Es un momento sublime.
No tenemos de estas cosas en casa. Allá arriba es muy aburrido, sólo nos dan órdenes, que esto y aquello, y nos encomiendan humanos para protegerlos de sus tonterías.
Por fortuna, para mí no es así. Yo soy el ángel responsable de guiar las almas mortales hacia el paraíso. El ángel de la muerte, como me gusta llamarme. Con este cargo soy acreedor de ciertos beneficios que mis demás hermanos no pueden tener, por ejemplo, puedo prolongar mi estancia en el mundo humano todo el tiempo que desee, incluso ocultar mis grandes alas y volverme visible para ser uno de ellos.
Y a decir verdad, hubo una época en la que me relacioné con un grupo de humanos; me integré a su entorno social, escuché de cerca sus secretos y me mostré amigable. Estaba seguro de que me iban a aceptar, vamos, que los había estado observando durante semanas, no hacían cosas complejas, eran ordinarios.
Sin embargo, conforme los fui conociendo más, me di cuenta de que esos lazos de amistad y camaradería estaban fundados en cimientos de falsedad, de traición e hipocresía. Se engañaban entre ellos, en realidad eran individualistas; todo ese mundo acendrado y alegre no era más que un grueso muro de falacias, todo para qué, ¿para pertenecer a una cultura materialista? ¿Para sentirse satisfechos consigo mismos por sobre los demás?
Y si le añado más trabas al enigma, me empezaron a incomodar. No pude acoplarme a ellos, tenía una mentalidad diferente; nunca los llegué a comprender y aquello derivó en mi aislamiento social. Esa experiencia me enseñó que los humanos son seres incomprensibles, relacionarme con ellos era un juego en el que no volvería a caer.
Sin previo aviso, un suspiro que había estado guardando se escapa de mis labios. Me he dejado llevar demasiado por mis pensamientos, tanto que no recuerdo cuándo fue que dejó de llover. Estiro los brazos al igual que mis alas, parezco un ave que recién se va levantando y eso me causa un poco de gracia. Doblo las piernas para tomar impulso, puedo sentir la energía acumularse bajo mis pies, así como cientos de abejas saliendo de una colmena para defenderla.
El viento despeinando mis cabellos y la sonrisa cándida que se dibuja sobre mis labios, a esa altura puedo apreciar los montículos de nubes grises arremolinándose en una extensión del cielo; volar hace que me sienta libre, es de las cosas que más me gusta de vivir.
Miro el reloj que se encuentra en mi muñeca izquierda, es tiempo de comenzar otra jornada laboral, si puedo verlo así. Seguramente la lluvia ha provocado un par de peripecias y las almas no descansarán solas si no me encuentro ahí para guiarlas. Con gentileza, planeo sobre unos edificios hasta que mis ojos se cruzan con un accidente automovilístico. La sirena de la ambulancia no deja de retumbar sobre mis oídos junto con los murmullos de gente curiosa, sus ojos se abren de par en par ante la tragedia de los sucesos.
Sin inmutarme, vuelo en picada rápidamente hasta que aterrizo cerca de los restos del automóvil. Los llantos, la sangre derramada por el pavimento, el pánico que inunda el ambiente alrededor; todo se va alejando, haciendo más pequeño como el sol en los atardeceres. Frente a mí, una mujer en sus cincuenta y tantos años me mira en un estado de absoluta confusión. Está asustada, lo puedo notar por su respiración acelerada aunque eso simplemente sea un remanente de su necesidad humana.
«Tranquila».
Le digo sin mover la boca.
«Todo estará mejor».
Con cautela me voy a cercando a ella, me desplazo levitando a una altura imperceptible y extiendo una mano para posarla sobre su hombro.
«Cierre los ojos».
El menudo cuerpo de aquella mujer va desapareciendo poco a poco, imitando el paso de las hojas de otoño cuando son retiradas por el viento, hasta que finalmente se esfuma y desaparece. Suspiro nuevamente, aburrido por lo cotidiano de mis acciones. Enseguida abandono la escena para proseguir con mi búsqueda de la muerte. Al parecer hoy el clima estará de locos puesto que ha vuelto a llover. Experimento al petricor erizándome los vellos de mi piel, si tan sólo pudiera quedarme quieto unos segundos para poder apreciarlo mejor.
A lo lejos escucho el ritmo desacelerado de un corazón a punto de extinguirse, cuando de pronto, caigo descontroladamente hacia las redes de una meliflua voz. Absorto, en un estado de completa perdición, redirijo mi vuelo en dirección a lo que sería el principio de mi fin.
Entonces, ahí lo veo. Un muchacho de cabellos azabaches, su piel parece bañada en galones de pétalos florales y aquel par de labios sería el blanco perfecto para tropezar sobre los míos. Qué inefable. No sé cómo logro acercarme más, su cuerpo se menea ágilmente en el concurrido espacio del balcón, coloca ambas manos en el barandal con adornos clásicos para continuar efectuando esos movimientos que empiezan a hipnotizarme.
—¡Christopher!
La voz de una mujer interrumpe aquel momento tan mágico. El muchacho se detiene en seco y entonces, hace algo que termina por llevarme el corazón hasta los pies; se gira sobre sus talones y me mira, o al menos eso parece. Sería imposible que supiera de mi presencia pues aún soy un ser invisible para él, sin embargo, sus ojos se quedan estáticos sobre los míos. Aguanto la respiración por si las dudas, luego me recrimino mentalmente al darme cuenta de que Christopher simplemente se había perdido entre las nubes.
Después de ese encuentro, no logro evocar los sucesos que transcurrieron durante el resto del día. Nunca había conocido a alguien así, tan hermoso, ni que tuviera ese efecto en mí. ¿Cómo era posible que un simple humano poseyera la capacidad para generarme estos sentimientos? No, los ángeles no nos enamoramos, muchos menos uno como yo.
A pesar de todo, esa misma noche regreso hasta el balcón donde lo hallé. Retraigo mis alas antes de atravesar los muros para llegar a su habitación. Christopher yace sobre la cama con sus piernas cruzadas, tiene un lápiz atrapado entre los labios y también hay un pequeño cuaderno que descansa entre sus tobillos. Está cantando en voz baja, casi susurrando, la manera en la que la débil iluminación de la lámpara de mesa le aterriza sobre el rostro, provoca en mí un estado peligroso de limerencia.
”Chris…”
Le hablo con la mente. Él reacciona de inmediato como un niño asustadizo.
”No te haré daño”.
Y así como así, dejo de ser invisible. Me presento ante él con mis ropas menos ostentosas, y sin mis alas, parezco alguien más común. En realidad, asustarlo es lo que menos deseo. Me acerco a él, tan cerca que alcanzo a divisar un pequeño lunar en su mandíbula.
«¿No me tienes miedo?».
—N-no. Esto…esto es un sueño, ¿cierto?
El tono tan inocente de su pregunta me causa algo que los humanos suelen llamar <=»»>. Esto es tan absurdo y utópico. Apenas lo conozco, no sé muchas cosas de él, y sin embargo me siento irremediablemente atraído hacia su persona, mi corazón hacía bolita todos esos mandatos de ángeles para aventarlos a un cesto de basura.
«Soy tu ángel guardián».
Sí, claro… guardián.
El muchacho se queda mudo, hecho una piedra. El golpeteo frenético de mi corazón rompe sigilosamente el silencio alrededor de nosotros. Entonces, así sin más, adelanto el rostro hacia su frente y le planto un pequeño beso sobre la suavidad de su piel. Todo mi cuerpo se ve consumido en un torbellino apasionado, siento la piel hirviendo, como si todo este tiempo hubiera estado dormido, y ahora, finalmente despertaba, comenzaba a vivir en verdad. Las cosas cobraron sentido, el por qué de su existencia, las razones detrás de ellas para tener un lugar en el mundo. Y el dueño de toda esa epifanía era un simple mortal, ¿qué lo hacía diferente a los demás?
Me levanto de la cama y le doy la espalda. Lo mejor es alejarme de él. Continuar bajo la ignorancia de este hallazgo.
—¿Te volveré a ver?
Su pregunta me toma por sorpresa. Sigo caminando hacia el balcón, hacia mi antigua libertad, y luego extiendo mis alas de par en par.
—Deja las puertas abiertas. —Ipso facto, me echo a volar hacia la luminiscencia de la luna.
Soy un ángel de la muerte. Y me he enamorado de un mortal.
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