«No pinto el ser, pinto el pasar.»
Montaigne
Para empezar a hablar de este interesante punto en la construcción de historias podría hablarte de muchos libros, de muchas novelas y cuentos, pero voy a ir a lo grande. Así, para empezar con algo de chulería. Piensa en el libro más importante de nuestra civilización: La Biblia. Como su nombre indica es El Libro, con mayúsculas. Te recomiendo que lo leas si no lo has hecho, es un almacén de historias maravilloso. Vamos a la primera de ellas, la Creación. Bien, allí, en la edición que tengo yo en casa, aprobada por la Iglesia de Roma, dice:
Al principio creó Dios el cielo y la tierra. Ahora bien, la tierra era nada y vacío, y las tinieblas cubrían la superficie del océano, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la haz de las aguas. Y dijo Dios: «Haya luz» y hubo luz.
Fíjate bien en que el libro de referencia de nuestra cultura empieza con una transformación. Dios crea la luz donde no la había. Se produce un cambio. Ésa es la esencia de la narración. Hay muchas expresiones artísticas con un afán descriptivo, de retratar un ambiente o una situación. La pintura, la fotografía, la escultura, la poesía lírica. Son todas artes excepcionales, que precisan de unas dotes y un oficio que se adquiere con el trabajo y el esfuerzo. La narración también requiere de ese aprendizaje, y una de las bases fundamentales de la narrativa, sea visual o escrita, es que tiene que haber un cambio, la situación de los personajes tiene que ser diferente al final del relato de aquella en la que se encontraban al iniciar la narración.
Uno de los errores clásicos de los relatos que se escriben durante el proceso de aprendizaje es centrarse en la descripción, en generar un personaje creíble al que mostramos con todo detalle ante el lector, con un estilo esmerado y brillante, y con el que, una vez lo hemos dibujado en nuestro texto, no sabemos qué hacer. Lo normal para rematar el cuento es darle un giro de campanillas, totalmente inverosímil, que echa a perder ese retrato tan trabajado. Pero no echa a perder el relato, porque en realidad nunca hubo un relato ahí.
Tampoco hay que echarse las manos a la cabeza ante esto. Todos estamos de acuerdo en que los cuentos necesitan personajes, como mínimo un protagonista. Esto es inobjetable. Muchos buenos relatos se inician con la presentación que del protagonista hace el autor, su aspecto, sus gustos, sus manías, su entorno. Colocando al protagonista ante nuestros ojos. Pero hay que dejar una cosa muy clara: En un relato breve los protagonistas no son demasiado importantes.
Es cuestión de lógica, piénsalo bien. En los pocos folios que ocupa un cuento no hay espacio para conocer a un personaje, explicar sus móviles, su biografía o detallar sus sensaciones. De hecho, con los protagonistas de los cuentos no se produce la comunicación empática que sí se da en las novelas, no hay tiempo ni espacio para ello.
Todo esto sucede por una sencilla razón: En un cuento lo importante es lo que ocurre o lo que hace el personaje, no quién es. Lo relevante es la acción que el protagonista inicia o en la que se ve envuelto. Podemos contar qué es, cómo es, pero lo verdaderamente importante es que todos esos aspectos importantes queden patentes a través de lo que hace. Lo importante no es ser, sino hacer. La acción es el núcleo del cuento y, como toda acción, conlleva movimiento, cambio. Toda acción es efecto o causa de un cambio. De hecho se puede afirmar sin miedo que un cuento es la narración de un cambio.
Piensa en la idea de cambio. ¿Qué te sugiere? Haz una de esas tormentas de ideas de las que tanto hablan los publicistas. Piensa en palabras que asocies a un cambio. A mí se me aparecen movimiento, tránsito, ruptura, riesgo, empeoramiento, mejora, etc. Los cambios suponen el paso de un estado a otro, de una situación estable a otra en movimiento. La vida es una sucesión de cambios, y no somos los mismos tras uno de ellos del que éramos antes de dicho cambio. A los protagonistas de los cuentos les tiene que suceder lo mismo.
Por supuesto, los cambios no gustan siempre. A veces sí, y son placenteros, pero otras veces son traumáticos. Un amigo mío siempre usa la misma cita: “la única persona a la que le gustan los cambios es a un bebé mojado”. Los cambios llevan implícitos la inquietud y el desasosiego. Recuerda ese refrán español que tan bien nos define: “Mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Pero los buenos narradores saben que ahí es donde radica la fuerza de la narración, en que el lector se sienta atrapado, totalmente implicado, con el cambio que afecta al personaje. Por eso conviene que caiga en la trampa rápido, lo antes posible, para continuar la lectura dominado por la intriga.
Sólo hay un cuento cuando nos encontramos con un personaje enfrentado a un conflicto. Sin conflicto no hay cuento. La dificultad estriba en que es relativamente fácil imaginar situaciones e ir describiendo lo que se imagina pero, para elaborar un conflicto, lo que sería el nudo del cuento, no basta con imaginar e ir retratando lo que se imagina, hay q ue pensar. Hay que pasar de un plano meramente figurativo al de la reflexión; ten en cuenta que estás escribiendo, urdiendo tramas, vidas y conflictos, no estás sentado frente al televisor, viendo pasar imágenes sin ser partícipe de ellas.
Ahora puede ser que ya te haya convencido o que todavía no, porque pienses que sí , que está muy bien el ejemplo de la Biblia, pero que lo que tú quieres hacer es literatura y no teología. De acuerdo. Pero ten presente que esto del cambio no es un consejo, es casi un imperativo para que lo que hagas sea narrar, y es de suponer que si estás leyendo esto es porque te interesa narrar. Así que ahí van unas muestras de cambios en la literatura. Sirva como ejemplo el magistral inicio de Crónica de una muerte anunciada de García Márquez.
El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.
Desde el inicio el lector está atrapado porque sabe que un cambio va a suceder. Lo dice el título y la primera línea de la narración, pero quiere saber cómo, quiere saber por qué, dónde, quién. Tras la lectura del comienzo se pregunta cuál es el conflicto. Sabe todo, pero no sabe nada, y el autor le cuenta ese cambio, la va a dar toda la información que ahora, porque se ha enganchado, necesita. El lector se da cuenta de que algo importante está en juego, y el interés que siente es creciente frase a frase, hasta el desenlace de la historia.
De hecho, tal como hace García Márquez, hay un recurso con muy buenos resultados que es comenzar el relato por el desenlace. Mostrar un suceso desconcertante, un cambio que precipita la narración de lo que le ocurre al protagonista a causa de ese cambio. Una acción es el detonante del relato.
Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.
Y luego Kafka –que por cierto queda mucho más inquietante escrito sin mayúscula: kafka– desarrolla las consecuencias de ese cambio, verse convertido en un escarabajo, en La metamorfosis. Como curiosidad filológica hay que decir que el título original Die Werwandlung estaría mejor traducido, y así lo han hecho en las obras completas que se están publicando sobre la edición definitiva y crítica del autor checo, como La transformación. Metamorfosis conlleva el matiz entomológico de la fase de larva, el capullo y la madurez como un animal distinto. Samsa no era una larva, no hay capullo, simplemente se transforma, cambia, tras un sueño intranquilo.
El lector sabe que está asistiendo a un momento crítico de la vida del personaje. A un cambio. El interés del lector está así asegurado de entrada y quiere saber qué está sucediendo en esa historia. Y sólo leyendo el relato verá satisfecha esa curiosidad.
Otra manera de enganchar al lector es abrir la narración con una imagen. Es un recurso muy usado por los guionistas de cine. Consiste en utilizar una imagen fuerte, poco habitual, desconcertante, poderosa, que deje atrapado al lector. Haced memoria, seguro que recordáis muchos comienzos así. Tanto de películas, como de novelas y, por supuesto, de relatos. A mí me gusta especialmente este:
Conocí a Moncada en el armario de Laura Pizarro.
Es la primera frase de “Las interioridades”, un relato fascinante de Félix J. Palma. Cualquiera se pregunta nada más leerla ¿quién es Moncada? ¿y Laura Pizarro? ¿Cómo ha llegado este Moncada al armario de la tal Laura Pizarro? ¿Y el narrador, qué hace el narrador en ese armario, qué tiene que ver con la señora Pizarro?¿Cómo es de grande ese armario que admite dos personas? Y como esas mil preguntas más que se desvelan tras la lectura de este inolvidable cuento. Un cuento que, por supuesto, narra un cambio.
Para hacer un resumen y que todo quede claro, ten en cuenta estos tres pilares:
–Un cuento es la narración de un cambio.
–Un cuento es un cambio que tiene lugar en la vida de un protagonista.
–La situación del protagonista de un cuento ha de ser una al empezar, y otra distinta al terminar la historia.
Espero que con todos los ejemplos que he ido comentando te haya quedado claro que para que un cuento exista como tal tiene que darse un cambio. Si no estamos ante otra cosa, que puede ser fantástica ojo, pero que, desde luego, no es un cuento. Para narrar hay que ser plenamente consciente de que son cambios, y nada más que cambios, lo que estructura las historias. Nada más que eso, como ves hay muy poca teoría en este caso, sólo práctica, la que te llevará a convencerte de lo que hemos estado hablando.
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