Perfil público

Lola Vázquez

Barcelona - España

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Para ser una escritora como yo no hace falta haber tenido desde joven ninguna inclinación por la escritura. Para eso ha sido necesario un imbricado vericueto de casualidades que me llevaron a la escritura como última opción disponible. Para llegar adonde he llegado, ha sido suficiente con esperar a sobrepasar la cincuentena; a que me diagnosticaran un cáncer que obligó a una rápida operación quirúrgica, que a su vez motivó un período de baja médica bastante largo y ¡albricias!, me permitió disponer de mucho tiempo libre o, lo que es lo mejor: romper completamente durante ese tiempo con el mundo laboral, del que no consentí ni un ápice de intrusión. Pero no fue el contar con más tiempo lo que ya me orientó directamente por la escritura para llenarlo. El tiempo me dio para pensar hasta caer, o casi, en una crisis existencial por mi falta de ambición creativa. Necesitaba, de pronto, crear algo con mis manos que me gratificara. Me puse a darle solución. Ni corta ni perezosa, me hice con el catálogo de las actividades del centro cívico y cultural del barrio, dispuesta a encontrar aquello que me llenara. Mi destino como escritora estaba en curso. Como todavía no me había desprendido del todo del halo de pragmatismo que debía imperar en toda actividad, me apunté a un taller de corte y confección. Se trataba de talleres trimestrales que tenían su continuación en los trimestres siguientes. Como con la primera parte todavía no estaba en condiciones de cortarme siquiera una falda, me apunté con entusiasmo al segundo trimestre. Cuál sería mi sorpresa cuando, a falta de tres días para el comienzo del taller me avisaron de que solo me había apuntado yo al nivel de continuación y que, por tanto, lamentaban cancelar el curso. Como ya estaba pagado, me propusieron mirar otras opciones y que me apuntara a cualquier otro donde quedaran plazas libres. Y así fue cómo empecé con la escritura creativa. Me lo pensé bastante, pero era lo único que me atraía, pues, no vamos a negarlo, lo que sí he hecho siempre desde muy pequeña es leer. O antes de que yo leyera lo hacía mi madre, que me leía fábulas y poesías. Me encantaba escucharla. Cuando en casa me ordenaban quitar el polvo, yo se lo hacía a los libros, hoja por hoja, mientras los leía. Pero de ahí a dar el paso a la escritura, me parecía una osadía; algo que no estaba al alcance de cualquiera. Siempre me han dado mucho respeto los escritores de verdad. Que yo me aventurara a escribir lo entendía como una banalización de su trabajo.
Desde entonces no he dejado de acudir a talleres de escritura creativa donde se nos llama escritores. Pero yo detecto una carencia; una anomalía a la hora de enfrentarme a la hoja en blanco. Y no es el consabido síndrome; es otra cosa. Mi cabeza sí es la de un escritor, en la que bullen las ideas y cualquier imagen en la calle me sugiere una narración que voy hilvanando mentalmente. Soy capaz de urdir frase tras frase en bonitos textos plagados de vocabulario preciso. Pero cuando quiero transcribirlo, me invade una espesura, empecinada en tratar de recordar lo expresado de pensamiento, que impide, finalmente, toda fluidez escrita. A veces me justifico y lo veo claro: soy más lectora que escritora. La lectura me absorbe y no veo el momento de sacrificarla por la escritura. En ocasiones, incluso ―conozco bien las teorías aprendidas en lecturas de mil y un libros sobre escritura―, he tomado nota de alguna idea surgida al azar, para no olvidarla. El problema ha sido después encontrar el apunte. Cada libreta bonita que cae en mis manos se convierte en la nueva libreta de notas para escritura. Todavía no he conseguido el método y la disciplina que me ponga manos a la obra para dejar constancia escrita de mis textos.
Para ser una escritora como yo solo hace falta escribir siempre a última hora para cumplir con los encargos de clase semanales. El mismo día de entrega de algún ejercicio de escritura, hago la proeza de reflejarlo sobre el documento final. Mientras viajo en el autobús, empiezo a pergeñar sobre un papel, y de malas maneras, la idea que me ha rondado durante la semana. En ocasiones, como apenas en diez minutos, para ponerme sobre el documento Word a elaborar el texto o ―y aquí que no me oiga nadie―, le robo horas al trabajo, finalizando el relato, muchas veces, rozando la hora de entrada al taller, por lo que, como las señoras, acabo cogiendo un taxi para no llegar tarde.
Recuerdo cuando empecé en el taller de escritura del centro cívico cuando la profesora me corregía diciéndome «para qué decir colorao, si se puede decir rojo» hasta ahora, donde cada texto que se propone en clase se convierte en un reto y cada texto leído y comentado con alarde de generosidad por parte de compañeros y profesor se convierte en una terapia motivadora que me hace pensar: sí, desde hoy me comportaré como una escritora; seré una escritora.
Pero, por de pronto, este texto que ahora leemos, está todavía caliente.

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Interesado por: Cuento corto / relato breve, Novela corta / nouvelle, Novela en un sentido amplio, Biografía / autobiografía / diario / géneros íntimos / cartas, literatura personal

Autores o libros favoritos: Natalia Ginzburg, Stefan Zweig, Ana María Matute

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