Zona azulta habilitada

Zona azulta habilitada

Andrea Pereira

18/07/2026

Gonzalo se hizo una cola de caballo recogiendo su abundante y oscura cabellera, caminó hacia la barra, le hizo una seña al mozo y le pidió lo de siempre. Miró la pista, un espacio saturado de luces violetas y humo. Escuchó la música electrónica retumbando en el suelo y apenas movió la cabeza al ritmo de esta.

Una joven pelirroja se paró a su lado y apoyó ambos codos en la barra de mármol negro. Acercándose al oído del mozo, le habló y este asintió con la mirada. Gonzalo y la chica sonrieron al mismo tiempo al ver que ambos pidieron un Sunshine Margarita.

—Siempre lo pido —le dijo al oído Gonzalo a la joven.

—Yo no siempre, pero me gusta.

—Gonzalo

—se presentó y le ofreció la mano. Ella la tomó y se acercó a su oído: —Sofi.

—Te juro que no tengo otra ropa en el ropero —bromeó Gonzalo un rato después, acomodándose el cuello de la camisa para tapar el ruido de los parlantes—. Vengo acá siempre vestido igual. Sofi largó una carcajada y dio un sorbo largo a su copa.

—No te preocupes, yo compenso por los dos —le gritó al oído—. Soy fanática de comprarme ropa; si fuera por mí, vaciaría los locales todos los días.

Opinaron sobre el remix que sonaba y, casi sin pensarlo, Gonzalo la tomó de la mano para guiarla hacia el centro de la pista. Se movieron al ritmo hipnótico de las luces intermitentes. Ella se acercó, le clavó la mirada y le susurró que le encantaban sus ojos verdes. Ahí mismo, con los Sunshine Margarita sin terminar descansando en la barra, se envolvieron en un beso apasionado que se repitió una y otra vez, perdiendo la noción del entorno.

—¿Tenés algún lugar más íntimo a dónde ir? —preguntó ella, rozando sus labios.

—La verdad que no —confesó Gonzalo, con la respiración agitada.

—Eso no va a ser un problema —sonrió Sofi. Salieron y se besaron contra la pared junto a la entrada de la disco, bajo el cartel de neón titilante del Eternal Lover.

Llegaron a un monoambiente de paredes blancas. Sofi le preguntó si quería tomar o comer algo, pero Gonzalo no estaba interesado. Luego de una noche apasionada, el ambiente se tiñó con la luz del amanecer que se filtraba de a poco por la ventana. Sofi se sentó en el borde de la cama, cubriéndose tímidamente con la sábana blanca. Juntó las manos sobre su regazo, miró el suelo por un segundo y, levantando la vista con timidez, intentó llevar el vínculo un paso más allá:

—¿Me pasas tu número? Quizás si me das tu contacto, esto podría ser más frecuente —sugirió con un hilo de voz, esperando una conexión real fuera de esa discoteca.

—Mejor nos vemos mañana, en el Eternal Lover —le dijo él, evadiendo darle su contacto.

Nuevamente se encontraron en la misma barra al día siguiente y repitieron la secuencia de la noche anterior. Sin embargo, al terminar, Gonzalo, vistiéndose a toda prisa, la miró sonriendo de medio lado y levantó las cejas con un gesto de desdén.

Sofi reconoció ese gesto frío de descarte. Sintió la humillación, una que ya conocía muy bien, quemándole el pecho. Comenzó a negar con la cabeza, se le cortó el aire y gritó: —¡No!

Carlos se sacó el casco de realidad virtual de un tirón y lo lanzó a un costado del colchón gastado. Se tomó la cara con ambas manos y no paraba de repetir la palabra “no”, con la voz quebrada por la frustración de un chico que buscaba desesperadamente una validación humana que el mundo real le negaba.

En ese momento, una mujer con el rostro cansado de trabajar doble turno entró a la habitación estrecha y de paredes descascaradas. Se secó ambas manos con el delantal de cocina que llevaba puesto y le dijo con resignación: —Hermanito. Otra vez no.

—Me volvió a bloquear, solo dos veces lo hicimos esta vez —sollozó Carlos, encogiéndose de hombros.

—Te vi dormido con esa cosa en la cabeza y me imaginé que no entrabas a distraerte, sino a buscar a ese tipo de nuevo —dijo ella con un suspiro tierno pero resignado, acostumbrada a que su hermano menor escapara de la pobreza de su hogar mediante fantasías caras.

Carlos miró la pantalla de su vieja computadora, donde, parpadeando, se leía: “Localidad: habitación de alquiler nivel bajo para novatos, zona adulta habilitada”. Cerró la ventana con un clic furioso y volvió a mirar el monitor con los ojos humedecidos. En su lista de avatares disponibles, tachó «Sofi»
y seleccionó: “Katia”. La mujer lo miró, negó con la cabeza, suspiró y le dijo: —Vamos, hice empanadas. ¿Comemos? —Sí, claro.

Gonzalo se quitó el pesadísimo casco neuronal, se rió para sí mismo y encendió un cigarrillo.

Lejos de la abundante cabellera oscura y los ojos verdes de su avatar, la realidad le devolvía un cuerpo desgastado de mediana edad, con ojos café pequeños y una calvicie avanzada que se le marcaba en la frente. —¿Te conectaste, Gonza? —preguntó su esposa desde el pasillo.

—No, bueno sí, fui a recorrer una playita —mintió él.

—No más mujeres virtuales dijimos, sé bien lo real que se siente, ahí te conocí eh —dijo la mujer mientras entraba al dormitorio y se acomodaba los aros frente al espejo.

—Obvio que no, amor, ya te dije. Entro a ver paisajes, hacer deportes extremos, esas cosas, probar comidas exóticas… ya sabés. Mañana entramos juntos como te gusta a vos —propuso Gonzalo.

—Hoy trabajo hasta tarde, pero sí, mañana sí.

Ella le besó la frente y bromeó con que cada vez le quedaba menos pelo, y él le dijo que gracias por recordárselo.

Ella se despidió. Él terminó de fumar, se puso los lentes de diario, apretó sus pequeños ojos café y observó que ella salía del departamento.

En cuanto escuchó la puerta de calle cerrarse, miró la pantalla de control de su simulador. Cerró la interfaz de «habitación de alquiler nivel bajo» y tecleó con prisa: “Discoteca: Eternal Lover”. Se encajó el casco y perdió la consciencia en el mundo físico.

Entró a la disco virtual recuperando su esbelto avatar de ojos verdes.

Su mirada escaneó el lugar
y una rubia de piel digital impecable, llevando un vestido ajustado de látex, le tocó el hombro. —No me quedan créditos, ¿me invitás a un trago? —Si luego me invitás a tu casa…

—aceptó Gonzalo, mirándola de pies a cabeza con la suficiencia de su avatar y subiendo una ceja.

—Obvio, bombón.

—El trago que quiera la joven, va por mi crédito —le dijo él al mozo. Este asintió con la mirada.

Ella dijo que quería lo mismo que tomaba el chico, entonces el mozo le sirvió un Sunshine Margarita.

—Me llamo Katia —dijo la rubia, dándole un sorbo a su trago y mirándolo coqueta, ocultando detrás de sus ojos digitales la desesperación de Carlos.

—Yo soy Gonzalo. ¿Tenés a dónde ir?

—Obvio, tengo un depa de esos de zona adulta habilitada. ¿Vamos?

—Sí, claro. Vamos, hermosa.

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