Yo: El presidente Flotilla

He terminado de desayunar, no me muevo. Dentro de unos pocos segundos oiré el martilleo metálico de sus tacones, ocho pasos exactamente.

Desde que es viuda, hace tres años, la oigo todas las mañanas: sale a las nueve y vuelve a las ocho horas. Si algún día no estoy en casa a su vuelta, me acuesto con la sensación de que me falta algo.

Hace cuarenta años que mi esposa y yo vivimos en esta finca. Nos mudamos a este piso con tan solo veinticuatro años, recién casados.

Por aquel entonces iniciamos la búsqueda en zonas tranquilas, apartadas del bullicio, de los bomberos y hospitales, pues las sirenas a mi señora le alteran lo

s nervios. Un día vimos un enorme esqueleto de cemento y entramos en la oficina de venta. Nos enamoramos del piso muestra y decidimos darnos un tiempo para valorarlo con detenimiento. ¡Un error! Ya de vuelta en casa nos entró la “congoja” de que otro posible comprador pudiera quitarnoslo. Así que el lunes, tres horas antes de abrir la oficina allí estabamos esperando a la vendedora que ante nuestro nerviosismo nos comentó, con cierto retintín: ” todavía quedan 157 pisos por vender”, a dicho comentario contestamos mi esposa y yo: “Pero un segundo tercera de la segunda portería solo hay uno y ese será nuestro hogar”.

Nos instalamos sin estar terminadas las zonas comunes. El cartel de venta anunciaba un jardín con piscina.

Mi esposa es encantadora y de muy pocas palabras

. Sin embargo a mí me gusta hablar, incluso “hablar por hablar”. Conocer la vida de la gente, sus idas y venidas, ayudarles. Tengo un “don de gentes”, muchas veces me lo han dicho, no así mi señora. Ella me dice que soy un cotilla. Como es de pocas palabras, no entiende mi “don”.

Llevábamos tres meses viviendo en el nuevo piso cuando se hizo la primera reunión de vecinos. Me di a conocer, pero no me presenté para ser miembro de la junta directiva. Para mí era importante primero conocer el percal del vecindario. Me imagino que todos pensarían igual porque el presidente se eligió por sorteo.

Fue un año largo y tedioso. Resultó ser una comunidad en la que los vecinos practicaban el “escape”. No había forma de entablar conversación, más

allá de buenos días y buenas tardes. Si coincidía con alguno en el ascensor, solían responder a mi saludo con un ligero movimiento de la cabeza.

Me aficioné a mirar por la mirilla de la puerta, ardua tarea que abandoné pronto, pues mi estatura es algo corta y el estar de puntillas me provocaba m

ucho más cansancio que información de interés.

Al siguiente año me presenté a presidente. Salí elegido con los votos a favor de mis vecinos que me mantuvieron en el cargo ocho años.

Fue un tiempo inolvidable, los conocí a todos. A los que no venían a quejarse por algo, yo los visitaba en sus casas para preguntarles si estaban contentos de mi gestión.

Satisfacía mi curiosidad y evaluaba su nivel económico por cómo eran sus muebles. Una vez, unos vecinos me invitaron a pasar y como no tenían muebles, me ofrecieron un tambor de detergente para sentarme. No tenían dinero, pero eran muy amables

El recorrido fue enriquecedor. En tan solo un día conocí: un marchante de Soria, una enfermera, un funcionario y una escritora. Un popurrí simpático.

Qué tiempos aquellos; llegaba a mi casa feliz y pleno. Le contaba a mi esposa todos los entresijos del vecindario. Ella solía hacerse la dormida, pero de vez en cuando abría sus pequeños ojos al oír mis historias, pues con mi “don” soy capaz d

e darle atractivo al más aburrido relato.

A veces, mi esposa, me decía que en la comunidad me llamaban: “el presidente cotilla”. Y esto me inquietaba, a todas luces se estaba quedando

sorda. Sin duda alguna me llamaban por mi nombre señor Flotilla.

Durante algunos años hice de taxista para ejercer mi “don”, pero pronto me di cuenta que había sido un error. En trayectos cortos los clientes no hablaban y si lo hacían, era solo del tiempo. En carreras largas, cuando empezaba lo interesante llegábamos a destino y me quedaba a medias; lo vivía con dolor. En cambio ser presidente de la comunidad me recompensó.

Ocho años de presidente en los que sucedieron anécdotas inolvidables que nunca me canso de contar

De todos, el que me dio más trabajo fue el del árbol de Navidad que colocábamos en la portería. Desapareció, con todos sus adornos, en Nochebuena. Dimos por hecho que había sido robado. Pero la sorpresa fue cuando pasado San Esteban, apareció en el mismo lugar; al haber sido repuesto dimos por solucionado el problema. Al año siguiente volvió a ocurrir lo mismo y el enfado de la comunidad fue tremendo. Se rumoreaba si era algún vecino con ganas de broma o contrario a las celebraciones Navideñas. Ante tal enfado, mi responsabilidad como presidente era descubrir al causante del robo, así que monté guardia el día de San Est

eban después de comer. Durante ocho horas, me mantuve escondido pero el aburrimiento o el cansancio me pudieron y me dormí. Cuando desperté, el árbol estaba en su sitio. Al tercer año monte el cuartel la tarde de Nochebuena, me oculté debajo del mostrador de la portería. El espació era mínimo, tuve que colocarme en una postura innombrable, ocasionando que las costuras de mi traje fueran sometidas a una fuerza excesiva, abriendo nuevos puntos de ventilación. Estaba pasado de moda pero le tenía apego, habíamos compartido todos los días señalados de los últimos cuarenta años.

A la hora de la cena, mi encantadora esposa, viendo que iba para largo, me bajó unos turrones y vino. Este último fue el culpable que de nuevo volviera a dormirme y cuando desperté allí no estaba el árbol. ¡Tenía que descubrir quién era el ladrón!, pues corría peligro mi reelección como presidente, así que me quedé de centinela permanentemente y me pasé todas las fiestas escondido y vigilante hasta que con gran satisfacción, descubrí al vecino usurpador.

Se sorprendió mucho al verme en aquella postura e incluso me pregunto si podía hacer algo por mí, pues a simple vista parecía que necesitaba ayuda. Acepté su ofrecimiento sin el cual me hubiera sido imposible ponerme de pie.

Con mucha parsimonia me dijo que el árbol era de la comunidad y como tal, estaba al servicio de los vecinos.

Eran de Soria donde se iban a pasar parte de las vacaciones navideñas. Su esposa quería adornar el piso de Barcelona y él no quería gastarse diner

o para tan solo dos días y pensó que no había problema en cogerlo prestado. Además no había ningún letrero prohibiéndolo.

Nunca faltaron los problemas habituales de una comunidad: el reloj de cuco que les incomoda, las goteras, los gatos que se cuelan… temas aburridos y sin interés alguno.

Pero la fecha que nunca olvidare es el seis

de marzo de mil novecientos noventa y ocho.

A las cuatro de la tarde, llamaron a mi puerta, era el del tercero, enseguida me dijo que el asunto que venía a tratar requería, por el momento, discreción, motivo por el cual le invité a pasar aun sabiendo que a mi adorada esposa no le agradaría.

Sentados uno frente al otro, me dijo:

-El vecino del cuarto tiene un burro en el piso, rebuzna mucho, a cualquier hora del día o de la noche y uno no sabe cuándo va a empezar a brincotear, así que o habla con él y lo soluciona o lo denuncio.

Tan solo unos días antes el vecino le había comentado que pensaba apadrinar uno, por sus grandes cualidades: era dócil, muy fuerte y que tan solo hacía medio siglo que “estos animales eran los que movían al mundo”.

Y siguió explicándome:

-Al oírlo un día y otro, una noche

y otra, me decidí a halar con él…. Y como no entro en razón, tuve que irme

Me costó contener la risa, aún sabiendo que era persona muy seria. Le pedí tiempo, el tema lo requería, y cuando se fue sentí unos deseos exagerados de contárselo a alguien. Mi esposa ya lo había oído, el conserje no estaba, así que llame a todos los miembros de la Junta Directiva convocándolos urgentemente a una reunió

n a las dieciocho horas.

Reunidos estábamos cuando llego la policía: ¡les habían llamado por el robo de un burro! Nos pidieron nuestra colaboración y fuimos en comisión al piso del denunciante: efectivamente allí no había ningún burro pero sí los excrementos del animal.

El vecino justificó la presencia del burro alegando que había vendido la casa del pueblo y los nuevos dueños no lo querían, él que le tenía mucho aprecio al animal y se lo trajo.

A los pocos minutos la policía lo encontró en el jardín saboreando el césped. Todos celebramos el encuentro excepto el del tercero, que tramitó la denuncia.

El día que se celebro el juicio, el del cuarto se presentó en el juzgado con el burro: quería que comprobaran que el animal era una criatura gentil y tranquila y no extremadamente ruidoso y agresivo como decía la denuncia. No tengo palabras para un hecho tan tierno y emotivo.

Fueron ocho años maravillosos, durante los cuales alcance un doctorado en mí “mi don de gentes”. Sin embargo el cambio de siglo provoco un ir y venir de vecinos perturbando la estabilidad de la comunidad.

Los nuevos vecinos eran jóvenes que venían empujando literalmente pues no veían nada que no fuera sus móviles.

Cuando iba a darles la bienvenida a la comunidad eran toscos y sin mirarme a duras penas decían: “Envíemelo por Email”. Pero yo no conocía a nadie con ese nombre (a todas luces tenía que ser extranjero). Otros me decían: “Envíemelo por guasa”. Estaba claro que nadie me tomaba en serio.

Ante tal confusión me fui a hablar con el conserje, el cual tuvo a bien sacarme de mi error, pues me dijo que: “Email” y “guasa” no eran vecinos sino las nuevas tecnologías

Fue en la asamblea anual de vecinos cuando vi llegar el desastre que se me avecinaba. Explicaba, yo, con detalle el estado de las cuentas, poniendo énfasis en mi buen hacer y el murmullo en la sala cada vez era mayor. A nadie parecía interesarle. Pedí silencio varias veces pero fue en vano. La administradora me indico que siguiera con mi exposición y así lo hice.

Cuando terminé, el silencio se hizo en la sala, se levantó un vecino y dándome las gracias me pidió que abandonara mi silla, así sin más. ¡Qué grosería, qué soez la de aquel vecino!

Yo, el veterano; él recién llegado ¿Cóm

o osaba tratarme así, a mí que durante años me había entregado en cuerpo y alma al bienestar de los vecinos , él no era nadie para tratarme con semejante desdén. Pero de mi boca no salió palabra pues sentía una fuerte opresión en el pecho que me impedía hablar. De este modo tan vil fui derrotado, ningún vecino fue capaz de exaltar mi quehacer y cabizbajo tuve que abandonar la sala.

Así fue como poco a poco deje de encontrar

sentido a mi vida. Mi esposa decía que tenía una “crisis existencial”. Estaba claro que a ella también le habían afectado las nuevas tecnologías.

Por mi parte supe de antemano que el nue

vo presidente sería el Sr. Emilio Guasa.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS