Lo repetía con esa gravedad que sólo conceden las frases dichas frente al espejo, como si el tiempo necesitara escuchar nuestra voz para convencerse de que había pasado. Sin embargo, hay edades que no caben en los almanaques: se esconden detrás de un gesto, de una manera distinta de doblar la espalda o de demorarse ante una vidriera donde antes uno apenas veía un reflejo.
Caminaba apenas inclinado. No era el cuerpo: eran los días, que tienen un peso secreto y una forma silenciosa de apoyarse sobre los hombros. Había advertido que ya no me miraban igual. O quizá era yo quien había dejado de perseguir, en los ojos ajenos, la versión más joven de mí mismo.
También cambiaron mis intereses. Las urgencias de ayer se habían vuelto curiosidades lejanas; las certezas, preguntas; los grandes sueños, compañeros discretos que ya no exigían aplausos para existir.
Entonces comprendí que el mundo nunca cambia del todo. Cambia la manera en que lo atravesamos. Las mismas calles conducen a lugares distintos cuando las recorre una memoria diferente. El tiempo no envejece las cosas: envejece la mirada. Cada año añade un espejo al laberinto donde intentamos reconocernos, y cada espejo devuelve un rostro apenas corregido, como si una mano invisible retocara, con infinita paciencia, el borrador de nuestra existencia.
Sonreí apenas un instante. Recordé todas las despedidas solemnes que había ensayado durante el último año, convencido de que una etapa terminaba para siempre. Qué extraño empeño el de convertir un número en destino.
Me detuve. Respiré hondo.
Y comprendí que estaba equivocado desde la primera frase.
No era cierto que ya no tuviera veinte años.
Todavía los tenía.
Hasta ayer.
Porque hoy, por fin, el tiempo hizo su única travesura irrebatible:
cumplí veintiuno!!!
Javier de Génova
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