Si siento que algo cambia entre nosotros, ya no voy a salir a buscar respuestas.
Hubo un tiempo en el que necesitaba entender todo. Preguntaba qué pasaba, intentaba encontrar una explicación para cada silencio, cada cambio de actitud o cada distancia. Trataba de sostener conversaciones que no llegaban a ningún lado y me esforzaba por mantener vínculos que, en el fondo, ya no estaban siendo recíprocos. Hoy eso cambió.
Ahora entiendo que no todo necesita una explicación. A veces, la forma en que alguien empieza a tratarte dice mucho más que cualquier respuesta que pueda darte.
Si un día decido alejarme, no será porque me faltaron preguntas, sino porque aprendí a escuchar lo que las acciones muestran. Si cada conversación me obliga a interpretar el tono, el interés, las idas y vueltas o la frialdad del otro, entonces dejo de sentir paz y empiezo a cargar con algo que no me corresponde.
No voy a perseguir certezas donde solo hay confusión. Tampoco voy a insistir para sostener un vínculo que el otro ya dejó de cuidar, aunque nunca lo haya dicho en voz alta.
Quien de verdad quiere compartir su vida con vos no te hace vivir en una incertidumbre constante. No convierte el afecto en un juego de presencia y ausencia, ni te deja buscando qué hiciste mal cuando el problema nunca fue ese. Lo genuino no necesita tantas interpretaciones.
Por eso, cuando percibo que algo deja de fluir, elijo dar un paso al costado. Sin discusiones innecesarias, sin reclamos y sin intentar convencer a nadie de quedarse.
No me alejo para castigar ni para generar culpa. Me alejo porque entendí que también es una forma de respetarme. Y, aunque a veces duela, elegir la tranquilidad antes que la incertidumbre es una de las mayores expresiones de amor propio.
OPINIONES Y COMENTARIOS