Detrás del rosal blanco vivía una criatura de ojos glaucos.

Los hermanos de Wendy jamás la vieron. Siempre afirmaron que allí no había más que un gato.

Pero sus orejas se adivinaban tras las puntas verdes del pelo, se pasaba la lengua azulada por los labios , y sosteniéndose ya en un pie ya en otro, la miraba con la cabeza ladeada, interrogante…con dedos larguísimos tejía en las largas noches de verano , preciosas telas que ella encontraba al día siguiente entre las hojas.

Hace tanto que no la ve… entonces era menos dura, más ingenua, una niña…. Ataba lazos rojos a las patas verdes de los saltamontes, que saltando convertían el prado en un festival, asombrando a los adultos mientras ella reía detrás del manzano. Adoptaba camadas de gatitos sarnosos, que volvían locos a los vecinos de las casas más cercanas, cachorros inquietos a los que debía buscar dueño de cancela en cancela, con una inmensa pena pegada a la goma de sus chanclas. O volvía de la playa con algún perro tieso de sal y hambre de mil años.

Soñaba con tener una cola de sirena de escamas moradas, con bailar en imaginarios fondos marinos, buceando al límite, sumergiéndose hasta que el miedo flotaba leve sobre el agua de la piscina… Se escondía a leer bajo el calor asentado de los limoneros,compartiendo con las hormigas la siesta y mil aventuras inventadas. Tintaba las uñas de sus pies de azulón con los pétalos de las begonias, y no se peinaba, vagando asilvestrada y feliz en días de un Agosto infinito.

Era princesa de su propio reino, en los umbrales inquietantes y vagos de una adolescencia de la que huía. Tenía un álbum imaginario donde pegaba los besos furtivos, las sonrisas misteriosas, los secretos de sus primos mayores, aunque ni con mil torturas siux los hubiera delatado.

Ellos lo sabían y a veces buscaban su consejo, todavía pequeño, para charlar y quitar importancia a sus penas, entonces Wendy se daba aires, cruzaba las piernas, solemne se trazaba dos rayas verdes de augur atravesando de lado a lado la nariz y les contestaba lo que desde su altura veía más claro….

Recogía jazmines para su tío al caer el sol, cuando se rizan las biznagas, era su privilegio para obtener una sonrisa blanca y con ella fabricaba mariposas que guardaba hasta la tarde siguiente. Adoraba los abrazos apretados de su tía, y sus besos a racimos…aunque vinieran acompañados de un cepillo. Reía a menudo, no siempre con un motivo.

Ya no persigue saltamontes, aunque camina con paso elástico por la calle, sorteando coches y abismos, su mirada aún queda prendida en la gracia tierna de los cachorros, y acaricia de pasada hasta a los más sucios animalejos, ya no se adorna con flores, pero le siguen importando los pájaros, con aire de “niña perdida” sobrevive al caos diario tatuado de ruido y prisa. Cuenta a veces, y sólo a quien descubre mirando el movimiento de las hojas, que detrás del rosal blanco vivía una criatura de ojos glaucos.

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