Water and Fire

I. La Forja del Pacto

Nadie recordaba cuándo había empezado la guerra, solo que el mundo se estaba consumiendo. Al Oeste, el Gran Desierto de Ceniza, donde los Hijos del Fuego bailaban sobre dunas de obsidiana derretida. Al Este, el Océano de las Lágrimas, donde las Tribus del Agua tejían mareas que devoraban costas enteras.

La tierra entre ellos era una cicatriz estéril de lodo hirviente y vapor asfixiante.

Fue en esta zona muerta donde se encontraron por primera vez. No para pelear, sino porque no tenían otra opción. El mundo se estaba secando por el calor y ahogando por las inundaciones simultáneamente.

Él era Aethel, un Maestro de la Llama Viva. Su piel era del color del cobre antiguo y sus ojos eran brasas perpetuas. Su estilo de combate era el Ignis Kune Do: rápido, explosivo, diseñado para cauterizar y destruir en un solo parpadeo.

Ella era Nym, una Danzarina de la Marea. Sus movimientos eran fluidos como el mercurio, capaces de desviar la fuerza de una montaña o de perforar el acero con un chorro a presión del tamaño de una aguja. Ella practicaba el Aqua-Te, el arte de usar la fuerza del oponente contra sí mismo.

—Si no nos detenemos, solo quedará ceniza y sal —dijo Nym, su voz resonando como gotas cayendo en una caverna profunda.

—El fuego no sabe detenerse, mujer del agua —respondió Aethel, mientras el calor que emanaba hacía vibrar el aire a su alrededor—. Solo sabe consumir.

—Entonces aprende —dijo ella, extendiendo una mano de la que goteaba agua pura, una anomalía en ese desierto de vapor—. O muere.

Allí, en el centro del colapso mundial, formaron el Pacto del Eje. Decidieron que la única forma de salvar el mundo era unir sus poderes para crear un equilibrio forzoso, un ciclo de evaporación y lluvia que regulara el clima.

II. La Coreografía de los Elementos

Durante años, el mundo vivió en una tregua precaria. Aethel y Nym se convirtieron en los guardianes del clima. Donde había sequía, Aethel encendía fuegos controlados para forzar la convección, y Nym traía las nubes. Donde había inundaciones, Nym retiraba las aguas y Aethel secaba la tierra con un calor suave.

Pero el equilibrio es una ilusión. El poder, por su naturaleza, busca la dominancia.

Los Hijos del Fuego empezaron a adorar a Aethel como un dios que traía el verano eterno, y las Tribus del Agua veían en Nym a la reina de los océanos. La presión de sus pueblos, y la naturaleza intrínseca de sus elementos, empezó a erosionar el Pacto.

La tragedia ocurrió en la ciudad neutral de Oasís de Niebla. Un grupo de fanáticos del fuego, buscando «purificar» la ciudad, iniciaron una pira que amenazaba con quemar a miles. Nym intervino, desatando una lluvia torrencial para apagar las llamas. Pero Aethel, temiendo que el agua debilitara el suelo de la ciudad y provocara un colapso, intentó evaporar el agua de Nym antes de que tocara el suelo.

El choque fue catastrófico. El agua chocó con el calor extremo instantáneamente, creando una explosión de vapor sobrecalentado que arrasó la ciudad. No hubo supervivientes.

Aethel miró las ruinas humeantes, el horror reflejado en sus ojos de brasa. Nym llegó poco después, su rostro una máscara de dolor frío.

—Tú lo hiciste —dijo Nym, y el agua a su alrededor empezó a girar, formando afilados carámbanos de hielo negro.

—Intenté salvarlos del colapso del suelo que tu lluvia habría provocado —rugió Aethel, y sus puños se encendieron con una llama azul que derretía la arena a sus pies.

No hubo más palabras. La guerra que habían intentado detener había vuelto, y esta vez, era personal.

III. El Duelo del Vacío Térmico

Se encontraron en el mismo lugar del Pacto original, ahora convertido en un cráter de cristal y sal.

Aethel atacó primero. Usando el Ignis Kune Do, se propulsó con ráfagas de fuego bajo sus pies, moviéndose demasiado rápido para la vista humana. Lanzó una serie de puñetazos en cadena, cada uno una explosión de calor azul diseñado para desintegrar.

Nym no se movió de su lugar. Con una mano, dibujó un círculo en el aire, creando un escudo de agua que giraba a velocidades ultrasónicas. Los puños de Aethel chocaban contra el escudo, el sonido era un «¡PSSSHT!» ensordecedor cada vez que la llama tocaba el agua, creando nubes de vapor que ocultaban el combate.

Aethel, usando el vapor como cobertura, flanqueó a Nym y lanzó una patada ascendente dirigida a su barbilla. Nym, utilizando el Aqua-Te, dejó que su cuerpo se volviera maleable. La patada pasó a través de ella como si fuera agua líquida, y Aethel perdió el equilibrio.

Aprovechando la apertura, Nym condensó el vapor a su alrededor en látigos de hielo que atraparon las muñecas y tobillos de Aethel. El hielo no era normal; absorbió el calor de Aethel, volviéndose más fuerte cuanto más él intentaba quemarlo.

—Tu fuego es solo orgullo, Aethel —dijo Nym, apretando los látigos.

—Y tu agua es solo miedo a la pasión —respondió él.

Aethel concentró su energía no hacia afuera, sino hacia adentro. Elevó la temperatura de su propio cuerpo hasta el punto de fusión. Los látigos de hielo se evaporaron instantáneamente en un «¡FUM!» de vapor.

Libre, Aethel se lanzó en un ataque suicida. Sabía que no podía vencer a Nym en una guerra de desgaste. Juntó sus manos en un puño doble y concentró toda su llama residual en una sola punta de calor: la Estrella de la Mañana. Se lanzó como un meteoro.

Nym vio venir el ataque. Sabía que su escudo no aguantaría. En lugar de bloquear, se plantó en una postura profunda, bajando su centro de gravedad. Cuando el puño de Aethel estaba a milímetros de su pecho, Nym no usó agua, usó el Vacío.

Inhaló profundamente y, usando una técnica prohibida de Aqua-Te, retiró todo el calor de la zona directamente frente a ella, creando un punto de cero absoluto.

El puño de fuego de Aethel chocó contra el muro de frío absoluto.

La reacción no fue una explosión. Fue un colapso.

IV. La Verdad de la Sal y el Humo

El mundo se detuvo. El calor extremo y el frío absoluto se anularon mutuamente en un microsegundo, pero la energía residual no tenía a dónde ir. La materia en el punto de impacto simplemente dejó de existir.

Un cráter perfectamente esférico, de un kilómetro de diámetro, apareció instantáneamente en el desierto.

Aethel cayó de rodillas, su cuerpo gris, como una brasa que se ha apagado para siempre. Su piel estaba agrietada, y de las grietas no salía fuego, sino un humo negro y frío. Había agotado su núcleo.

Nym cayó a su lado, su piel mortalmente pálida y fría al tacto. Al usar el Vacío Térmico, había congelado su propia sangre. Sus movimientos eran lentos, dolorosos.

Se miraron en el silencio del cráter. No había rabia. Solo una fatiga infinita.

—Lo… lo logramos —susurró Aethel, su voz apenas un roce de humo—. Detuvimos la guerra.

Nym intentó sonreír, pero sus labios estaban congelados. Una lágrima salió de su ojo, pero se congeló antes de rodar por su mejilla.

—A qué precio, brasita… a qué precio.

Se quedaron allí, sentados uno al lado del otro. Aethel sintió cómo el frío de Nym empezaba a invadirlo, y Nym sintió cómo el poco calor que le quedaba a Aethel intentaba, por última vez, calentarla.

En ese último momento, sus elementos no lucharon. Se mezclaron.

El humo negro de Aethel se envolvió alrededor del hielo de Nym. De su unión no salió vapor, sino una Niebla Gris, una sustancia nueva, ni caliente ni fría, que empezó a llenar el cráter y a extenderse por el mundo.

Donde la Niebla Gris tocaba el Desierto de Ceniza, la arena se volvía tierra fértil. Donde tocaba el Océano de las Lágrimas, las aguas se calmaban.

Aethel y Nym murieron juntos en el centro del cráter, pero la Niebla Gris, el fruto de su último sacrificio, trajo al mundo algo que el Pacto nunca pudo: la verdadera neutralidad. El mundo ya no se quemaba ni se ahogaba; simplemente existía, bajo un cielo perpetuamente cubierto, un recordatorio de que la paz, a veces, solo llega cuando la pasión y el miedo se extinguen mutuamente.

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