Una vez, existió un joven hombre. Habitante de la ciudad de Sartrenz, ubicada en algún lugar del planeta, o del universo. Como prefiera el hombre. Su nombre era Jacobo James. Resulta ser, que el joven Jacobo había asistido por un largo tiempo al instituto de Virgin, en el que realizo sus estudios de contaduría. Su vida social no es muy extensa ni interesante para la mayoría de sus compañeros de trabajo. Pero, a decir verdad, para sus pocos amigos Jacobo es un hombre divertido, tímido y serio. Su cumpleaños es el veinticinco de diciembre; cosa que para el joven no es algo a lo que se le pueda sacar mucho problema. Tiene un hermano llamado Robert, el cual tiene cuarenta y un años. La relación de Jacobo y Robert no es la mejor; sin embargo, ambos hermanos se ayudan en caso de que el otro se vea necesitado. Robert es maestro de historia en el instituto Cristopher Walls, el cual es uno de los mejores del Estado.
Jacobo no siempre había vivido en Sartrenz. De hecho, él era originario de Gurneville. Pero otros la llamaban, la gran ciudad. Ciudad de los grandes hombres citadinos. A decir verdad, Jacobo nunca había sido una persona muy “sociable”. Él era el tipo de niño que se escondía entre los arbustos del parque, o incluso dentro de los botes de basura para evitar ser lastimado por los brabucones del lugar. Oh, aquellos brabucones habían sido los causantes del problema del pobre Jacobo. No era un problema mental, claro está. Pero, era algo que podía ser considerado malo para su vida. Malo para su salud mental. El comienzo de la historia del pequeño problema de Jacobo, toma lugar en la calle 11. Aquella calle en la que todo comenzó. Era una tarde fría y nublada. Jacobo adoraba observar la nieve caer. Tan lenta y suavemente, casi tan parecido a la manera en la que caen las hojas de los árboles en la primavera, dando aviso al inicio del invierno. La mayoría de los niños de la cuadra del Jacobo sabían su amor por Nataly Oswent, una pequeña, adorable e inteligente niña que sin dudarlo, enamoraría a cualquiera. Pues, los jóvenes maliciosos, decidieron decirle a la pequeña Nataly los sentimientos de Jacobo por ella. Y si, puede que no parezca tan malo; pero para un pobre niño de diez años sí lo fue. Fue el fin de su pobre inocencia. Esa inocencia que no le permitía odiar a nadie por muy malo que fuera. Lo habían lastimado. Y eso él no lo soportaría. Jacobo se armó de valor y le dio la cara a Nataly. Aun sabiendo que ella lo rechazaría. Aun sabiendo que su amor por ella no sería más que una molestia para ella.
El rechazo fue uno de los factores que más afectaron a Jacobo, pero, no fue solo esto lo que le afecto en su talento para relacionarse. No, fueron muchas más cosas las que hicieron de aquel niño sociable, un chico temeroso, triste y desconfiado.
Hablando ahora de la pre-adolescencia del niño (que ya no era tan niño) se debe nombrar su indescriptible talento por las matemáticas y por emprendimiento. Se cree que es por eso que el joven decidió estudiar contaduría, aunque creo yo que fue más bien por el dinero, ya sabe, para poder darse sin remordimiento los grandes placeres de la vida. Su vida social en el instituto se basó en tres personas: Andrew, Ben y Lucy. Sus tres únicos y mejores amigos. Eran un grupo no popular. De hecho, antes de llegar a la secundaria, eran los “raros” del lugar, pero eso a ellos no les importaba, les parecía gracioso lo que pensaban los demás de ellos, ya que, eran un buen grupo. Hacían sus tareas y proyectos escolares juntos (los cuales eran unos de los mejores), compartían momentos agradables y comían helado todos los jueves en el Big Ice Cream más cercano. Al llegar a la secundaria, la oleada de la pubertad pasó por todos ellos, incluyendo con ella, la popularidad. Por supuesto que no todos la aceptaron, pero lo que fue Lucy y Ben sí. Lucy se convirtió en la porrista líder del grupo de animadoras del equipo de football del instituto; y Ben en el mejor jugador titular del equipo. Eran la pareja perfecta. Sí, Lucy y Ben eran pareja. Y, a pesar de toda la popularidad que los invadía, seguían siendo amigos de Andrew y de Jacobo. Seguían saliendo los jueves, solo que, en lugar de ir por un helado, iban por hamburguesas; excepto Lucy, ella siempre pedía una ensalada. Para Jacobo, esa fue la mejor época de su vida. Todo marchaba tan bien, los amigos, la escuela, el lugar. La verdad era que, Jacobo amaba Gurneville. Le parecía bonita, con sus puentes elevados y sus farolas antiguas. Con sus calles limpias y florecidas. Con sus jardines deslumbrantes. Él solía disfrutar de aquel clima fresco de la ciudad. Pero como les dije, todo iba tan bien hasta que un día normal como cualquier otro, llamaron a Jacobo a la oficina del director. Éste sorprendido, se dirigió hasta allí, ignorando las chicas de 4º que le coqueteaban, rodeando el restaurante y esquivando algún charco. Al llegar a la oficina del director, vislumbró una sombra alta dentro. Al entrar, se encontró con nada más que con un magistrado muy importante. Director de la Universidad Estatal Virgin. Al verlo, éste le saludo amablemente. La verdad fue que tanto el director como el magistrado fueron directo al grano. Él iría a la Universidad Estatal ese mismo año a iniciar sus estudios becado como contador debido a su gran capacidad y notable agilidad para las matemáticas y demás.
La verdad, a Jacobo esto le parecía estupendo. Incluso inimaginable. Excepto por una cosa. Debería dejar a sus amigos, a sus padres. Debería dejarlo todo. Pero, eso no sería tan malo. Se mantendría en contacto con ellos. Jacobo maravillado, acepto.
Sus padres al recibir la noticia, lo felicitaron. Pero, al aceptar el hecho de que su pequeño hijo de quince años ya no sería más su niño y se iría de su lado, ambos adultos se rompieron a llorar. Le habían dado una semana para empacar todo y despedirse. Jacobo aún no sabía qué le diría a sus amigos. La cara que estos pondrían al enterarse de tal suceso. Los extrañaría. Sin duda lo haría. Pero debía aprovechar la gran oportunidad que le estaban dando. Una oportunidad que sin duda era producto del universo.
Los últimos días de Jacobo en la ciudad fueron tristes. Para empezar, el lunes fue al instituto a retirar sus últimas notas y, de casualidad se encontró con Richard, uno de sus compañeros de clase.
- Hey, ¿Qué hay hermano? ¿Por qué estás retirando tus notas?
- Hola, Richard. Las retiro porque dentro de poco me iré de la ciudad; a mi hermano le resultó un empleo en otra ciudad y me iré con él. – Mintió.
- Ah. Pues, en ese caso, suerte. Adiós. – se despidió alegremente su ahora, ex compañero.
- Chicos, tengo una noticia importante que darles… – comenzó Jacobo.
- Adelante Jack, danos la nueva buena. – Contestó Ben.
- Pues… el magistrado más importante del país, Joseph Rent llegó el viernes al instituto y solicito mi presencia en la oficina del director, en la que, directamente me dijo que ya no asistiría más al instituto y que, a partir de este lunes, estudiaría contaduría en la Universidad Estatal Virgin. Lo que significa que me iré de la ciudad. – dijo Jacobo con una tímida mirada.
- ¿Qué? – soltó Lucy. -¿Te vas? ¿Así de fácil?
- Sí, bueno… es una gran oportunidad para mí. No pienso desaprovecharla.- respondió Jacobo tranquilamente.
- Bueno, Jack Cuack esperamos que te vaya bien. Ya sabes que estaremos aquí cuando nos necesites. – dijo Andrew por todos.
- Gracias chicos. Me tranquiliza saber eso.
El resto de ese día fue muy relajado. Solo se dedicó a dar un paseo por la pequeña ciudad y a tomar algunas fotos al atardecer. La tarde del martes no fue tan atareada tampoco, solo comprar algunas prendas nuevas para ir `guapo´ a la Universidad. El día miércoles se la pasó leyendo algunos artículos interesantes de historia. El jueves se reunió con sus amigos en el bar Cloe´s como de costumbres. Hasta ahora todo iba bien, pero él no podía ocultarles la noticia. Por lo tanto, decidió decirles lo más pronto posible.
Y, fue de esa manera, que los cuatro mejores amigos pasaron la noche juntos recordando todas sus pequeñas, pero sin duda fantásticas aventuras vividas. Fue una noche inolvidable. El viernes termino de empacar sus cosas y el sábado, se despidió de sus mejores amigos y se encaminó a la Universidad con sus padres.
La universidad quedaba a doce horas de Gurneville, por lo que Jacobo durmió todo lo que quiso durante el viaje. Cuando no dormía, se la pasaba observando el hermoso paisaje que se alzaba ante sus ojos. Contemplaba el atardecer con cierto placer, con cierta ternura. Como si éste le estuviese contando el más íntimo secreto y Jacobo solo lo estuviese aceptando con amor. También aprovechó para escribir un poema.
Jacobo también disfrutaba de la buena literatura, de un vaso de café a altas horas de la noche antes de dormir, y de los videojuegos. Jacobo era un muchacho alto, de aproximadamente 1.87, delgado y de tez blanca, solía tener miedo a las alturas; su color favorito era el azul, ya que este le recordaba a la tranquilidad y la inmensa soledad que cubría al océano en su totalidad. Cuando Jacobo llegó a la universidad, se vio sorprendido por tres cosas:
- Lo gigantesca y elegante que era la universidad.
- Haber entrado becado a la mejor universidad el país con solo quince años.
- Lo envidiables que lucían los estudiantes del lugar.
Era increíble para él estar ahí. Aún podía recordar la emoción que sintió al entrar en su dormitorio y la excitación que tuvo lugar en su cuerpo y mente al conocer a su compañera de dormitorio, la maravillosa Sofia Arenz. La chica más hermosa que había podido conocer jamás. Sofia era bellísima. Piel suave y blanca, cabello lizo, el cual era largo y negro; media 1.70, ojos color verde esmeralda, labios gruesos, sonrisa brillante. Toda ella era perfecta. Era una combinación de sensualidad e inocencia que logró capturar al joven y bello Jacobo. Sofia, al ver su nuevo compañero de habitación, solicitó un cambio inmediato, ya que el dormir en el mismo cuarto con un hombre que no fuese su pareja violaba sus principios éticos y morales. Jacobo, entristecido por eso, se limitó a aceptar a su nuevo compañero, Jonathan Posslee, el cual era un joven carismático, amigable y sobre todo, gracioso.
A pesar del cambio de cuarto de Sofia, estos se volvieron amigos y sin pensarlo, compañeros de estudio. Sofia disfrutaba de la compañía de Jacobo y Jacobo disfrutaba la compañía de Sofia. Todo era muy agradable. Jacobo, se fue enamorando poco a poco de Sofia en secreto, cada vez que ambos salían por un café o incluso por un libro, era un momento único para él. El solo hecho de verla sonreír le alegraba el día. En la Universidad había infinidad de mujeres bonitas. Pero para Jacobo ninguna se comparaba con Sofia. Se enamoró perdidamente de ella. Los cinco años que cursó en la universidad fueron los mejores porque Sofia estaba con él. Y es que, desde su primer día en la universidad, Sofia se había mostrado amable y servicial. Sofia era preciosa. Para Jacobo las mujeres siempre habían sido seres misteriosos. Seres hermosos enviados por dioses para que los hombres fueran castigados con su belleza. Pero, Jacobo no veía a la mujer como un objeto sexual. No. Por el contrario, Jacobo consideraba a la mujer como una diosa amable, humilde, comprensiva, inteligente, inocente y sexy que podía hacer erizar a los hombres con el más leve roce de piel. Jacobo no había tenido muchas novias a lo largo de su vida, pero, las pocas que había tenido habían sido algo extrañas. Aquellas chicas no eran como la diosa de su mente. De hecho, eran como la horrible mujer de apariencia hermosa de su imaginación. Un demonio celoso, posesivo, dramático y dependiente del hombre. Lo único lindo en aquel demonio disfrazado de mujer era su apariencia. Pero, la apariencia no lo era todo.
Jacobo era muy exigente a la hora de estar una mujer, y, siempre decía que, si alguna vez llegaba a casarse, su mujer debía ser total y puramente inteligente y carismática, de tal manera que pudiese ayudarlo con las cuentas y el manejo del hogar.
Jacobo, como muestra secreta de amor por Sofia, decidió regalarle un cuarzo. Una gema hermosa que era un collar. Sofia, maravillada, lo aceptó. Y esta por agradecimiento por tan hermoso presente, le regaló una pulsera, símbolo de su amor por él. ¿El secreto? Ninguno de los dos sabía el sentimiento del otro.
Sofia era estudiante de derecho, y ayudaba a Jacobo en lo que podía. Su amistad era un lazo fuertísimo, pero ésta a veces se veía afectada por los sentimientos de ambos por el otro, lo cual disimulaban con una lectura compartida o un análisis muy profesional del estado actual del país. Sofia consideraba a Jacobo como un hombre fuerte, cariñoso, inteligente, tierno y respetuoso. Un hombre tan apuesto como ningún otro. Su estilo por la ropa era des complicado. Jean o pantalón oscuro, camisa o buzo, zapatos negros y chaqueta de cuero negra para cuando hacía frío. Él siempre decía que el ser humano no sabía cuán hermosa era la sencillez y cuán horrible era la apariencia exagerada de trajes y ropa de marca de un costo excesivo. Amaba el cielo. Sobre todo de noche, que era cuando más se podían contemplar las estrellas. Aquellas esferas de luz gigantes ubicadas en el espacio. Estaba total y completamente enamorado de los misterios de la vida, del universo. Creía en los extraterrestres. No creía en un `Dios´ ya que creía que era nada más que un invento hecho e implantado por la iglesia para que el hombre tuviese algo en lo cual creer. Las ideas religiosas no le agradaban, pero, cuando alguien le hablaba de ellas, solo se limitaba a escuchar respetuosa y atentamente. Era un hombre admirable. Soñaba con ser escritor, por lo que comenzó a escribir a finales de su último año en la universidad. Tiempo para el cual le declararía su amor a Sofia. Le confesaría su amor. El cual podría ser no correspondido, pero, solo por poder decirle aquellos sentimientos que llevaban atormentándolo desde los inicios de su carrera, decidió que valía la pena.
Era una martes des ochenta y siete, época en la que el invierno se acercaba, y con él, su confesión a Sofia. Era innegable es miedo que lo invadía, pero, en vista de que no se veía capaz de mirarla a la cara, éste le confeso su amor a través de una carta firmada con su mismísimo nombre. Jacobo no esperaba respuesta inmediata, ya que sabía que Sofia se encontraba en Alaska visitando a su madre. Así que, mientras llegaba la respuesta de su amada, se dedicó a escribir y a prepararse para su nuevo empleo. Sí, Jacobo había estudiado todos esos cinco años becado, con notas sobresalientes y había sido considerado uno de los jóvenes más inteligentes de la historia, sin mencionar el hecho de que era el más joven de la universidad. Él, sin duda, era un prestigiado alumno y un anhelado contador para el país.
Tenía un futuro brillante. Jacobo era feliz, y, sinceramente, no esperaba respuesta alguna de Sofia. Pensaba que esta ignoraría su carta y la dejaría en el olvido, al igual que lo dejaría a él; fue por eso que se sorprendió cuando la vio al frente de la puerta de su dormitorio, con una tímida mirada en el rostro y una pequeña sonrisita. Aquella sonrisa que añoraba tanto. Jacobo la invito a pasar y le sirvió una taza de té caliente perfecto para combatir el frío aterrador de la época. Entablaron una conversación profesional, hasta que Sofia, sin resistirse más, dio respuesta a la carta de Jacobo.
Pero al igual que éste, ella la había escrito a través de una carta. La cual entrego, se despidió y se marchó. Jacobo moría de ganas por leerla. Pero, ésta le había advertido que no podría abrirla hasta el 25 de diciembre, día del grado de ambos y día del cumpleaños de Jacobo. Era 19 de diciembre, y ver esa carta, con su firma por fuera del sobre y con aquella fina caligrafía, le carcomía la mente. El resto de días próximos a la fecha acordada de apertura de la carta, fueron largos y dolorosos. Se veía todos los días con Sofia para ir a tomar un café o incluso para leer un buen libro junto al otro. Ninguno de los dos mencionaba la existencia de aquella carta.
Era 23 de diciembre, tan solo a un día de navidad y a dos de la fecha esperada por Jacobo. Aquel día, éste salió de compras; pensaba en darle algo especial a Sofia. La verdad, a Jacobo aún le sorprendía que después de todo ese tiempo Sofia conservara el cuarzo que él le había dado hacía mucho. Aunque no era de extrañarse tampoco que él conservara la manilla que ella le había obsequiado. Eran tan cuidadosos. Apreciaban los obsequios del otro como si fuesen su vida propia. Como si el hecho de perder tal objeto les costara la vida. Ambos estaban perdidamente enamorados. Y, ¿cómo no? Si eran el uno para el otro. El amor no era algo que pudiese tomarse a la ligera. Se necesitaba tiempo. Tiempo y dedicación, para lograr comprender un poco lo que es el amar a alguien, tanto como si fuese tu propia vida. Tu propio ser. Se debía entender el sufrimiento del otro, y, en lugar de juzgarlo, comprenderlo y apoyarlo. Amar a alguien es una tarea difícil. Pero, sin duda alguna, ese hombre amaba a aquella hermosa chica.
El veinticuatro llegó. La invito a un lugar el cual era desconocido para ella. Ella, ansiosa, le insiste; pero él se niega a decirle la sorpresa.
Aquella noche Sofia lucía un vestido de seda azul; con delicados pliegues en la falda y con un escote sensual que resaltaba su pecho pero que no dejaba ver absolutamente nada más de lo debido. A parte del vestido, llevaba unos tacones dorados de 10 centímetros: con un juego, también dorado, de aretes, collar y pulsera. Su peinado era, sin lugar a duda, fantástico a pesar de lo sencillo que era; una cola recogida y envuelta alrededor con dos trozos de cabello por fuera. Su maquillaje era lo más simple del lugar; pero sus labios rojos la hacían ver mucho más maravillosa. Más hermosa.
Jacobo, por el contrario, lucía un traje clásico de color negro con el cuello abierto en “V”; camisa blanca y zapatos negros bien lustrados y su cabello estaba de un modo muy peculiar; lo cual hacía que se viese más apuesto. Sus lentes negros le daban un toque aún más elegante.
Jacobo pasó por Sofia a las 6:30 de la tarde; pero solo después de media hora salen de su apartamento. Cuando salen, Jacobo le dice al conductor del taxi que los lleve a la universidad, solo, que los deje por el lado trasero de esta. Ella no reconocía esta ruta alternativa de entrada a la universidad. Cuando entran por la puerta trasera, la conduce al ascensor y le tapa los ojos con sus manos. Presiona el botón del ascensor para dirigirse a la azotea y cuando llegan arriba, le destapa los ojos, y le permite ver la sorpresa que este le ha preparado. Era precioso. La azotea estaba decorada con velas blancas que alumbraban el camino al centro de ésta. Justo en el centro, había una manta amplia con pétalos de rosa esparcidos torpemente en ella. También había una cesta de comida casera.
Se sentaron a comer bajo la luz de las estrellas (y de las velas) y, cuando terminaron de cenar. Se pusieron a conversar un rato y después de unas cuantas horas, se dirigen al apartamento de Sofia. Cuando Jacobo la deja en la puerta de su apartamento, esta le agradece el hermoso detalle que él le había dado; y este, encantado de que a ella le hubiese gustado, le dice que no es nada y se despide de ella. Pero, sin pensarlo, en un acto involuntario, le da un beso. Pero lo que más lo sorprendió, fue el hecho de que ella no se apartara de su lado. De hecho, continúo besándolo mucho más. Fue un beso lento, tierno y deseado. Un beso que ambos habían deseado hace mucho, mucho tiempo. Un beso que dejaba claro el amor que se tenían el uno al otro.
El día siguiente, día de su cumpleaños y de su graduación, se dispuso a abrir la carta de Sofia, ya que, a pesar de aquel beso (que no solo fue uno ni dos) que dejaba en claro los sentimientos de ambos, sentía inquietud por saber lo que ella había escrito en aquella hoja de papel.
La carta decía así:
Querido Jacobo.
Quiero que sepas que es todo un placer para mí recibir tu carta. Y, no te alcanzas imaginar la gran alegría y nostalgia que sentí al leerla. Primero creía que se trataba de algún asunto de la Universidad; pero, a medida que leía, me daba cuenta de que se trataba de algo más. Me di cuenta de que se trataba de una de las cartas más hermosas que podría haber llegado a leer nunca. Era tan pura, tan única, tan tuya.
Al leer lo que pensabas de mí, mi corazón se encendió, y con él, una nueva chispa de esperanza.
¡Te gustaba!
No sabes cuántas veces imaginé el momento en el que me dirías que todo este tiempo estabas enamorado de mí. Claro está que imaginaba que me lo dirías en persona si eso alguna vez sucedía; pero, para serte sincera, te agradezco que lo hayas hecho a través de una carta.
Fue lo más hermoso que podría haber leído alguna vez. Fue totalmente sincero y, por primera vez, después de mucho tiempo, me permití imaginar un futuro contigo. Un futuro a tu lado.
Un futuro con un hombre guapo, sincero, inteligente, tierno y especial.
Un futuro con el hombre que me había robado el corazón.
Solo me queda por decirte, que esto que siento por ti, no lo había sentido por nadie.
Que sepas que no estoy intentando ser como las típicas chicas o chicos que dicen eso para impresionar. Que sepas te le digo porque lo siento. Porque te quiero.
Así que, te quiero.
Con amor, Sofia.
No se había dado cuenta de que estaba llorando. Se dirigió inmediatamente donde Sofia, la besó y le dijo que, sería el hombre más afortunado del mundo si ella aceptaba ser su novia. Ella, conmocionada, aceptó.
La graduación llegó. Y con ello las fotos, los honores, la familia y el amor. Jacobo se graduó con honores. Llegó un año nuevo. Y con él, su nuevo empleo en la República.
Cuando Jacobo tenía 30 años, después de cinco años de relación, se casó con Sofia. A los 40 años, tuvo su primer hijo y con él salió su libro “El resplandor”.
Jacobo falleció a los 57 años de edad en su coche a causa de un paro cardiaco.
Una semana después de su muerte, se descubrió en su escritorio la última carta que éste le había escrito a Sofia, en el que mencionaba que Sofia era para él, un faro de luz en la niebla; la luz que le ayudaba a continuar y ser feliz a pesar de los problemas. Él sentía que ella era la luz que siempre lo guiaba a casa.
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