En un país extraño, todo sale al revés,
La ira candente como rojo tizón, cruza el pecho, el aire falta, el ahogo llega, quema por dentro, abrasa el alma.
Ganas de desaparecer, aquí los hijos se comen a Fauno. La matriz sagrada y cuidadosa que albergó seres puros con sumo cuidado, como los dedos que tocan el arpa tras las nubes, matriz que se desangra, Fauno que se rompe.
¿Que sucedió? ¿Cuando se perdió la dulzura de esos seres? , hijos de Fauno que ahora maldicen el cuerpo que los entregó, que les abrió camino, que les abrió la vida.
Resistencia para cambiar de pensamiento, para visitar lugares más sabios y amables en los que suenen melodías que embriagan a los dioses con néctares y perfumes que te hacen nido, cuna y nana, ese lugar que olvidaste.
Quiero volver, volver a mi país, a mi cueva, a ese lugar, en el que los hijos de Fauno, mis hijos, no agrieten sus miradas, miradas de pozos oscuros llenos de serpientes, que se enroscan en tu cuerpo y te impiden respirar.
Bendita Noche Vieja, que llegue y se vaya, y pueda dormir, sin velas de colores, sin conjuros de buenos augurios, sin nada, la primera, con la tristeza traspasando el alma con un fino cristal punzante, con los ojos empañados y lágrimas de parafina.
¡Que toquen las campanas!
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