Empezó a molestarme en una reunión de trabajo.

Éramos varios, como siempre. Noté que uno de los chicos no hablaba. No es que no tuviera lugar: las pausas estaban, los temas también. Pero no entraba. La reunión terminó, alguien retomó lo hablado, distribuyó tareas, y seguimos.

Al salir, pensé que yo tampoco había intervenido demasiado, pero me habían mirado en algún momento, como esperando algo.

A él no.

Lo dejé pasar.

Días después, en un almuerzo familiar, me pasó algo parecido. Una de mis tías estaba sentada desde hacía rato. Sonreía cuando correspondía, asentía, incluso hacía pequeños gestos como si fuera a decir algo, pero no encontraba el momento. No era timidez. Era como si el momento no existiera para ella.

Le pregunté algo, para incluirla. Me respondió con una rapidez casi ansiosa, como si hubiera estado esperando eso.

Nadie la ignoraba, pero dejaba de estar.

Ahí empezó a inquietarme.

Lo vi otra vez, en la semana, en otro ámbito: la fila del supermercado. Una mujer estaba delante de mí. Se abrió una caja nueva, el empleado hizo un gesto para que avanzáramos. La mujer dudó un segundo y dejó pasar a un hombre que estaba más atrás. No parecía apurada, ni distraída. No fue cortesía. Fue como si, por un instante, ese lugar no le correspondiera.

El hombre avanzó sin agradecer.

Ella quedó atrás.

No había nada que señalar. Sin embargo, algo no encajaba.

Siempre era igual, en la oficina, en reuniones donde alguien hablaba y nadie retomaba lo que decía, en charlas donde uno quedaba apenas desfasado, fuera del ritmo y en encuentros donde siempre había alguien que no terminaba de entrar.

Siempre uno.

Nunca el mismo.

No había relaciones entre esas personas, ni situaciones repetidas. Lo único constante era ese desplazamiento leve, esa forma de quedar afuera sin que nadie lo decidiera.

Intenté dejar de pensarlo.

No pude.

Una noche bajé a buscar fotos familiares. Las desparramé sobre la mesa y empecé a mirarlas con detenimiento. Al principio no vi nada raro. Después empecé a notar ausencias. Yo no aparecía en varias.

No era extraño, me dije. Alguien tiene que sacar la foto, pero en algunas no recordaba haber estado detrás de la cámara.

Aparecía en dos. Me costó reconocerme.

La imagen estaba movida. El foco corrido. Yo quedaba en un borde, como si hubiera entrado en el cuadro por error. Si no supiera que era yo, no podría asegurarlo. Podía ser cualquiera.

Las separé.

No supe para qué.

Al día siguiente tenía una convención. Llegué temprano, preparé mi espacio, revisé el material. La gente empezó a entrar, me ubiqué en mi lugar.

Los primeros pasaron sin mirarme.

Algunos se detenían, pero los ojos no terminaban de fijarse. Se corrían apenas, como si yo no ofreciera nada.

Probé hablar.

Nadie respondió.

Repetí la explicación. Asintieron en los momentos adecuados.

Seguían rápido hacia el stand de al lado.

Dije una frase incompleta, y después otra sin sentido.

Nada cambió.

Seguí probando y levanté la mano frente a una mujer que avanzaba. No redujo la marcha. Su hombro pasó muy cerca del mío.

No hizo falta apartarse.

Esa noche, en la evaluación, hablé. Vi cómo asentían. Vi cómo anotaban.

Contradije a propósito lo que acababa de decir.

Nadie reaccionó.

Ahí lo entendí.

No era que a veces alguien quedaba afuera.

Era un lugar.

Y ese lugar se ocupaba.

Ahora lo ocupaba yo.

Desde entonces intento comprobar si sigo estando. Dejo objetos en lugares visibles. Después no sé si alguien los movió o si nunca estuvieron ahí. Golpeo superficies esperando escuchar el rebote. A veces no vuelve. Hoy apoyé la mano contra el vidrio del balcón. La dejé unos segundos. La calle seguía igual. Retiré la mano. Dudé si la había apoyado.

Mañana es mi cumpleaños.

No invité a nadie.

No sabría si vinieron.

Hace un rato sonó el teléfono. Atendí.

Me dijeron que mi jefe había muerto en un accidente.

Corté.

Me quedé un momento con el aparato en la mano.

Mañana alguien no estaría.

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