Unos días de vacaciones algo accidentados

Unos días de vacaciones algo accidentados

Ilusionada ante la perspectiva de veranear junto al mar e iniciarme en el surf, partí hacia Noja una atractiva población de Cantabria.

Viajaba sola y me dirigí a la estación de autobuses. Llegué pronto y pensé en tomarme tranquilamente un café, sin embargo mi tranquilidad se sintió perturbada al comprobar que me había equivocado de terminal de autobuses. Nerviosa y con prisas cogí un taxi hacia Avenida de América.

Al llegar el conductor insistió en que el autobús se dirigía sólo a Laredo. La adrenalina en sangre aumentaba, estaba segura de haber comprado bien el billete, pero en ocasiones tu seguridad se ve derribada cuando alguien manifiesta más seguridad que tú, aun estando en un error mayor.

Miré detenidamente el billete y encontré que en Laredo hacía transbordo. Subí por fin al autobús, con la boca seca y sin mi dosis de cafeína.

Llegué a mi humilde hostal con un balcón frente al mar y a un minuto de la
playa. La cortesía que esperaba se vió truncada cuando lo primero que me reclaman es pagar el total de mi estancia. Tras una reserva previa de 60 euros, les expresé que jamás me habían pedido abonar la totalidad del alojamiento pero insistían en que era lo habitual. Decidí defender mi posición y no ceder, aunque acabé pagándoles dos días después.

PRIMER DÍA DE SURF:

Me acerqué con optimismo y confianza a la nueva experiencia. Un par de temores me inquietaban: uno quedarme fría a pesar del neopreno (algo que no ocurrió) y otro golpearme con la tabla (que sí ocurrió) y cubrirme de cardenales que tanto tarda este cuerpo en reabsorber

¡Me divertía ser embestida por la mar! Era un resistir y persistir, manteniendo el equilibrio sobre mi tabla amarilla esforzándome en que no se descontrolara, algo en lo que puse empeño aunque otros no tanto; un fluir constante de mocos y sal que seguro purificaron plenamente mis fosas nasales; una necesidad constante de escupir todo lo que vas tragando que de seguro es mucho y hay que eliminar. Por cierto, la sensación de mearse con el neopreno fue extraña. Los orines invertían su recorrido hacia arriba calentándome todo el cuerpo.

Al salir del agua la mente en un estado alterado de aturdimiento, y un yo errante sin significado se alejaron. Cuando el cuerpo está siendo sacudido la mente no tiene suficiente consciencia para captar lo que está sucediendo. En este aspecto considero que el surf es una buena técnica de desprogramación, descodificación y un stop-mind inmediato.

Al día siguiente la marea y un fuerte oleaje lo acrecentó todo. Las caídas,los mocos, varios choques, la confusión… ¡Tienes agilidad pero te levantas antes de tiempo! -espetó el monitor- yo denodadamente me enfrentaba a las olas implacables que nos empujaban una y otra vez hacia la orilla como a los restos de un naufragio.

Me detuve de pronto intentando encontrar (inútilmente) apoyo en la orilla, como el resto de surfistas a quienes contemplaban sus familiares con interés.

Ya recuperada después de una merecida comida y descanso, una súbita e
irresistible propuesta salió de mí: “visitar el pueblo de Isla en bicicleta” ¡Ay
cuántos afanes, cuánta peligrosidad inadvertida en aventuras marinas y terrestres! ¿O acaso el peligro era yo?

Animada alquilé una bicicleta al lado de la escuela de surf. Como a doscientos metros, se me cayó el pasador de pelo y al frenar se quedó clavada la rueda delantera de manera que me iba a caer de cabeza o de dientes, al evitarlo caí de lado y la bici se me clavó en el muslo derecho. Dolor y contrariedad, pero mi obstinación más fuerte que mi voluntad, me hizo continuar el trayecto entre prados verdes y una luz atardecida.

Regresé bastante abatida y no satisfecha con tantos traspiés, me inscribí
allí mismo en una excursión de buceo con snorkel que me parecía inofensiva, eso sí, para dos días después.

Al día siguiente, lo que más temía. Varios hematomas enormes, moretones y un muslo hinchado como resultado de una caída que no traté de inmediato con hielo. La crema solar fue sustituida por el thrombocid tres veces al día, y el bronceado por manchas moradas que me impedirían exponerme en biquini durante la mitad del verano.

Determiné unos días de abstinencia acuática, aunque no paró de caer agua
del cielo cántabro. Saliendo una tarde de mi solitario hostal y con paraguas, me adentré en una tienda pintada con grafitis y alusiones hippies. La dueña una joven alegre y conversadora logró avivar mis ánimos y la compré un típico colgante con una tabla de surf que ella misma me puso al cuello apuntando que aportaba “suerte”.

Conversar con este ángel fue un alivio y un lapso en medio de tantas calamidades.

ÚLTIMA ACTIVIDAD MARINA: BUCEO CON SNORKEL

El día no me amilanó a pesar de su cielo cubierto de oscuridad, su eterno sirimiri y una temperatura bastante fresca. La playa desierta. Sólo unas figurillas vestidas de negro, los locos del surf

y nosotros un grupo de 10 inocentes entre los que destacaban un par de fornidos varones alemanes con sus hijos.

Cubiertos de neopreno y valor nos introdujimos a explorar el fondo del mar.
Apasionante nadar entre bosques de algas y rozar los peces, estrellas y erizos
rodeados de un profundo silencio. Sentí que al fin la benevolencia de Neptuno me otorgaba un final amable, sin embargo esta esperanza languideció inmediatamente de forma repulsiva.

Salimos del agua sólo tres una joven de 16 años el monitor y yo, el resto
se despidieron antes por el frío. Entonces repentinamente comencé a sentir
malestar en el estómago y poco a poco una gran náusea desconcertante, crecía hasta apoderarse de mis facultades, que no podían asumir más percances. La necesidad de vomitar ascendía imparable y allí, justo a escasos metros de la agencia de buceo y de surf, fui atendida por nuestro monitor que amablemente me socorrió sujetándome la frente.

Y así se consumó mi última jornada vacacional.

Playa del Ris en Noja ( Santander).

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