–A pesar de lo que hice sigo siendo tu madre.

–Por esa razón es que sufro más. Eres mi madre, pero debo hacer esto por mi padre –dijo mirándola en el suelo y tocando la espada que llevaba en el cinturón.

– ¡Tu padre! Él no hizo nada por ti, a excepción de concebirte en mi vientre y darte fama por ser su hijo.

–Eso fue más que suficiente…

– ¡Desgraciado! ¡Maldito! Yo te llevaba con ilusión dentro de mí esperando ver tu pequeño rostro; yo te cuide para que fueres fuerte, me vas a hacer esto por un padre ambicioso de riqueza –dijo Clitemnestra con rabia.

–¡No hables así de él, asesina!

– ¡Cállate! Tú eres hombre y nunca entenderás el sufrimiento que sentí por Ifigenia. Te parece justo que una niña de trece años sea sacrificada por la mano de su padre, así como si nada, por partir a una ciudad maldecida por los dioses.

–Pero eso no lo decidió él, ni siquiera lo deseo, fueron los dioses quienes lo decidieron, no somos nada para contradecirlos.

–Él me trajo bajo engaños para ese cruel propósito. Yo jure vengar a mi hija sin importar lo que tuviera que hacer.

–Entonces deberías entenderme, madre. Vengare la muerte de mi padre sin importar lo que tenga que hacer y tampoco me dejara afectar por las consecuencias –dijo con pesar.

–En ese caso, está bien. Si es el deseo de los dioses, lo acepto como la miserable que soy; pero quiero que sepas, Orestes, que no estoy arrepentida, porque el día en que Agamenón apuñalo el corazón de Ifigenia, también apuñalo el mío, lo volvería a hacer otra vez sin dudarlo –dijo con lágrimas en los ojos.

–Terminemos con esto, madre, es insoportable –dijo empezando a sentir un temblor en los manos.

–Mantente firme, hijo, un hombre no debe temblar ante sus decisiones. Hazlo ya, pero mírame a los ojos para que quede este momento dentro de tu memoria. No olvides lo que dijiste antes.

–Lo haré, madre. ¿Estás lista? –dijo poniendo la espada en posición.

–Tú y tu hermana mayor son unos malnacidos. A pesar de esto, seguirán llevando parte de mi sangre en sus venas. Orestes, quiero que te cuides mucho –dijo Clitemnestra mirando a su hijo con ternura.

–Sí, madre. No te preocupes, te veré luego en el infierno para hacerte compañía –dijo y bajo la espada.

Un grito moribundo lleno el oscuro palacio mientras una espada empapada con sangre era lavada por las lágrimas de Orestes. Sin embargo, unas sombras tenebrosas con la forma de monstruosas figuras aladas se acercaron a él lentamente por atrás, y le congelaron el corazón cuando las miró al voltear.

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