Antes de comenzar quiero dejar clara una cosa, siempre odié a Miguel. Desde el principio.
De niños, en la guardería, recuerdo como nadie se acercaba a jugar con él. Y no es que los demás niños fueran crueles. Por el contrario, Miguel los alejaba constantemente. Autor de raspones, mordidas, arañazos y peleas. Creo que nunca se debería dudar de la inocencia de un niño, pero tratándose de Miguel, se podía percibir la perversidad en su mirada al hacer estas cosas, estoy seguro de que él, lo disfrutaba.
Cuando entramos en la pre adolescencia, me animo a decir que entre los diez y los catorce años, la cosa no mejoró en absoluto, de hecho, empeoró bastante. Miguel tenía un porte físico superior a los demás chicos de su edad. Esto era razón suficiente para que cometiera todo tipo de abusos, no bastaba solo con robarle la merienda, o en todo caso el dinero de la merienda, a sus compañeros, si no que inevitablemente debía haber una paliza de por medio. Siempre intentando llamar la atención. Aún recuerdo aquel día que se bajó los pantalones frente a todo el colegio y orinó el mástil donde izábamos la bandera en las mañanas, fue bochornoso, nunca sentí tanta vergüenza. Por supuesto, fue expulsado.
Y así fueron pasando los años y los colegios, pero esta marginalidad solo empujaba a Miguel a ser cada día más anti social e indisciplinado.
A las chicas, las espantaba siempre con sus bromas machistas y constantes acosos; a los chicos los desafiaba constantemente a probar su “hombría” forzándolos a vivir situaciones de lo más incómodas, que siempre terminaban de la misma manera, con alguien humillado y Miguel riendo solo con aires de superioridad.
Cometía todo tipo de actos de vandalismo, estafas y engaños. Un desquiciado sin moral, orgullosamente xenófobo. En parte esto tenía que ver con la educación que había recibido por parte de su padre, El General Bermúdez, de quien no quisiera explayarme hablando demasiado ya que era un hombre despreciable. Solo me remitiré a decir que era un ex militar bastante sínico, tal vez por algún trauma de esos que suelen adjudicarse a las horribles vivencias de quien estuvo en una guerra, sinceramente no lo sé, pero era de esperar, la manzana nunca cae muy lejos del árbol.
Confieso, que a veces sentía un poco de lástima por Miguel. Pasaba las tardes vagando solo por el vecindario, sin compañía alguna, con una expresión facial dura pero que denotaba una profunda fragilidad. Aunque era cuestión de tiempo hasta recordar que se trataba de Miguel, un joven malvado y que probablemente planeara sus atrocidades en sus paseos.
Los más optimistas tenían alguna mínima esperanza de que de adulto la cosa fuese diferente ¿qué madurara tal vez? ¿que encontrara un rumbo para su vida?
Fue un domingo por la tarde que Miguel se dispuso a acompañar a José, un hombre anciano de unos 85 años, a sacar dinero del cajero automático. José era un hombre de otra época y lógicamente el manejo de estas máquinas era un drama tanto para él, como para tantos otros adultos mayores. Recuerdo que todo iba bien, hasta que el cajero escupió el último billete. Fue en ese momento que Miguel empujó brutalmente al jubilado y salió corriendo con el dinero, dejando al pobre anciano abandonado en el suelo, aguardando ser rescatado. Por suerte o intervención divina, José sobrevivió al nefasto episodio con solo un par de huesos rotos, pero fue esa la gota que derramó el vaso. Ese día entendí que, si nadie detenía a Miguel, algún día cometería una estupidez tan grande que más de uno lo lamentaría. Fue así que decidí que quien debía detenerlo era yo.
En lo primero que pensé fue veneno; aunque luego analizándolo detenidamente, las posibilidades de que el veneno fuese letalmente efectivo eran bajas, además ¿Cuál sería la dosis suficiente? No tenía ni idea. Sinceramente yo no quería hacerle pasar un mal rato a Miguel, solo para que tras una semana de intoxicación estuviese recuperado, haciendo de las suyas nuevamente. Yo quería una solución definitiva para este asunto.
Lo segundo que se cruzó por mi mente fue el famoso asesino silencioso, gas, conocía la casa de Miguel a la perfección y no sería difícil abrir la llave de la estufa de su habitación y esperar a que se durmiese. Parecía el plan perfecto, aunque si así fuera, moriría en sueños, sería demasiado placentero, ni siquiera se enteraría de lo que le sucedió ¡Ah no! ¡Por supuesto que no! Miguel merecía un final a toda orquesta, macabro, digno de él, que estuviese a la altura de un hombre superior al resto.
Entre ideas que iban y venían por mi mente, casi por casualidad, vi colgado en la pared del living el rifle de mi padre. Era antiguo, pero le había oído decir en más de una ocasión que aun funcionaba y, es más, sabía que en su mesa de luz guardaba una pequeña caja metálica con las balas. Una gran emoción me invadió, ya estaba decidido, ese sería el método que satisfacía todas las expectativas de mi plan. Era lo suficientemente macabro y efectivo para dar el merecido fin a Miguel. Descolgué el rifle de la pared, y luego de limpiarlo meticulosamente con un paño, fui a la habitación de mi padre y busqué las municiones, solo habían 3, pero con algo de puntería y un poco de suerte no requeriría más de una.
Hoy martes es el gran día, el día escogido para cumplir mi misión, anoche no pegué un ojo de la emoción, pero estoy convencido de que es lo correcto. Por más macabro que les parezca y aunque muchos dirán que no lo merecía, cuando termine, le habré hecho un gran favor a todos, vengaré a aquellos que durante años fueron humillados, acosados y maltratados por este monstruo.
Probablemente cuando encuentren esta nota ya estará hecho y solo queden los restos de este acto de justicia. Es por eso que a quienes la lean, les pido que sepan disculparme por los perjuicios causados y, sobre todo, que me recuerden como aquel que tuvo el valor y las agallas suficientes para acabar con Miguel de una vez por todas.
Así, sin más que decir, me despido de todos.
Adiós
M.B.
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