

Las puertas de la gran ciudad amurallada se abrían y la gente sonreía y festejaba la victoria. Nadie sabía lo que allí sucedía, pero se sentían gozosos y compartían el júbilo que impartían los reyes y soldados. Las mujeres esperaban la entrada triunfal con flores en sus manos al costado de los grandes portones, los niños jugaban; una niña rompió la fila y se puso a bailar en medio del camino al compás de las trompetas que anunciaban la llegada. Su madre preocupada quería alcanzarla pero los soldados la retenían. La niña reía y bailaba sin ser vista por los ellos, hasta que giró y vio al animal enorme asomándose a la entrada. Su rostro sonriente se transformó en la cara del terror.
Desperté y Caballo me miraba de frente y lamía mi cara. No hizo falta ninguna interpretación del sueño, era uno recurrente; él tenía hambre y había mutado a una bestia. Lo nombré así porque es grandote y como me negaba a atarlo a un nombre, un amigo lo bautizó Caballo, pero no es su nombre fijo, responde a mi voz, podría decirle Aquiles que vendría igual, o mas bien, haría lo que se le canta, como siempre.
Sin más remedio me levanté a servirle su comida. Sonó mi teléfono y en la pantalla bloqueada alcancé a leer Félix, mi ex. Era su cumpleaños y como siempre me llamó para avisarme. Esta vez lo oía diferente, estaba como al borde de las lágrimas, pero aún así, intentaba no aflojar. Finalmente me expresó lo que lo atormentaba: era el deseo de morirse.
No supe qué responderle. Sabía que me estaba pidiendo ayuda y aunque no quería sostener esa situación, temía que pueda llevarlo a cabo. No era yo quien debía hacerse cargo, pero allí estaba. Ya me había pasado esto antes, pero bajo ciertas circunstancias, lo mejor es tomar distancia y confiar en que el otro lo resolverá.
Recuerdo que a mi primera novia, Florencia, la llevaba a análisis y la iba a buscar, la obligaba a comer, a salir, trataba de motivarla y nada. Varios amigos a mi alrededor pasaron también por fuertes depresiones. No digo que sea yo, quizás les pasa a muchos, pero es un tema tan complejo que no he ahondado como quisiera, siempre algo me frena y lo olvido. Muchos de los escritores que me gustan tienen una misteriosa relación con la muerte. Y lo creo así porque en sus textos se puede atisbar algo, un deseo encubierto, a veces son sus despedidas o una serie de sutiles memento mori que precedieron a su muerte.
No me parece anormal el hecho de querer morirse, lo malo es no hacer nada al respecto. Pero es algo común, está en nuestro lenguaje diario: me muero, muero por, me mataste, mátala, ni muerto; la muerte parece cada vez más vital. En las pinturas en las que se trataba el tema, aparecen casi como un tema menor, como la locura. Pero hoy en día parece tomar otro significado: Podemos ver en la tapa de cualquier diario o revista un cuerpo desangrado y parece que vemos lo más cotidiano del mundo. Ahora, a los cuerpos desnudos lo censuran, casi se podría decir que para generar el deseo. Aunque creamos haberlo visto todo, todavía puede ser causa de grandes controversias.
“El origen del mundo” ha estado oculto la mayor parte de su vida para que lo podamos disfrutar hoy día; con mi cámara de formato medio tomé “El fin del mundo” y el culo de mi modelo francés quedó casi con el mismo ángulo que el de aquella pintura; me gusta pensar que fue una coincidencia con la subjetividad contemporánea.
Me quedé sin aliento luego de la llamada y miré a Batalla a los ojos y sacó la lengua y se recostó. Solo quiere jugar, no tiene idea de nuestra descabellada realidad. Quizás me dijo algo, pero mejor que no. Temo que si lo vuelvo más humano, de pronto el ser vivo más feliz de la tierra pueda elegir la perdición. Claro que es una mente superior, en un punto, aunque no lo perciba como tal, al quedarse al lado mío se compadece, me mira con amor o más que eso.
Pensé, y no me extraña con lo que me había pasado, que si el universo tiende al equilibrio y esto significara la exterminación de la raza humana, sería lógico querer morir, se percibiría como algo cotidiano, obvio y hasta religioso. Como esa creencia antigua de que pasaban a mejor vida, de que se reencontraban con sus antepasados o con un mundo mejor.
Desde que nos han dicho que el mundo está superpoblado nos hemos pensado el tema del aborto, la eutanasia y si seguimos, el que se jubila podría hasta tener una fecha de caducidad. Hoy sería impensable, pero no sabemos a lo que nos enfrentaremos en el futuro. Estas cuestiones se plantean desde un punto ideológico en el que coincido, pero en el fondo creo que lo propicia lo otro, el control de natalidad y mortandad. Tanto que el mundo entero podría verse como una gran sala higiénica. El hecho de que la muerte haya tomado otra dimensión no quiere decir que entendamos de qué va. Quizás entender por qué algunos atentan contra su propia vida nos ayude a comprender ciertos fenómenos sociales.
Hay un director alemán que me gustaba mucho: Werner Herzog. Me impactaron sus films, pero luego escuché que para él lo más elevado era el arte, más que una vida humana y así han perecido personas en sus películas y fríamente ha afirmado que hubieron de morir por el arte, con una liviandad que da escalofríos. Quizás su visión más amplia de la humanidad lo ha llevado a conjeturar aquello, pero algo dentro mío me dice que está mal, que hay algo muy preciado en cuidar la vida.
Vuelvo a mirar a los ojos a León, porque estoy triste y él parece entenderme. Le digo: -¡Vos no te vas a morir! Y me devuelve la misma mirada. Probablemente quiera que demos un paseo. Es su instinto el que lo motiva a hacer todo. El equivalente para las personas dicen que es la pulsión, pero a mi y a mis amigos no nos impulsa a sobrevivir, diría que al contrario. Pero el hedonismo, que tanto he criticado y condenado, parece que intenta perpetuar la realidad humana. Se van sucediendo ya muchas generaciones con ese paradigma, son personas que no tienen pasado pero que les espera un futuro.
Tal y como se presenta la pulsión siento que me lleva al equilibrio y el equilibrio es la muerte y el fin de la humanidad. Y no puedo hacer nada al respecto, solo no tirarme a ver pasar la vida. Es muy común pensar en que las personas felices están en alguna parte, como si la última estación de tren nos dejara a mitad de camino. Pero a mi alrededor veo que las personas son más felices que yo, solo hablan de series que son siempre la misma, veo que se entretienen más y que se preguntan menos. Tengo que respetar su forma de llevar a cabo su existencia, pero por alguna razón conecto con las personas que tienen una relación más profunda con la muerte y con la vida, digo, no hay serie que valga. Algunos se sumen en una gran depresión y otros buscan incesantemente motivaciones para seguir adelante.
A Félix lo conocí en un tren, medianoche a París. Empezamos a hablar sobre las películas que llevaba en una caja y una cosa llevó a la otra. Cuando vio la efe que tengo tatuada en la espalda, me dijo que podíamos arreglarlo y con tinta azul completó su nombre. Hoy pienso que de haberle agregado otra efe al lado hubiese cambiado la cosa, pero decidió pararse en el mismo lugar.
Recuerdo que con Florencia no habían sido fáciles los últimos meses y un día me llamaron porque la internaron de urgencia. No pensé en nada más y corrí hasta allí porque me temía lo peor. -¡Aguantá Flor, aguantá! Me repetía. Cuando llegué a la clínica sus familiares me abrazaban y lloraban. Creo que lo sabía desde antes pero al momento lo negué, así que traté de hacerme cargo de todo: de hablar con los médicos, de contener a sus parientes y amigos, de hablar a su trabajo. Ella tenía 22 años y desde que la vi paseando a su perrito me enamoré mal. Más allá de sus ojazos era su mirada, tenía la mirada severa de alguien que pasó por situaciones fuertes, una que ninguna serie puede entretener. El médico me dijo que podía pasar a verla, lo seguí y cruzamos varios cuartos hasta donde encontré su cuerpo exangüe. Le hablé a solas y le dije cosas que sentía y que nunca más repetí y entre todo eso, le declaré mi amor por segunda vez.
Los días siguientes encontré que la gente alrededor me hablaba y yo respondía no se a qué ni cómo. Me sentía solo pero no quería ver a nadie. Por momentos hablaba de cosas triviales y confundidos a mi alrededor me decían:-¡Tranquilo, fue una situación muy estresante! Como si yo no hubiese reparado en ello, pero se lo querían explicar de alguna manera.
Y el día menos pensado entré en la cabina telefónica de atrás de la biblioteca nacional, sobre Las Heras, estaba muy agobiado y triste y le dije a mi psicoanalista que quería contarle mi secreto: le dije a mi pesar, que había algo que nunca le había contado, porque aún no lo sabía, así que le conté todo el rollo con la muerte. Por supuesto lo habrá escuchado mil veces y al oírme, me tranquilizó pero no me diagnosticó ningún tipo de depresión, simplemente atravesaba un momento en el que cedía a mi pulsión o a algo, no lo sé, dije algo que tenía bien oculto. Luego me prometí no hacerlo nunca más. Pensé en que el amor tenía que mantenerme vivo y en realidad pasó exactamente lo opuesto: Comencé a odiar al mundo y a la gente con ganas de vivir basadas en series de mala calidad. Sentía la letra que tenía en la espalda como si fuese un órgano más y como fuego. Quizás quería buscar culpables, tenía bronca. Así estaba la cosa.
No sé en qué pensaba en esa época, nunca más errante. Una noche iba por el mercado de las pulgas, me preguntaba si me estaba volviendo loco, buscaba una respuesta y encontré una pila de libros en el suelo. Tomé uno y al abrirlo vi que las páginas estaban en blanco, excepto una. En donde se hallaba el siguiente relato:
«Magenta
El sol victoriano irradiaba una luz fría dando lugar a una gran variedad de colores. El, miraba en el mantel blanco incandescente su copa al rojo vivo. Miraba los bordes lumínicos que formaban un color más claro, pero igual de intenso.
A pocos metros, un hombre golpeaba salvajemente a su caballo. Su relincho desesperado era inadvertido por los transeúntes que caminaban a su lado. Cuando un hombre muy elegante soltó su bastón y abrazó al caballo interponiendo su cuerpo entre el sádico y el equino. El hombre que lloraba con vehemencia, transformó la escena mas cotidiana en una verdadera tragedia y la gente acudió en su ayuda.
El anciano no soltaba al animal y el hombre de la copa se preguntaba a quien estaría aquel loco abrazando. Volvió a la mancha rojiza y entendió que según sus investigaciones hay colores que no existen en el espectro de luz visible, ya que no tienen una longitud de onda lumínica, sino que son el resultado de una operación cognitiva entre otros dos. Como resultado podría caber la posibilidad de que los humanos seamos los únicos en ver dichos colores, pensó.
El hombre montado a caballo siguió su camino y al caballero perturbado lo llevaron a un hospital psiquiátrico.»
Me di la vuelta pensando que se trataba de una broma pesada y el libro se me cayó arriba de la pila. Estaba confundido, me agaché y lo busqué entre los otros pero solo encontraba libros escritos de la primera página a la última. Aunque no entendía el sentido, creí que allí había alguna respuesta.
Más tarde volví a mi casa, me sentía afiebrado así que me recosté y comenzó mi sueño de la entrada de la ciudad amurallada. Aquella vez no era un animal, parecía más bien una esfinge de madera. Todo en el sueño era extraño. Desperté y fui por un poco de agua, intenté calmarme, solo necesitaba descansar más. Y hoy me parece tan claro ese respecto, pero estaba muy aturdido para entenderlo. Mis interpretaciones mutan tanto como el nombre de mi mascota. Creí entender algo relacionado a las traiciones, que las odio y las he sufrido, pero un aspecto que me interesa es que vienen desde adentro, o que uno les abre las puertas.
A Fuego lo encontré en una perrera, tenía mucho miedo, pensé que quizás sufrió malos tratos de su antigua familia. Es bueno y compañero, me gusta pensar que es leal a mí. Volvíamos de entrenar y recibí una llamada de la madre de Félix, tuve que volar hacia Toulouse.
Me repetía: la muerte no me sigue, yo no tengo la culpa, si no me hubiese conocido lo haría igual.
-¡Aguantá, aguantá, Felix! Llegué al hospital y estaba con vida. Escuchaba la desesperación de su madre e intenté consolarla lo mejor que pude y hablé con los médicos y con su hija, fui por café y por algo de comida. Luego llegaron sus amigos de París, los recibí y sentía que otra vez intentaban hacerme sentir mejor, pero él no era de mi propiedad, era de todos y era él mismo, me negaba ser su representante. Así que salí a fumar y hablé con un amigo que no sabía que decirme, recuerdo que le contaba que pensaba dejar de fumar definitivamente y empezar a escribir, que era lo que siempre quise hacer. Mi amigo me recomendó dormir en cuanto pueda.
Me llamaron y me preguntaron si quería pasar a verlo. Caminé unos pasos hacia la puerta, miré hacia atrás, su madre y su hermana me miraban como dándome fuerzas, lo que me hizo temblar. Abrí la puerta y ahí estaba mi otra efe. Me senté a su lado, estaba enojado: -Félix, le dije y no hubo respuesta. Intentaba no pensar en que se trataba de mí, pero deseaba decirle que me de la oportunidad de reparar mi error, de hacerlo feliz, de hacerlo querer vivir. Pero ya se lo había dicho todo a Flor.
Un silencio total nos envolvió. Luego comencé a escuchar de a poco el sonido del respirador. Ya no sentía culpa. Y hoy pienso: ¿Qué sabe la naturaleza de culpa, de injusticia, de intenciones? Así que tomé su mano, lo miré y fue una mirada que nunca antes había experimentado, fue como la mirada de Furioso, no era de compasión, era solo contemplativa. Mi mano estaba tan fría como la suya, no era amor ni odio, no le pedía que se quede ni que ceda, solo me quedé a su lado.
A mi vuelta, ya en Barcelona, hice las compras como para unas semanas, como para aguantar a que pase toda la locura de afuera. Me acomodé en la cama y Rufián saltó encima de mí. Tenía mil libros para leer, pero tomé el comando y sintonicé una serie que me recomendaron. Tenía tiempo y buena compañía y como dándole comienzo a mi nueva vida, presioné el botón de encendido. A mi mascota le puse un nombre fijo: Tesoro.
Claro que no me seguía la muerte, no más que a los demás. No existía tal maldición, por eso creo que tengo que vivir lo que se me presenta y ya, y fuera del amor y del odio. Dicen que cuando abres los ojos ya no hay vuelta atrás, miraba la serie pero pensaba como si estuviese viendo la pared. Quisiera estar a favor de la humanidad, no esta vez. Estoy a favor del universo y de la naturaleza y no creo que ni un ciclón ni un terremoto acaben con la humanidad, ni la contaminación ambiental, ni los incendios forestales. Creía que una pandemia sería el fin. Pues no, todavía no. Así como las puertas de la ciudad fueron abiertas y la gente festejaba, todos unidos y alegres empujaron la ofrenda hacia el interior. Así, desde adentro, como un deseo, el universo nos aniquilará.
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