Alguien pregunta por la paz como quien interroga a un oráculo ya extinguido. No es una pregunta, es una invocación: palabra antigua, gastada por los labios de los hombres, pero intacta en su misterio. ¿Qué es la paz? ¿Un silencio? ¿Una tregua? ¿O acaso una forma más refinada del olvido?
Se dirá —con esa fe mediocre que tienen las definiciones— que la paz es la ausencia de guerra. Pero esa respuesta, que satisface a los prudentes, deja intacto el temblor esencial de la pregunta. Porque la guerra no siempre es estruendo ni pólvora: a veces es una grieta íntima, un rumor persistente en la conciencia, una batalla sin banderas donde el enemigo y el vencido son el mismo.
La paz, si existe, no pertenece del todo a este mundo. Es una extranjería. Algo que apenas roza la frente de los hombres cuando el tiempo, por un instante, se distrae de su tarea de destruirnos. Tal vez por eso la invocamos tanto: porque nunca se queda.
Quien viva para decirlo, que lo diga. Pero el que habla, incluso el más sabio, sólo puede ofrecer aproximaciones, sombras del concepto, reflejos en un espejo empañado. Dirá que la encontró en el sueño sin sobresaltos, en la tarde que no exige nada, en la mirada de alguien que no juzga. Y sin embargo, al decirlo, ya la habrá perdido.
Y los muertos —esos habitantes de una geometría sin dolor—, ¿qué podrían agregar? Si la paz fuese simplemente no sentir, entonces toda tumba sería un templo. Pero algo en nosotros se resiste a esa conclusión: intuimos que la paz no es la nada, sino una plenitud tan vasta que no cabe en la experiencia humana.
Quizás la paz sea una forma del orden, no el orden rígido de las leyes, sino un acuerdo secreto entre el alma y el universo. Un instante en que todo coincide: el pulso con el tiempo, la memoria con el presente, el deseo con su límite. Un instante que no puede retenerse, porque su esencia es la fuga.
Por eso, quien la haya conocido verdaderamente, dudará en nombrarla. Y quien la nombre con certeza, acaso no la haya conocido nunca.
La paz, entonces, no se define: se presiente. Es ese raro momento en que dejamos de interrogarnos. Y como toda gracia, no responde a la voluntad ni al mérito, sino a un azar que, por piedad o por ironía, decide concedernos un breve descanso en medio de nuestra interminable vigilia.
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