Tuyo siempre

Tuyo siempre

LeónRots

10/05/2026

por LeónRots.

Retratar,        tomar fotos,        cantar,    pintar y escribir. Era apenas el principio. 

Ser                  y                  amar: una chispa en el filo de lo desconocido.

La noche encendía la realidad con una tonalidad distinta, dando paso a una visión profunda. Mucho más elegante. Mucho más tuya. Te acercaste al espejo —como advirtiendo que algo sagrado estaba a punto de ocurrir— y la luz te dibujó dos veces. Tu rostro y tu sombra se volvieron nítidos, casi transparentes, como si el universo necesitara mirarte de cerca.

En ese instante la poesía respiró al lado tuyo, susurrando: fuego, ceniza, renacimiento… alma. En una suerte de metempsicosis, en un lenguaje nuevo que abrió los ojos y como escribiéndote a vos o a ella —a los dos juntos— comenzó a crecer lentamente. Creció en declive como crece el crepúsculo ante la oscura nebulosa.

Cómo olvidarlo. Si las nubes te quedaban pintadas, te envolvían como una segunda piel de luna y las estrellas cómplices, sonreían como afirmando tu belleza. Había hexágonos y acordes flotando en un océano desdibujado, y un rumor de rituales domingueros que aún no existían, pero que ya nos rodeaban.

Después llegaba la madrugada con un tinte azul tan vibrante que rozaba el púrpura. Mirarlo por un segundo era transportar el pasado al presente continuo —aunque el futuro todavía no sabía caminar pasados— como un artefacto del tiempo. Si lo hubieras visto, verías también ese mundo interno, del que tanto me cuesta hablar a veces. Tan vivo que parecería una película; de esas que te gusta mirar las tardes de domingo.

Yo, en cambio, miraba tu foto —la del dibujo, la de siempre— cuando el tiempo se abrió como aquel pájaro amarillo que cayó sobre la rama del maracuyá y partió el aire con su trino. Su canto envolvió todo tu encanto. Tu sonrisa se descolgaba desde el cielo verticalmente. Había una ventana abierta, un atrapasueños moviéndose apenas, una pulsera de colores amarillos, verdes y rojos, y un piercing brillando como un antiguo secreto. El almíbar de tu cintura se disolvía en la línea crepuscular. Tu nombre vibraba como un tatuaje fresco sobre la piel del mundo, incluso antes de mencionarlo, con los ojos encendidos por una luz que yo no sabía que tenías.

Fue un 14 de agosto, cuando te vi radiante, de blanco, sonriendo. Entonces sonreí yo también. Una risa se soltó en el viento con tanta libertad que el pitiayumí me miró como quién presencia un milagro antes de salir volando.

La profundidad de tu mirada y tu bronceado me marearon mientras sonaba “Tuyo siempre” en la radio, cuando se apagó la luz, pero el milagro no retrocedió ni un paso. Y en medio de la penumbra, las voces cantaron: “si alguna vez no me vuelven a ver…”

Bastaron cinco minutos para que el corazón dejara de pedir permiso y para darme cuenta que la primera alma de la madrugada siempre era la tuya. Así lo supe: lo mejor no fue conocernos. Tampoco fue nuestra historia. Lo mejor recién estaba empezando.

Y así, por presagio sagrado, por milagro del tiempo, por pretérito imperfecto o futuro compuesto, la noche me contó su secreto más íntimo: entre palabras y cristales, entre el amor y un jardín que nadie vio. Cuando agosto bebía vino por las noches y tomaba café por las mañanas. Cuando la oscuridad hacía el amor con la poesía en madrugadas húmedas.

A veces era un lobo, a veces una sombra. Pero esa vez no me perdí, esa vez no me atraparon. Yo era el animal que buscaba a su hembra como se busca la palabra perfecta.

Ella bailaba desnuda entre trémulas canciones, versos y mordidas que ardían cristales sobre un tatuaje de sal que había en su espalda. 

Libélula exótica. Diosa marina. Venus latina. Orquídea violácea nacida entre la vida y la muerte. Te veo flotando en un líquido que emanan los astros.

Cuando éramos uno. Cuando el amor hacía bien su trabajo. Cuando la noche —entre libros viejos y canciones de Calamaro— te traía de regreso.

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