El rancho está cerca de Metrocentro, en Managua. Es una estructura de palma y mástiles de madera que apenas sostiene el peso de la tarde. Hay quince mesas con manteles blancos y rojos, distribuidas por áreas. La barra tiene forma de C y una puerta plegable de madera; queda junto a los baños y los tres congeladores. La cocina está al fondo, cerca del parqueo. Es un espacio amplio que también usan los oficinistas de enfrente.
Es martes. Hace calor.
Dos días antes, Luis había citado a Dorian y a Martha. Llegaron puntuales: dos de la tarde. Luis pidió tres cervezas clásicas y jarras heladas. Fumaba L&M rojo. Tenía un tic en las manos. Le sudaban a menudo, pero se convencía de que era el estrés del periódico. Los tres estaban ahí por una idea que venía acumulando charlas, amagos y hallazgos.
Dos años atrás, Martha cubrió en Jinotega un caso de abuso infantil. Terminó con el asesinato de una familia de cuatro personas. Dos semanas después del crimen, según un corresponsal del Diario Nacional, la policía liberó al sospechoso. Martha volvió con un reportaje que ganó un premio. Tiene veintiséis años y su referente es la argentina Leila Guerriero.
Dorian estudia Periodismo y es amigo de Luis. Cursan cuarto año. Luis escribe crónica deportiva y perfiles; Dorian incursiona en el reportaje político. Ambos quieren publicar un libro. Martha también.
—Creo que ya es hora —dice Martha—. Voy a publicar el poemario.
—Me alegro. Te lo mereces —dice Luis.
—¿Y vos, gatito? —pregunta Dorian mientras enciende un cigarrillo—. ¿Qué vas a hacer con esos tres manuscritos de cuentos? ¿Te da miedo?
—Los estoy enviando a una revista costarricense. Tal vez publiquen algo.
—Ojalá —dice Martha.
—Sí, ojalá —responde Luis.
Dorian se inclina hacia él.
—Hay algo que quiero decirte, Luis. Un tema que Martha y yo queremos plantearte. Ya pasó mucho tiempo. Deberías ver a tu hijo. Le haces falta, jodido.
Luis bebe, fuma y se remueve en la silla. Mira a Dorian a los ojos. Sonríe. Le pide el cenicero a Martha y ella lo acerca.
—¿Estás bien, Luis? —pregunta ella.
—Eso creo.
Dorian acerca su silla a la de Luis y lo rodea con el brazo. Lo atrae hacia sí, suavemente. Luis calla y se deja caer sobre su amigo.
Son las seis de la tarde. Empieza el frío. El cielo está despejado. Luis va al baño y saca una bolsa pequeña. Inhala. Enciende un cigarrillo. Frente al espejo, se estira la piel del rostro, fuma y se queda mirando su propio reflejo
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