¿Cuánto tiempo ha pasado desde ese día en que tenía pelo y este, aún conservaba su color levemente amarillo?
¿Cuánto tiempo ha pasado desde ese día en que todo era alegría?
¿Cuánto tiempo ha pasado desde ese día en que la vida inicio su tarea de ir arrebatando silenciosamente, a paso cansino, esos bellos tiempos transcurridos? ¡¡¡Como si no doliera!!!
Ha intentado prohibirse el hecho de mirar hacia atrás, puesto que aún hay valiosas cosas por venir, pero ese remolino en su pecho cansado, hace que el cerebro no deje de recordar… ¿Angustia? ¿Desazón? No puede descifrar aún, cuál es el sentimiento que embarga ese ser todo lo que siente hoy por ese pasado, pasado empeñado en coartar los caminos, tanto del presente como el futuro.
Se había propuesto vivir al máximo, valorar algo que nunca regresara, siempre vivió su propia vida, si ningún rastro de gastar la suya tratando de vivir la de alguien más, él había descubierto cuanto valía la suya, propia.
Aun al despertar cada día, su alma se sentía extremadamente cansada, tenía en claro que se avecinaba otra jornada agotadora, sintiendo la obligación de fingir el “todo va a estar bien”.
Ser fuerte la mayor parte de su tiempo era demasiado agotador para su envejecida alma, sabía del comienzo de esa genuina pesadilla que a diario, comenzaba realmente cuando despuntaba el alba y sus ojos se abrían, para dar paso a esa nueva jornada.
Otras veinticuatro horas… ¿Y van?…
El hombre sabía muy bien de su sufrir, ese que sin testigos presenciales, lo hizo reír para que se desvanezca la tristeza, con el propósito de esfumar esa sensación que lo agobiaba, sí, sonreía, con la intención que la esquiva felicidad apareciera, felicidad que, cual polizón ignorado, se había colado, invisible, dentro de sí.
Sentándose sobre la inerte silla tapizada con una impoluta tela suave, de la cual nunca supo su nombre, un cigarrillo en el cenicero que nunca encendió, un humeante café, bolígrafo en mano y un papel que esperaba ser llenado con los trazos que no llegaban, una biblia abierta en una página al azar, tal vez buscando alguna respuesta, esa que no encontraba; todo prolijamente acomodado sobre la pequeña mesa de algarrobo.
Sus ojos observan el interior de la vivienda, buscaba la manera, método o elemento para llevar a cabo su propósito.
La actividad neuronal disparaba destellos haciendo aparecer en su mente distintas imágenes:
Método ¿simple o combinado?
Auto envenenamiento, alcohol y monóxido de carbono (se vio alcoholizado y durmiendo dentro de su auto, mientras este en marcha, con el garaje cerrado, colaboraba en su cometido)
Arma blanca… visualizaba un corte en su muñeca.
Arma de fuego… el orificio de entrada en su lado derecho.
Salto de un lugar elevado… flotando cual hoja al viento. (Esto le hizo esbozar una leve sonrisa) su mente, ahí, en ese mismo instante le jugó una buena pasada, él divague fue tal que las imágenes representadas fueron verse cayendo de una altura considerable y flotando, sin llegar nunca al suelo y, cuando lo hizo, fue con una suavidad extrema.
Pensó en voz alta.
– Al fin y al cabo voy a morir cualquier día de estos…
Se sentía con una involuntaria incapacidad de resolver determinadas situaciones, el agobio inclinaba una ficticia balanza hacia el lado de la impotencia.
Mientras tanto en su cabeza retumbaba el final de los versos que otrora plasmara en papel, Juan de Dios Peza…
“El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto
Y también a llorar con carcajadas”.
Si bien la vida lo había castigado duramente, había sabido superase levantándose en cada una de sus caídas, estaba claro que romper esa inercia era duro y el más complicado siempre le había parecido el primer paso, sabía que había fallado, pero era una nueva oportunidad para recomenzar, gracias a las caídas que esos malos momentos le hicieron padecer, ellas mismas, le enseñaron lecciones espectaculares.
Quería, necesitaba imperiosamente cruzar esa barrera, hasta que se dio cuenta de que si quería cruzar la cordillera, no lo haría solo mirando una foto.
Cavilando en ello, descarto todas esas ideas locas diluyéndolas de sus pensamientos diciendo para sí…
– vale la pena vivir mi vida.
Con ideas un poco más claras, se fue a descansar para, en brazos de Morfeo, tener al día siguiente una nueva oportunidad.
Al día siguiente ya estaba totalmente preparado para esa nueva oportunidad. Su ánimo estaba para decirle a la cara a los errores…
– Vengan yo los voy a corregir.
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