El intercambio de miradas fijas, nuestros latidos acelerados, los gritos deseosos de nuestros labios y el silencio de las palabras, resultaron inculcar el encanto con creces en mí corazón. Superando por mucha intensidad a la leve timidez que anduvo de paso en el momento. Acto continuó mis manos ascienden pacientes a tocar con delicadeza su rostro tierno y bello. Mientras que para el desenlace, sin desconectar nuestras miradas, me acerco despacio como disfrutando cada segundo y, con la paz en el alma aumentado a su ritmo, nuestros labios perdían apasionadamente el respeto.
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