Carmelo y Jovino eran dos amigos inseparables. Uno vivía al lado del otro. Todas las tardes solían pasear hasta el arroyo. Una hora de camino, ida y vuelta.

—Carmelo, vámono temprano, hoy parece que va a llovei. Mira esa nube que se aceican.

—Vámono, Jovino. Yo creo lo mimo.

Ambos iniciaron la caminata con un paso más ágil de lo habitual.

—Jovino, tú eres un hombre estudiao. Te tengo una pregunta. ¿Qué es eso de democracia?

—A dio, Carmelo. Te vua ponei un ejemplo. La democracia e, por ejemplo, como en una casa: si se va a comei, la comía e pa to.

—Yo creía que era dei que la compró.

—Tú tiene razón, pero en una sociedá civilisá, lo que aparece e de to. Lo libro dicen que la democracia e ei gobieino dei pueblo. No e de lo presidente y su gente, e de to.

—Te pregunto, Jovino, poique eta mañana decían en la radio que en nuetro paí hay democracia.

—Eso e lo que se dice, aunque no se ve mui claro. Ei único podei que tiene ei pueblo e un voto cada cuatro año. Pero no e ningún podei. Lo político hacen lo que le place con ei paí, dede que lo ponemo ahí.

El agua del arroyo corría más de prisa que siempre. Carmelo miró hacia el nacimiento; notó que allí ya estaba lloviendo. Señaló hacia la montaña.

Jovino miró hacia allá y luego vio el arroyo. Con asombro, dijo:

—Carmelo, vámono. Hoy no no vamo a bañai. Ei río trae mucha agua. No vamo a mojai.

Los dos amigos salieron corriendo hacia la casa. El aguacero los alcanzó y los granizos les dieron una verdadera pela. Llegaron exhaustos. Se doblaron mientras trataban de recobrar el aliento.

—No rieguen agua. Esperen ahí, les traigo una toalla —dijo Mireya, la madre de Jovino.

—Dejen esa ropa mojá ahí.

—Mamá, lo granizo no dieron una pela.

—¿Cuáles granizos?

—Oye, Carmelo, pero mamá, eso granizo no trajeron ata aquí.

—Esa mojá les pue traé una gripe mala. Séquense y pónganse ropa. Les voy a hacei una tisana.

—Me ta doliendo la cabeza, mamá.

—A mí también, Jovino. Me voy a casa.

—Espera la tisana.

—Ai no. Me voy. Ete doloi me ta matando.

La madre de Jovino hizo la tisana en un dos por tres. Jovino la tomó y se acostó. La fiebre se fue tan rápido como llegó.

Carmelo llegó a su casa. No dijo nada a nadie sobre lo sucedido. Solo dijo que le dolía la cabeza y que se iba a acostar.

—Espera la cena —dijo su hermana Juana desde la cocina.

—No. Tengo mucho frío. Me voi acotá.

La fiebre le subió a Carmelo hasta hacerlo convulsionar. Nadie se dio cuenta. Nadie se preocupó.

Al otro día, Jovino, todavía adolorido, se levantó y quiso saber de su amigo.

—Juana, ¿y Carmelo?

—No se ha levantao. Déjame llamailo.

—¡Carmelo, Carmelo! ¡Jovino etá aquí!

No recibió respuesta. Lo movió y lo movió, pero no respondió.

—Jovino, parece que ta muerto.

Jovino se quedó mirándolo.

—Ai, Dio mío.

—La granizá se lo llevó.

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