Recuerdo cuando era niña.

Había una mujer que me cuidaba

como si fuera su propia hija.

Tenía 19 años,

se llamaba Irene,

de origen aymara.

Y ahí estábamos:

ella, casi una niña,

yo, una cambita de acento chistoso

en una ciudad que no era del todo mía.

Crecí bastante sola.

Mis hermanas tomaron otros caminos,

y mi madre —con el corazón roto—

no siempre podía cuidarme.

Se había casado muy changuita,

así que más que madre,

yo la sentía amiga.

Pero Irene…

Irene era mi casa.

Éramos inseparables.

Con la pensión que mandaba mi papá

nos escapábamos a comer api con pastel,

aunque él dijera

que era comida de calle, poco fina.

A mí me sabía a felicidad.

Irene me hablaba de sus llamitas,

del campo,

de cómo cosechaban papas y hacían chuño:

esa papa que duerme en el frío del altiplano,

que se pisa bajo la helada,

que se vuelve oscura

y luego renace al hidratarse,

para encontrarse con el queso fresco

en una papa puti tibia y sencilla.

Su mundo

era tan distinto al mío

que parecía un cuento.

Pero Irene y yo

éramos lo mismo:

dos niñas contándose secretos,

miedos,

pequeñas verdades.

Yo tenía cinco años.

Y esos son algunos

de los recuerdos más lindos que guardo.

Ir al mercado

y elegir los zapallos más bonitos,

probarme sombreros de cholita,

cargar a mis wawas de peluche en aguayos,

y cuando no podía dormir,

meterme en su cuarto

a ver Rubí.

Hasta que un día…

En mi barrio, Auquisamaña

—barrio de viejitos, en aymara—

yo estaba segura

de que había fantasmas.

Entré a mi cuarto de muñecas

y sentí una presencia.

Un vacío.

Un frío.

Grité como nunca en la vida.

Irene vino corriendo.

No se asustó del fantasma.

Se asustó por mí.

—Se te ha ido el ajayu —me dijo.

Desde entonces

me hago la misma pregunta:

¿habrá vuelto?

¿O una parte de mí

se quedó para siempre

en ese cuarto,

en esa infancia,

con Irene?

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