Es la mañana de un frío domingo de invierno. La nieta adolescente se afana en acabar los deberes que ha de entregar al día siguiente sentada a la mesa del comedor, en pijama y batín, con la televisión encendida, aunque sin volumen. La abuela, en el mejor sofá de la casa, con una manta marrón que cubre sus artríticas rodillas, un chal sobre sus desgastados hombros y la estufa de gas delante de ella, humedece repetidas veces en su boca un fino hilo de coser que después enhebra en una aguja y con el que se dispone a zurcir la pieza de ropa que sostiene entre sus manos. Por los cristales empañados de las ventanas se cuela un tímido rayo de sol invernal sobre el que bailan diminutas motitas de polvo. El aroma a guisado de patatas con ternera se cuela en la estancia acompañado de las dulces notas de la copla Ojos verdes en boca de la madre.
—¿Te he contado alguna vez la historia de cuando mi Higinio volvió de la guerra?
La anciana ha lanzado la pregunta al aire como quien lanza un sombrero. La nieta se gira un instante para comprobar si es a ella a quien habla. Como la abuela continua con los ojos fijos sobre sus manos laboriosas, la observa con las cejas arrugadas durante unos segundos y, al tropezar con su mutismo, vuelve a centrar la atención sobre el libro de matemáticas.
Nieta y abuela continúan con sus quehaceres unos minutos más hasta que esta última interrumpe de nuevo.
—¿Cuándo me vais a traer el desayuno?
—Pero, yaya, si ya has desayunado.
—¿Que yo he desayunado? ¡A mí no me intentes tú engañar, eh! Que pensáis que ser vieja es lo mismo que ser tonta, y de eso nada. Que una podrá tener sus años, pero la cabeza aun me funciona muy bien —y, tras una pausa añade:— Todavía me acuerdo yo de cuando mi pobre Higinio volvió de la guerra. ¿Te lo he contado alguna vez?
Palabras mil veces pronunciadas salen por la boca de la anciana señora mientras la joven suspira y retoma sus deberes sin prestarle demasiada atención. Rojos, azules, nacionales, republicanos, la vecina que denunció al pobre Higinio y la pareja de la guardia civil que tocó a su puerta a la mañana siguiente para llevárselo al cuartelillo sin mediar explicación.
—¡Qué tiempos aquellos! ¡Vosotros los jóvenes no sabís lo que tenís!
La abuela, al obtener la callada por respuesta, deja a un lado la labor que sostiene entre manos y eleva la voz.
—Es que no me vas a traer el desayuno, ¿o qué?
—¡Pero que ya has desayunado, yaya!
—¡Que yo no he desayunado, leches!
La nieta deja escapar un hondo suspiro y llama a gritos a la madre, que aparece enseguida en el umbral de la puerta del comedor limpiándose las manos en el delantal que lleva puesto.
—¿Qué pasa?
—La yaya, que dice que quiere desayunar otra vez.
—¡Otra vez no! He dicho que quiero desayunar porque no he desayunado, que no es lo mismo.
—De acuerdo, madre. Ahora le traigo unas galletitas.
—No, no; unas galleticas no. Que están rancias, las jodías. Mejor tráeme un vaso de leche con una miaja pan, anda.
—Muy bien, madre. Ahora mismo se lo traigo.
La pequeña niega con la cabeza repetidas veces y vuelve a sus deberes mientras la abuela humedece el hilo de coser en su boca, enhebra la aguja que cree tener entre las manos e imagina que zurce una pieza de ropa que no existe.
Y es que el Alzheimer entra sin permiso, como esos indeseables que se cuelan en las bodas sin haber sido invitados, o como la molesta visita que se presenta sin previo aviso y toleras porque piensas que tan solo durará unos minutos; sin embargo, el tiempo se alarga y, sin saber cómo, ella sigue ahí, instalada en tu casa, invadiendo tu espacio, robándote tu tiempo y tus rutinas.
Gritos amenazan provenientes del comedor. La madre corre hasta allí. Desde la puerta, atónita, observa la escena: la abuela de pie, enzarzada en una especie de lucha con la nieta, la manta y una zapatilla desperdigadas por el suelo y, de algún modo, el vaso de leche ha sido derramado sobre los deberes de la adolescente, que llora con desconsuelo mientras intenta sujetar a la anciana.
—Pero, ¿qué pasa aquí?
—Tengo que salir en busca de mi Carmen. Su casa se está incendiando. ¡Se va a abrasar! ¡Las llamas se lo están comiendo todo! ¡Tengo que ayudarla! ¡Vamos! ¡Quítate de en medio!
La abuela empuja a la nieta con fuerza inusitada para encontrarse después que las enérgicas manos de su hija la sujetan con firmeza.
—¡Ya estamos! ¡¡Que me dejéis salir!! —exclama la anciana.
—Pero madre, ¿no se da cuenta de que usted sola no puede ir a ningún sitio?
—¿Madre? ¿Por qué me llamas madre? ¿Tú quién eres?
—Madre, por favor… Venga, yo le ayudo. Sentémonos un momentito en el sofá y se lo explico todo.
—¡Que me sueltes te he dicho!
—Todo son figuraciones suyas, madre. No hay ningún incendio, se lo aseguro. Tiene que volver a sentarse.
—¡No pienso quedarme sentada mientras mi hija se abrasa! ¡¿Qué es lo que no entiendes?!
—Madre, por favor, no hay ningún incendio.
—¿Pero qué dices? ¿Por qué mientes? ¡¿Por qué todos mienten?! ¡Carmen! ¡Carmen!
La anciana, más tranquila, se dedica de nuevo a coser en el sillón con aguja e hilo imaginarios la prenda que cree tener entre sus manos. La nieta, más calmada también, rehace los deberes manchados con el vaso de leche que se volcó sobre ellos.
—¿Te he contado de cuando mi pobre Higinio volvió de la guerra? —pregunta de pronto la abuela.
La madre quita con disimulo la solitaria lágrima que se precipita por su mejilla.
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