A veces siento que encontrarte no fue un inicio, sino un regreso.
Como si desde antes de mirarnos ya existiera un eco tuyo dentro de mí,
una especie de memoria imperfecta que solo cobró sentido
cuando por fin levantaste la mirada y yo la sostuve.
Habíamos coincidido tantas veces sin vernos de verdad,
pasando uno al lado del otro como quien roza una historia pendiente.
Pero el día en que nuestros ojos se reconocieron,
algo se abrió con una claridad imposible de ignorar:
todo fluyó como si hubiéramos llegado tarde a un lugar
que siempre había estado esperándonos.
Desde entonces entendí que el amor no empieza donde uno lo planea,
sino donde el alma decide descansar.
Y la mía descansó en la tuya sin pedir permiso,
con esa naturalidad que no se puede forzar ni inventar.
He aprendido que amar no es moldear al otro
ni construir un ideal para encajar en él,
sino ver la esencia tal cual es
y aun así sentir que uno está en el sitio correcto.
Porque contigo entendí que incluso el caos puede enamorar,
que hay miradas que sostienen,
silencios que acompañan,
verdades que no necesitan ser explicadas.
Y en medio de esa claridad comprendí que tu llegada
no fue un accidente del tiempo.
Fue respuesta, fue coincidencia afinada,
una de esas vueltas de la vida que parecen simples
pero cambian el ritmo de todo lo que tocan.
Por eso amarte se volvió la certeza más hermosa,
una certeza sin ruido, sin apuro,
hecha de gestos pequeños que dicen más que cualquier promesa.
Cuando estamos juntos, el mundo baja la voz.
Tu piel pronuncia mi nombre sin hablar,
la mía te reconoce como si lo hubiera hecho siempre,
y cada caricia encuentra su lugar sin buscarlo.
El deseo nace tibio, como un susurro,
y va creciendo con la calma de lo inevitable,
mezclando lo humano con algo que no sé nombrar
pero que se siente antiguo, profundo, verdadero.
Hacer el amor contigo es entrar a un espacio suspendido,
donde el cuerpo entiende lo que el alma calla
y la respiración se vuelve un poema que nadie escribió
pero que existe igual.
Y después, cuando llega la quietud,
cuando las manos dejan de hablar y el silencio vuelve,
te miro.
Y en esa simple acción se ordena todo:
tu presencia, tu manera de estar, tu forma de quedarte.
No eres casualidad ni coincidencia,
eres propósito.
Eres ese lugar que no se busca
pero cuando aparece uno sabe que es hogar,
un refugio que no pide nada
pero lo transforma todo.
Y si algún día el tiempo decide separarnos,
nada de lo vivido perderá su luz.
Porque amarte así, sin reservas, sin máscaras, ha sido un regalo que no depende del futuro,
una verdad que reconocí apenas llegó
y que llevaré conmigo como quien guarda
un fragmento de lo que alguna vez hizo al alma vibrar… haberte amado libremente, con la certeza plena
de quien reconoce una bendición cuando la tiene entre las manos,
es lo mejor que me ha podido pasar.
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