Los muelles esconden sus viejos maderos,
detrás de las dunas, de un trozo de mar,
y oleajes de acero.
Oscuro rincón,
bandadas de latas curtidas que azotan los mares,
se mesen a veces, con vaivén imberbe de coito ancestral.
Columnas de musgos babeantes,
regresan arriba,
restos de alga y lodo,
se pegan al muelle, colgando lo visten.
Oscuras almejas sin perlas, mugrientas,
sonríen,
lo encierran, se agarran con fuerza.
Perverso rincón, vigilia de pozo, astucia de araña.
Mira para arriba con sus ojos sueltos,
paciencia de ave que empolla camada.
Fue, entonces, cuando la eligió a ella,
dejó que sus brazos llegaran al fondo,
atados con agua.
Encima, allá lejos, veía las olas como un techo vivo,
de espumas y vientos, rugiendo en silencio.
Cubrieron las algas,
con sus gasas blandas de seda marina,
su ingrávido pelo,
lo alargan, lo tiñen de verde,
y un toque de nácar.
Entonces el agua repletó su tráquea,
sus bronquios de otoño, de ramas sin hojas,
también se llenaban.
Ya no más palabras de aire, de brisas partidas,
siempre temblorosas, de sílabas secas, pálidas,
perdidas, frágil, herbáceas,
siempre disgregadas,
sin una burbuja subiendo hacia arriba.
Le quedó el recuerdo borroso, de aquellas canciones infladas,
repletas de brisas,
cometas que flotan y tocan las nubes,
las aves que vuelan, desafiando el aire.
Salen de sus branquias un olor a roca,
a corrientes tercas, a saladas algas, a medusas muertas.
-Y sus melodías son todas de arena, de espumas,
de añiles destellos, de espinas de erizos.
Escamas de agua marina abrazan sus piernas.
De brillo de luna untaron su cara.
Sus saltos de plata sobre las mareas,
recuerdan delfines,
la pierden, la alejan.
Se hunde en las olas como una gacela,
con piernas de aletas.
Y una melodía roza las corrientes,
las arpas de piedras se escuchan de pronto.
Los corales rojos, con sus ramas secas,
algunas partidas por cualquier tormenta,
dan vida a las cuerdas,
de un arpa de arena,
siempre cuando nace,
alguna Sirena.
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