Desplomada en el sucio piso de la cocina,
con los brazos —dos inútiles vigas de metal—
colgando a mis lados,
y las rodillas vencidas, temblando.
Ese punto exacto
en el que el cuerpo dice basta
antes que la cabeza.
Lloré la furia.
Las lágrimas bajaban solas.
No pude levantar los brazos
para secarlas.
Entre la cocina y mi cuarto, un pasillo oscuro
que se hizo más largo de golpe,
a lentos pies arrastrados.
Al llegar, mi única intención era
simular ser parte del colchón,
fundirme en él,
ser materia blanda.
Si me acuesto de costado
y me quedo muy quieta,
tal vez el trabajo no siga creciendo
como una sombra.
Si hago la respiración mínima,
la más lenta de todas,
quizás mi perra no necesite nada de mí.
Si me enrosco en posición fetal,
quizás al abrir los ojos
la casa esté limpia y ordenada.
¿Y si no me levanto?
Si paro,
¿no me levanto?
Él no está ahora.
Y pensé que tal vez podía aprovechar
para permitirme estar triste.
Pero me asustó la posibilidad
de entrar ahí
y no saber cómo salir.
Por eso escribo.
En posición fetal, siendo un colchón.
Un nudo de huesos
que deja la pena en el papel
para poder levantarse después.
Todavía no sé
si rendirme
o seguir.
OPINIONES Y COMENTARIOS