Sigo en camino. Aunque todo sea distinto.

Sigo en camino. Aunque todo sea distinto.

Alexis Hurtado

09/02/2026

Hay días en los que el cuerpo ya está aquí, pero el corazón todavía está acomodándose. No porque no quiera estar, sino porque venir de un lugar que fue casa deja huellas. A veces me descubro comparando sin querer, buscando referencias, intentando entender este nuevo espacio desde lo que ya conozco. Y entonces recuerdo que también esto necesita tiempo.

Este nuevo seminario me pide paciencia. Me pide bajar el ritmo interior, no sacar conclusiones apresuradas, aceptar que el sentido no se revela de inmediato. Me pide aprender nuevas formas, otros lenguajes, otras dinámicas. Y eso cansa. Cansa empezar de nuevo cuando uno ya ha caminado bastante.

También hay pequeños signos que invitan a la esperanza: gestos sencillos, momentos de calma, instantes en los que siento que quizá, con el tiempo, algo también pueda florecer aquí. No los idealizo, pero los agradezco. Son como luces pequeñas en medio del ajuste.

Estoy aprendiendo que adaptarse no significa olvidarse de lo vivido, ni endurecer el corazón para no sentir. Significa permitir que el pasado sea raíz y no ancla. Significa darme permiso de extrañar sin quedarme atrapado ahí. Significa confiar en que este presente, aunque incómodo, también tiene algo que enseñarme.

Ocho días no definen una historia. Pero sí dicen mucho del estado del corazón. Y hoy el mío está así: sensible, atento, cansado por momentos, pero todavía dispuesto a seguir discerniendo con honestidad.

No sé qué traerán los próximos días. Por ahora, me basta con estar, con no huir, con seguir caminando aun cuando el paso sea lento. Porque a veces, permanecer también es una forma de fe.

A ratos me pregunto si este cansancio que siento es solo por el cambio o si también es una forma de duelo. Dejar un lugar que fue hogar, aunque no haya sido por decisión propia, deja un vacío que no se llena rápido. Y llegar a otro espacio mientras ese vacío sigue ahí exige más de lo que a veces uno quiere admitir.

Aquí todo me invita a comenzar de nuevo, incluso en cosas que creía ya aprendidas. Volver a ubicarse, volver a entender las reglas no escritas, volver a medir las palabras, los silencios, los gestos. No es rebeldía ni rechazo, es simplemente el esfuerzo de alguien que está reacomodando su interior.

Hay días en los que la nostalgia aparece con fuerza. No como un deseo de huir, sino como un recuerdo que duele porque fue bueno. Me sorprendo extrañando la espontaneidad, la cercanía, la sensación de estar sostenido. Y al mismo tiempo me cuestiono si está bien sentir todo esto, si debería ser más fuerte, más rápido, más adaptado. Poco a poco voy entendiendo que sentir no es fallar.

Este lugar todavía me resulta ajeno, pero no hostil. Y eso también es importante decirlo. No me siento rechazado, solo desubicado. Como quien llega a una casa nueva y todavía no sabe dónde dejar las cosas. Tal vez con el tiempo encuentre mi lugar, tal vez no de la misma forma, pero de alguna manera verdadera.

Estoy aprendiendo a no exigirme respuestas que aún no pueden llegar. A aceptar que el discernimiento no siempre se vive con paz, sino muchas veces con tensión. A confiar incluso cuando la oración no se siente clara y cuando el silencio parece más largo de lo habitual.

Sigo aquí. No por inercia, sino por decisión. Una decisión frágil, sí, pero honesta. Y hoy, eso es lo único que puedo ofrecer: permanecer un día más, escuchar un poco más, abrir el corazón sin garantías.

Quizá este tiempo no viene a darme certezas, sino a enseñarme a caminar sin ellas. Y aunque eso asusta, también forma.

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