Si la belleza fuera delito, tú ya estarías cumpliendo condena.

Si la belleza fuera delito, tú ya estarías cumpliendo condena.

Y no una condena leve, de esas que se olvidan con el paso de los días. Sería cadena perpetua. Habrían reunido pruebas durante años: fotografías, recuerdos, miradas furtivas, silencios inexplicables, conversaciones que terminaron hablando de ti sin que nadie pronunciara tu nombre. El expediente ocuparía una biblioteca entera y cada página sería una confesión de quienes, por un instante, perdieron la razón al encontrarte.

Los fiscales sostendrían que has alterado el orden natural de las cosas. Que donde pasas el tiempo parece detenerse unos segundos; que más de un reloj ha olvidado su oficio por quedarse contemplando un gesto tuyo; que algunas personas han cambiado de camino sólo para volver a verte, fingiendo casualidades que nunca existieron.

La defensa tendría una tarea imposible. ¿Cómo defender a alguien cuando las pruebas son tan evidentes? ¿Cómo negar la belleza sin mentir? Intentarían argumentar que todo depende de los ojos que miran, que la hermosura es una ilusión subjetiva. Pero bastaría con abrir las puertas del tribunal y dejar entrar la luz de una mañana cualquiera para que todos comprendieran que ciertas presencias desarman cualquier teoría.

Los jueces deliberarían durante semanas. Consultarían filósofos, poetas, pintores y músicos. Interrogarían a Platón, que hablaría de la belleza como un recuerdo del mundo perfecto; a Borges, que diría que la belleza es una de las pocas formas de felicidad que no necesita explicación; a los enamorados, que responderían con un silencio lleno de certezas.

Al final llegaría la sentencia.

«Se declara culpable a la acusada de embellecer el mundo más de lo razonable; de provocar sonrisas involuntarias; de robar suspiros sin violencia; de alterar el pulso de quienes la contemplan; de sembrar nostalgia incluso antes de marcharse.»

Pero la condena tendría una particularidad: nadie querría que terminara de cumplirla. Porque hay delitos que empobrecen al mundo y otros que lo vuelven un lugar más habitable. El tuyo pertenecería a esta última especie.

Y quizás, cuando el tribunal ya estuviera vacío y los expedientes cubiertos de polvo, un viejo escribiente dejaría una nota al margen del fallo:

«La justicia hizo lo que pudo. La ley castigó a la belleza. Pero el corazón, como siempre, absolvió a la condenada.»

Porque hay personas cuya única falta consiste en recordarnos que todavía existen cosas capaces de detener el tiempo. Y si eso fuera un crimen, entonces el mundo entero sería cómplice de tu libertad.

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