Llorando yace mi cuerpo, tendido en el regazo del
río,
floto sin urgencia,
pues ni el tiempo ni la roca sedimentaria
osarán precipitar mi alma
como domingo inerte en campana muda.
No hay prisa:
el viento, benigno, me tutela
con su soplo de arcángel fatigado.

¿Serán tus garras, amor,
ancla o naufragio?
Pregunto al cauce,
mas tú huyes,
y en tu fuga se estremece
la médula secreta de mi desamparo.

La febril liturgia del amor “ardor carnal sin
absolución”
proyecta, sobre mi sombra,
la inocencia extraviada del subconsciente,
cual lámpara rota que, aun quebrada, ilumina.

Antes que el alba irrumpa sobre el párpado azul,
dos gallos, heraldos del tránsito,
entonarán su cantus imprescindible,
y en esa aspereza de plumas y aurora
se anunciará mi partida.

Onomatopeyas imprescindibles,
ritual del sonido y del espíritu:
kikirikí del éxodo,
aullido de la carne desprendida,
susurro del alma que asciende,
como humo pálido
a la bóveda de un cielo todavía incrédulo.

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