Hay un instante —mínimo y desmesurado— en que uno descubre que los hijos no crecieron: simplemente se alejaron despacio, como esos barcos que desde la costa parecen inmóviles hasta que el horizonte los devora. Y entonces llega una noticia sencilla, “se casa mi hijo”, y el universo entero modifica su arquitectura secreta.
No sé si el calendario adelanta. Sospecho, más bien, que el tiempo es un viejo bibliotecario que acomoda los días en anaqueles equivocados. Ayer mismo ese hijo menor corría por la casa con el fervor inútil de la infancia, y hoy ensaya la grave ceremonia de fundar otra memoria, otra mesa, otros domingos.
Uno cree que envejece de golpe, pero no. Envejecemos lentamente, como los helechos olvidados en un rincón de la galería: silenciosos, verdes todavía, decorativos para los demás y profundamente melancólicos para nosotros mismos. El helecho no protesta; persiste. Tal vez en eso se parece a los padres.
Hay una tristeza delicada en ver casarse a un hijo. No la tristeza de perderlo —nadie posee realmente a nadie— sino la de advertir que el tiempo ya no es una promesa sino una acumulación. Los años dejan de venir desde adelante y empiezan a mirarnos desde atrás.
Sin embargo, acaso haya también una secreta victoria. Porque un hijo que se casa es una prueba de que alguna vez supimos construir refugio en medio del caos. Alguien que aprendió el amor bajo nuestro techo ahora se atreve a continuarlo en otra parte. Y eso, aunque duela un poco, tiene algo de eternidad.
Tal vez el calendario no adelante ni el tiempo atrase. Tal vez simplemente llegó esa edad extraña en la que uno empieza a parecerse a sus propios recuerdos.
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