La habitación era muy fría, sin una forma geométrica definida; sin puertas ni ventanas, tan solo unas rendijas de piso a techo que filtraban luz de diferentes intensidades, y no cabía ni una mano a través de ellas.
Elegí la más luminosa para ver qué había del otro lado. No se veía el exterior; en cambio, había una gran sala muy iluminada. La parentela de mi madre estaba ahí reunida, incluido yo. El alboroto entre risas y juegos que observaba me tenía embobado. Mis hermanos y primos estaban jóvenes. Sonreí y suspiré. Reparé en mis muertos; ahí estaban, vivos.
Mi curiosidad por escuchar lo que decían quedó frustrada por el exceso de ruido. Pretextos no faltaban para dar pie a aquellas reuniones. Así transcurrió mi vida por muchos años, hasta que los viejos fueron partiendo, uno a uno, quedando del otro lado de un abismo. Ahora los estaba disfrutando a través de una rendija que emanaba calor y amortiguaba el frío de la habitación en la que me encontraba. Con una sonrisa dibujada y contagiado del ambiente, me acerqué a otra rendija.
Había una mesa y, sobre esta, un periódico amarillento que mostraba una foto con paramilitares vestidos de civiles, portando bastones filipinos. La imagen empezó a moverse y vi cómo asesinaban a los estudiantes y aventaban los cuerpos inertes a los camiones grises de los halcones. Ya no estaba observando; me encontraba ahí. Corrí junto con otros compañeros por una callejuela. Las puertas de casas y comercios estaban cerradas y, conteniendo el aire, me pegué lo más que pude al quicio de una puerta.
Inmóvil y sudando frío, escuché las detonaciones dirigidas hacia los refugiados en aquella calle. No sé si realmente regresé o si solo lo vi a través de la rendija.
Los medios se encargaron de difundir diversas versiones, algunas influenciadas por el gobierno.
Cuando volteé nuevamente hacia esa rendija, ya no estaba; la superficie era totalmente lisa, como si nunca hubiera existido.
El silencio fue interrumpido por estruendos como de relámpagos de tormenta que me llevaron a la rendija de donde parecían venir.
Era el exterior, pero en ruinas, con edificios derrumbados. Era la calle donde vivía mi hermana María Elena. El aullar de sirenas de ambulancias, patrullas y bomberos ensordecía el ambiente. Había mucha gente en la labor de rescate; algunos abrazados entre sí, intentaban consolarse. Yo retiraba restos de materiales, muebles despedazados y objetos personales. La faena de remoción se detenía al lograr el rescate de alguien con vida o encontrar algún cuerpo inerte. Cuando alguien levantaba el brazo, era la señal para guardar absoluto silencio, intentando identificar algún quejido o ruido entre los escombros. Vi algunas pertenencias de mi hermana y supe que estaba cerca del sitio donde mis padres y ella quedaron sepultados bajo toneladas de escombros.
Escurriendo en sudor, e impregnado de polvo, traía conmigo ese olor a yeso molido, tan ligado al hedor de muertos que saturaba el ambiente en los últimos días del rescate. Sin reprimirme y, con las manos en la cabeza, me deslicé sobre la pared hasta el piso, recargado sobre mis rodillas. Permanecí sin medir el tiempo. Me costaba trabajo tragar saliva y mis labios reclamaban la resequedad. Había estado tan ocupado en entender que pasaba; que hasta ese momento me percaté que no tenía a nadie en quien apoyarme. Busqué en mi pantalón mis cigarrillos, pero no los traía; añoré una taza de café caliente o un buen vaso de agua fresca.
Me recuperé ligeramente y decidí asomarme a otra rendija. Un médico asistía un parto. Era mi madre. Al ver al recién nacido, se me iluminó el rostro: ¡era yo mismo! Pero la mirada de mi madre, me hizo temblar. Ya estaba muerta. Intenté borrar esa mirada.
En toda mi vida solamente la vi consternada un par de veces.
Un vientecillo helado se filtró por una rendija muy estrecha, llamando mi atención. Era tan angosta que no me permitía ver con nitidez; pegué mi ojo hasta aclarar la imagen borrosa. Era una sala funeraria totalmente a oscuras; mi vista se acostumbró y pude distinguir un féretro sin siquiera un triste cirio encendido, pues estos también eran eléctricos. Además de la oscuridad, no había nadie alrededor; la sala estaba vacía.
Me acerqué al ataúd y, al escuchar la voz de mi tío Miguel, sentí un gran alivio; él estaba sentado en una esquina del velatorio.
—Hijo, aquí estoy, me quedé velando a tu padre. Todos se fueron al sentir la réplica del terremoto. Hace ya un rato del apagón. No te preocupes él descansa en paz.
Sucesos que suponía arrinconados en el pasado en realidad seguían presentes.
Las luces que se filtraban por las rendijas se fueron apagando. Ya no me importó. Estaba deshecho; sin ánimo de seguir hurgando…
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