¿Existe algo más antiguo en la historia de la humanidad que la incesante lucha entre el hombre y sus sueños? Y no me refiero a los sueños como metas y objetivos, no, sino como estado de reposo. Girarse a un lado, luego hacia el otro, boca arriba, boca abajo, nada funciona. Luego aparecen las ideas, en su mayoría las mejores de ellas. Inventos, soluciones, la imaginación vuela, nada resulta más obvio cuando intentas dormir. ¿Por qué no busco pluma y papel para anotarlas ahora? Bueno, perdería la poca somnolencia que he conseguido, no hace falta, las recordaré mañana por la mañana.

La voz en mi cabeza no se calla, no paro de pensar. ¿Qué fue primero, lenguaje o pensamiento? ¡Qué debate más complicado me planteo a estas horas de la madrugada! Ni los teóricos se ponen aún de acuerdo. Mi esposa yace a mi lado dormida, inmóvil, apacible. No comprende la agonía de quien no logra contemplar sus sueños al cerrar los parpados, ¡Qué miserables nosotros que no nos dormimos! Declaramos que los ojos son la ventana del alma al presenciar la mirada de nuestros seres amados, pero, ¿Cuándo queda tiempo para observar la nuestra propia, sino al dormir? De algún modo, cerrando dichas ventanas es que contemplamos nuestra propia alma. Jung dijo alguna vez que quien mira para afuera sueña, y quien mira para adentro despierta. ¡Cuán cerca se encontraba de la verdad!, a excepción de un sencillo detalle; Ambas, en esencia, son parte de un todo. Quién mira para adentro sueña, y puesto que sueña, despierta.

Ah, los sueños… en algún punto de nuestra existencia creímos que eran una premonición de los dioses para guiar nuestro augurio, pudiendo llevarnos tanto a la gloria, como a la miseria. Hoy se conoce que son el producto de un desequilibrio emocional, que resurgen en nuestra mente para compensarlas o aliviarlas, aunque aparezcan de manera simbólica, claro está. Por tanto, ¿De alguna forma no tenían razón los antiguos filósofos? Nuestro pasado nos marca y nos guía el camino a seguir para evitar el dolor, y nuestros sueños nos muestran lo que alguna vez nos desboronó sustancialmente el alma, ¿No podríamos aprender a interpretar nuestros propios sueños para comprender hacia donde, sin darnos cuenta, nos dirigimos?

Sin embargo, aquí estoy yo, resolviendo diatribas existenciales con el único remedio el cual no puedo consumir, suplantándolo por somníferos, tomándolos como si de dulces se tratase. ¿Por qué ser así? Si dormir es un proceso natural ¿Por qué buscar ávidamente soluciones en el exterior cuando habitualmente la respuesta se encuentra en uno mismo? ¿Por qué limitarse además tan solo a éste problema en cuestión? ¡Si lo hacemos con todo! El hombre que recurre al alcohol para ahogar el dolor del engaño de su pareja, la mujer que busca angustiosamente en otros varios hombres las caricias extintas del esposo que ya no le presta atención…

Resulta curioso, pero contrario a esto, la peor de las irreverencias ocurre cuando justificamos esas conductas como consecuencias del mismo entorno, y no afrontamos la culpa que yace en nosotros. La mujer se exonera de sus faltas al decir que lo hace porque su marido es un borracho, y el hombre, que lamenta su adicción, pero desea olvidar que su esposa le es infiel con ayuda del licor. El mundo es un caos al que a duras penas resistimos, ¡Falso! ¡Somos nosotros el caos y queremos atribuírselo al mundo!

A estas horas de la madrugada, ningún conflicto ético resulta complejo, es la única ventaja del insomnio. No me atribuyo a mí el crédito de colocar en perspectiva estos problemas, creo fielmente que cualquier persona en estado de somnolencia (Y además con el juicio debilitado por los efectos de los narcóticos) sostiene en la palma de su mano las respuestas a las mayores interrogantes de la realidad humana. Tristemente, estas certezas se diluyen al rendirse ante una mínima dosis de sueño, desapareciendo con la llegada del alba, tal como si jamás fuesen sido planteadas. Contemplar el alma o reflexionar sobre existencialismo. Para lo que la mayoría podría resultar en una difícil decisión, para mí tan solo es la imposición de una opción por encima de la otra, alargando mis noches de meditación, pero cegándome al propio conocimiento introspectivo de mi espíritu.

Y luego está la relatividad de los minutos, que se vuelven infinitos desde que nos acostamos hasta que logramos conciliar un leve hilo de sueño, pero al llegar la hora de levantarnos, se transforman en velocistas que hacen parecer que se saltan algunos segundos para concluir su tiempo. Ya se vislumbran los primeros destellos del amanecer, por lo que se concluye otra noche de sueño intranquilo. Pero no importa, siempre podré mitigar el castigo de una mala noche, con el dulce néctar del café recién preparado. Buenos días amor, sí, es hora de levantarnos, sí, dormí bien.

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