La odio por autoproclamarse libre de entrometerse en mis asuntos personales como pez en el agua. La odio por provocarme, por ser la favorita de todos, por ser la protagonista que debe salvar al mundo. Pero la odio aún más por el hecho de haberme mentido. No soy su hermano, nunca me ha visto como tal, entonces sé que no dudaría en extinguirme con uno de esos portentosos rayos suyos que llaman la atención innecesariamente.

Cuando la veo entrar por las pesadas puertas de mi consumida fortaleza, lo único que quiero es matarla.

—Ven, seguro que mis recuerdos están por acá—le digo, colgando un brazo alrededor se cuello, justo como le hacía antes de ser enemigos.

Primero la llevo del lado derecho, encontrándonos con una puerta grande y rectangular. En su madera bien cuidada se nota el grabado de diversas figuras geométricas embrolladas entre sí que parecen más bien un laberinto interminable.

Al momento de abrirla, un rechinido escalofriante hace eco por todas las esquinas de la estructura, y en seguida una neblina espesa nos envuelve para escupirnos después en un acontecimiento de mi pasado.

Soy yo de niño, comiendo un helado mientras balanceo mis piernas sobre el borde de un riachuelo. No me importa mojarme la ropa, simplemente disfruto del paisaje, del frío, del ruido característico del bosque. Aunque hay algo peculiar a un costado mío, se trata de una mariposa muerta con la que me he entretenido viéndola caer mientras daba sus últimos aleteos.

—Ups, puerta equivocada —le sonrío de forma inocente a mi hermana.

Así, la llevo por cada una de las puertas que se muestran a nuestro paso. Subimos, bajamos, damos vueltas y rozamos las mismas paredes, siempre con mi brazo alrededor de su cuello para asegurarme de que no transite por las zonas correctas. Siempre con mis ojos puestos en ella, anunciando silenciosamente mis intenciones por distraerla.

El diseño de las puertas, así como de las habitaciones, va cambiando de acuerdo a la información que poseen. Algunas contienen recuerdos solitarios y fríos; algunas abarcan datos más inútiles, como las letras de las canciones de bandas de rock; otras me ponen en real vergüenza al mostrar memorias íntimas, como mi primer beso o la primera vez que sentí atracción por alguien.

Entre broma y distracción, continuamos caminando por pasillos desolados hasta llegar a una puerta que contrasta con la extravagancia de las anteriores. Esta es más pequeña, su forma es ovalada y el grabado desilusiona bastante. Solo resalta el marco de un círculo pintado de verde en la parte central.  Sin hacer movimiento alguno, la puerta se abre, invitándonos en susurros siseantes a pasar.

Por un instante me detengo a pensar si será apropiado dejar que mi hermana conozca lo que hay detrás, pero es esto o permitir que se salga con la suya.

Esta vez el recuerdo es amargo. De nuevo soy yo de niño, pero ahora me encuentro con ella. Estamos jugando a una pelea de almohadas dentro de nuestra habitación. Los dos reímos en cada golpe mientras las plumas salen volando por encima de nuestras cabezas.

De pronto, yo me caigo de la cama y me zumbo la cabeza con fuerza. Empiezo a llorar a grifo abierto, de forma desesperada, como los niños hacen a esa edad: lloran, anhelando los previos minutos de felicidad antes de conocer el dolor; esperan, ese cálido consuelo que viene después de la angustia. Es un ciclo sin fin.

Ese día, mi hermana es quien corre a levantarme del suelo, me carga en brazos y me acomoda sobre la cama con cuidado. Suavemente, me soba la cabeza en tanto aterriza un dulce beso en mi frente.

—Tranquilo, yo estoy aquí —dice, su voz es de parsimonia.

—¿Siempre estarás conmigo?

—Siempre. Estaré a tu lado para protegerte, eso hacen las hermanas mayores.

El recuerdo se esfuma, pero de inmediato otro y otro aparecen sucesivamente, empinándose sobre mi materia espiritual. De nuevo: Aozora y yo. De nuevo más inocencia, más engaños, más instantes de nosotros dos que había olvidado porque su hogareña existencia entonaba melodías infaustas en mi reloj musical.

Éramos así, solíamos ser así: unidos, ignorantes, felices, sin gigantes, ni dioses, ni luchas milenarias. Ahora esos recuerdos son piezas de un rompecabezas sin armar. Un rompecabezas que he dejado abandonado a mitad de la sala de estar, en un lugar vacío, sin luz, sin calidez; encerrado detrás de esa pequeña puerta.

—Ao… —de vuelta al presente musito su nombre, y cuando volteo la mirada para buscarla, ella no está ahí.

Una ola de pánico y frustración me embarga raudamente mientras trato de encontrarla. Entonces, salgo de la habitación y es cuando la diviso corriendo en dirección a la última puerta del pasillo, la única que nos falta por visitar y la única que quería evitar.

—¡Aozora! —escupo su nombre con todo el enojo que mi voz es capaz de proyectar—. ¡Aozora! —continúo gruñendo al mismo tiempo que corro para cerrar la distancia entre nosotros. He sido tan estúpidamente ingenuo y débil por permitirme distraer con esos miserables recuerdos—. ¡Aozora, maldita seas! —mis venas saltan por debajo de mi piel, la ira que siento es poderosa, casi adictiva. Antes de que ella ingrese a la habitación, vuelvo a exclamar:— ¡Te odio!

Y ni siquiera ha volteado a mirarme. ¿Valiente? Es más una cobarde.

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