Rebelión contra el Cielo – Arco 1

Rebelión contra el Cielo – Arco 1

Th30

12/03/2026

Capítulo 1:
El día en que todo se fue al CARAJO

En este mundo, donde el estruendo de los superhéroes chocando contra villanos resuena como un trueno eterno en el horizonte, las entidades divinas se reducen a ecos lejanos, casi extinguidos. Dioses, demonios, ángeles… se ocultan en las grietas de la realidad, convertidos en reliquias olvidadas por una sociedad obsesionada con titanes de acero y poderes mutantes. La gente adora a esos «guardianes de la humanidad» o los maldice como plagas, pero pocos se preguntan qué acecha más allá de las máscaras y las explosiones controladas. Hasta que, un día, lo divino irrumpe sin invitación, y te das cuenta de que el velo entre lo mundano y lo eterno es tan frágil como un susurro en una tormenta.

Mi nombre es Ryuusei Kisaragi, y tengo 14 años. A mi edad, ya he aprendido que la perfección es un mito urbano, algo que venden en los carteles de los superhéroes pero que nunca se materializa. No soy un soñador ciego que espera un final feliz para todos; soy más bien un observador pragmático, alguien que saborea los fragmentos de alegría en medio del caos cotidiano. Vivo en el pulso frenético de Tokio, con mis padres y mis dos hermanas menores, Akari y Mei. Nuestra familia era un engranaje bien aceitado en la maquinaria de la vida urbana: discusiones por el mando a distancia durante las noches de anime, cenas ruidosas con arroz pegajoso y pescado fresco del mercado, y fines de semana robados para paseos en el parque o visitas al santuario local, donde quemábamos incienso por tradición más que por fe. Era normal, predecible, hasta que el destino decidió que la normalidad era un lujo que no merecíamos.

Aquel día empezó como tantos otros, perezoso y sin pretensiones, un sábado soleado que no exigía heroicidades. Me desperté tarde, el sol filtrándose a través de las cortinas como dedos dorados que me pinchaban los ojos. Bostecé con fuerza, estirando los brazos hasta que mis articulaciones crujieron en protesta, mi cabello un caos negro y rebelde que parecía tener vida propia. Mi pijama, una reliquia descolorida con estampados de dragones desvaídos, se arremangaba por el calor pegajoso del verano incipiente. Bajé las escaleras a trompicones, mis pies descalzos amortiguados por la alfombra raída, pero el ruido fue suficiente para alertar a la casa.

—¡Ryuusei, por fin! Pensé que te habías convertido en parte del colchón —gritó Akari desde la cocina, su voz un torbellino de energía inagotable. Estaba encorvada sobre la mesa, atacando un tazón de cereal con leche como si fuera una batalla épica. Sus ojos grandes, heredados de mamá, me miraron con una mezcla de fastidio juguetón y cariño fraternal. A sus 12 años, Akari era la chispa de la familia, siempre planeando aventuras absurdas como construir fortalezas con cojines o inventar historias sobre superhéroes locales que «seguro» vivían en nuestro barrio.

—Relájate, Akari. Los sábados están hechos para hibernar, no para conquistar el mundo —respondí con otro bostezo, arrastrando los pies hasta la silla opuesta. El aroma a café amargo y arroz cocido con un toque de miso me despertó un poco más, recordándome que el hambre era un motivador universal.

—No hay excusas para la pereza, jovencito. Hay que aprovechar el día —intervino mamá, emergiendo de la cocina con su delantal salpicado de harina y una espátula en mano como un cetro. Su voz era suave, pero con ese filo de autoridad que solo las madres perfeccionan. Depositó un plato humeante frente a mí: arroz blanco esponjoso, un filete de salmón grillado con piel crujiente, y una guarnición de vegetales salteados que olían a ajo y sésamo. El vapor subía en espirales, calentándome la cara.

—Venga, mamá, el mundo no se derrumbará porque duerma un rato más —repliqué con una sonrisa torcida, pinchando el salmón con los palillos. Sabía que a ella le gustaba la rutina matutina, el ritual de reunirnos a todos alrededor de la mesa como si fuéramos una familia de anuncio publicitario.

Papá, sumergido en su periódico matutino con una taza de café negro en la mano, bajó las gafas hasta la nariz y me miró por encima del borde. Su expresión era un enigma, como siempre: una mezcla de sabiduría cansada y humor seco. —Cuidado con lo que deseas, hijo. El mundo tiene una manera retorcida de recordarnos nuestra fragilidad, como un castillo de naipes en un vendaval.

Sus palabras colgaron en el aire, proféticas de una forma que solo el retrospecto hace dolorosa. Me reí, un sonido ligero y despreocupado que ahora me persigue como un eco acusador. En ese momento, era solo papá siendo papá, filosofando sobre la vida mientras sorbía su café.

El desayuno transcurrió en una sinfonía familiar: Akari contándome sobre su último dibujo de un superhéroe con poderes de controlar el tiempo (inspirado en un cómic que le presté), Mei con su peluche de oso a sus 11 años, y mamá regañándonos por no comer con más gracia. Papá intervino con anécdotas de su juventud, cuando Tokio era menos caótico, sin villanos volando por los cielos. Eran momentos simples, tejidos con hilos de rutina que nos mantenían unidos.

Después de desayunar, decidí salir con mi mejor amigo, Haruto. Él era el contrapeso perfecto a mi cinismo: un torbellino de optimismo con una risa que podía disipar nubes. A sus 14 años, igual que yo, Haruto soñaba con convertirse en un inventor, creando gadgets que rivalizaran con los de los superhéroes. Nos conocimos en la escuela primaria, unidos por una pasión compartida por los videojuegos y las escapadas al arcade. Acordamos vernos en el parque cercano, nuestro santuario personal, un oasis verde en medio del hormigón de Tokio, donde habíamos jugado innumerables partidos de fútbol con pelotas improvisadas y compartiendo secretos sobre chicas de clase.

Me senté en un banco bajo un cerezo antiguo, sus ramas empezando a brotar con promesas rosadas de sakura. El aire era fresco, impregnado del olor a tierra húmeda y hierba cortada, con un toque sutil de humo de incienso del templo cercano. Haruto llegó jadeando, su mochila colgando de un hombro, el cabello revuelto por la brisa.

—Ey, Ryuusei, ¿listo para conquistar el día? —saludó con su sonrisa trademark, sentándose a mi lado y sacando una bolsa de chuches de matcha.

Hablamos de tonterías adolescentes: el último juego de rol donde podías ser un villano redimido, los rumores sobre una chica de nuestra clase que supuestamente tenía poderes telepáticos (probablemente falso, pero divertido imaginarlo), y planes para las vacaciones de verano, como un viaje en tren a Kyoto para ver templos antiguos. La vida se sentía como un río tranquilo, lleno de meandros predecibles y corrientes suaves.

De pronto, Haruto se puso serio, algo raro en él. —Oye, ¿qué harías si el mundo se acabara hoy? Sin aviso, bam, apocalipsis.

Lo miré, desconcertado por el giro. —Qué pregunta más rara. Sobrevivir, supongo. Agarraría a la familia y huiría. Intentaría ayudar a quien pudiera. ¿Por qué lo preguntas?

Se encogió de hombros, mirando al cielo. —No sé. A veces pienso en lo frágil que es todo. Yo… haría locuras. Robar un banco, confesarme a esa chica de matemáticas. O simplemente… estar con amigos como tú.

Reímos, el sonido rebotando en los árboles, ignorantes de que sería el último. El sol calentaba nuestra piel, los niños gritaban en el arenero, y el mundo parecía eterno.

Entonces, un rugido subterráneo. La tierra tembló, al principio como un sismo común en Japón, esos que nos enseñan a ignorar en la escuela. «Otro más,» pensé, sujetándome al banco. La gente murmuró, algunos se agacharon instintivamente.

Pero la vibración no se detuvo. Al contrario, se intensificó. El suelo se sacudió con una violencia inusitada, como si un gigante invisible estuviera golpeando la tierra desde abajo. Cuando los edificios a lo lejos comenzaron a partirse y colapsar como si fueran de papel, soltando nubes de polvo y escombros, supe que esto era diferente. Mucho, mucho más diferente. Esto no era un terremoto. Esto era el fin.

Pero no paró. Se intensificó, como si la corteza terrestre se estuviera resquebrajando desde el núcleo. Edificios lejanos crujieron y se doblaron, expulsando nubes de polvo gris que oscurecían el cielo. Esto no era natural; era una ira primordial, algo que trascendía la tectónica.

—¡¿Qué demonios?! —bramó Haruto, su voz quebrada por el miedo. Se aferró a un poste, el rostro pálido como papel de arroz.

El cielo se tiñó de negro, nubes vorticosas con vetas rojizas, relámpagos carmesíes azotando la ciudad como látigos divinos. Truenos retumbaron con una furia que hacía vibrar los huesos, y el aire se llenó de un hedor a ozono quemado y metal fundido. Gritos perforaron el caos: madres llamando a hijos, sirenas ululando antes de cortarse en explosiones sordas. Autos se volcaban como juguetes, edificios se desmoronaban en avalanchas de concreto y vidrio.

Mis piernas actuaron por instinto. Corrí entre la multitud en pánico, cuerpos chocando, rostros desfigurados por el terror. Un anciano tropezó frente a mí, su pierna atrapada bajo una viga retorcida, hueso expuesto en un ángulo grotesco. Sus ojos suplicantes se clavaron en los míos. —¡Ayuda! ¡Mi pierna… duele tanto!

No pude. El pánico me arrastró, la culpa un nudo en el estómago.

Más adelante, una familia destrozada: una mujer sollozando, su hija pequeña aferrada a su falda, ambas cubiertas de ceniza y cortes. El padre yacía ensartado por un fragmento de metal, su pecho un desastre rojo, ojos vidriosos fijos en el vacío. La niña gritó: —¡Papá! ¡Despierta, papá!

El sonido me atravesó como una cuchilla fría. Busqué a Haruto, a mi familia, la esperanza un hilo frágil.

Giré. Haruto bajo un poste caído, torso aplastado, sangre borboteando de su boca. Sus ojos, llenos de pánico primal, me imploraban. —¡Sácame… por favor!

Un poste de luz, de esos enormes que sostienen los cables de electricidad, había caído directamente sobre su torso. La sangre brotaba a borbotones de su boca, mezclándose con el polvo y las lágrimas. Sus ojos, fijos en los míos, estaban llenos de una desesperación que nunca había visto en él. Un pánico helado me invadió.

—¡AGUANTA, HARUTO! ¡TE SACARÉ DE AHÍ! —grité, mi voz apenas un susurro en medio del estruendo. Corrí hacia él, ignorando el peligro, ignorando la caída de escombros, ignorando todo. Mi único objetivo era llegar a él, levantar esa maldita viga.

Pero no llegué. Una explosión cercana, tan potente que sacudió el suelo bajo mis pies, me lanzó contra el pavimento. Sentí el golpe en la cabeza, un dolor agudo, y el mundo se volvió borroso por un instante. La metralla me cortó los brazos, pero ni siquiera lo noté.

Cuando levanté la cabeza, el polvo se asentaba lentamente. Busqué a Haruto, desesperadamente. Pero él ya no respiraba.

Sus ojos seguían abiertos, fijos en el cielo oscuro, pero el brillo de la vida se había extinguido. Su cuerpo, inmóvil bajo el poste, parecía diminuto, frágil.

Me quedé en shock. Mis manos temblaban incontrolablemente, incapaces de comprender lo que mis ojos veían. El sonido del caos que me rodeaba, los gritos, las explosiones, todo se volvió un murmullo lejano, como si estuviera bajo el agua. La imagen de Haruto, de sus ojos sin vida, se grabó a fuego en mi mente. Las lágrimas brotaron, calientes y amargas, resbalando por mi rostro cubierto de polvo.

Entonces, el suelo bajo mí cedió. No fue un colapso lento, sino una ruptura repentina, una boca que se abrió para devorarme. Caí. Caí en la oscuridad, en el vacío, el grito de mi amigo resonando en mis oídos.

Cuando abrí los ojos, ya no estaba en Tokio. El aire era gélido, pesado, y un silencio sepulcral reinaba, un silencio mucho más aterrador que el caos que había dejado atrás. El suelo bajo mis pies no era de concreto, sino una especie de niebla densa y etérea que cubría el suelo hasta la altura de mis rodillas. Un olor a sangre y muerte, antiguo y penetrante, impregnaba el aire, haciendo que se me revolviera el estómago. No había edificios, ni luces, solo una extensión infinita de oscuridad y neblina.

Frente a mí, una figura. Alta, imponente, envuelta en una capa oscura que parecía absorber la poca luz que había. No podía ver su rostro; estaba oculto bajo una capucha profunda, pero sentía su mirada, una mirada que me atravesaba el alma con indiferencia, como si yo fuera una mota de polvo más en el vasto universo. Su voz, sin embargo, era sorprendentemente clara, como el agua cristalina que fluye en un arroyo, resonando en el silencio.

—Bienvenido al otro lado, niño.

—¿Qué…? ¿Estoy muerto? —mi voz se quebró, apenas un susurro. La pregunta flotaba en el aire, cargada de terror y confusión. La idea era absurda, y a la vez, la única explicación posible para lo que estaba viviendo.

—No del todo. Aún —respondió la figura, y su voz no tenía emoción, solo una fría neutralidad.

Me puse de pie con dificultad, mi cuerpo adolorido y mis extremidades temblorosas. Mis manos buscaron algo a lo que aferrarse, pero solo encontraron la fría y húmeda neblina.

—¿Tú quién eres? —pregunté, intentando sonar valiente, aunque mi corazón latía desbocado en mi pecho.

—Algunos me llaman la Oscuridad, el Más Allá, o el Vacío. Otros, simplemente la Muerte. Pero puedes llamarme como gustes, después de todo, seré tu última compañía.

Intenté procesar lo que decía, que yo era su «última compañía», que estaba «no del todo muerto». Mi cabeza aún daba vueltas, mareada por el trauma de la explosión y la pérdida de Haruto. No podía ser real. Todo esto tenía que ser una pesadilla, una alucinación inducida por el golpe en la cabeza.

—Mira, encapuchado creepy, no tengo tiempo para tus juegos. Mi mejor amigo acaba de morir, Tokio se está cayendo a pedazos, y yo solo quiero despertar de esta pesadilla y volver a casa —dije, sintiendo una punzada de rabia mezclada con mi desesperación. ¿Cómo podía esta… cosa, hablarme de «última compañía» mientras mi mundo se desmoronaba?

La Muerte inclinó su cabeza, un gesto que, a pesar de la ausencia de facciones, me hizo sentir como si estuviera expresando curiosidad o, quizás, una extraña fascinación.

—Interesante. No muchos reaccionan con humor, o con tal irreverencia, al ver mi rostro o escuchar mi nombre. La mayoría implora, o se desmaya del terror.

—Tú tampoco es que seas la gran cosa. Si fueras tan temible, ya me habrías matado —respondí con una media sonrisa, una débil burla para ocultar el miedo que me carcomía. La ironía era mi único escudo.

—Ja. Tienes agallas, muchacho. Pocos las conservan ante mí. —Su voz, por primera vez, pareció adquirir un matiz, una especie de aprobación gélida.

Entonces, la Muerte se acercó, la capa ondeando alrededor de su figura imponente. No se movía como un humano, sino como una sombra deslizándose. Puso una mano esquelética, fría como el hielo, en mi cabeza. No sentí dolor, solo un frío intenso que recorrió mi cuerpo, calando hasta mis huesos. Era una sensación de vacío, de absoluto.

—Pero si quieres vivir, si deseas volver a tu mundo, tendrás que pagar un precio. Un precio que solo tú puedes ofrecer. Y la vida, muchacho, siempre cobra sus deudas.

En ese instante, en medio de la neblina y la oscuridad, con el frío de la Muerte calando hasta lo más profundo de mi ser, entendí. El mundo que conocía había dejado de existir. La normalidad era una ilusión. Mi vida, tal como la había vivido, había llegado a su fin. Y esta… esta no era una pesadilla. Era el comienzo.

Y que mi historia apenas comenzaba. Una historia donde los dioses y los demonios no eran mitos, sino una realidad palpable. Una realidad que acababa de invadir mi vida y que, por un precio, me ofrecía una segunda oportunidad. No sabía cuál sería ese precio, pero en mi desesperación por volver a casa, por ver a mi familia, estaba dispuesto a pagarlo. El frío de la Muerte seguía en mi piel, pero algo más, una chispa, se encendía en mi interior. Una chispa de esperanza, teñida de un terror abrumador.

Capítulo 2:
El torneo de los Malditos

Una vez que la figura espectral —a la que mi mente, aferrándose a algo familiar, bautizó como «la Muerte»— se desvaneció en la niebla como un fantasma disipándose en el amanecer, me quedé solo con el eco de su promesa. Un precio por regresar. ¿Qué significaba eso? Si estaba muerto, ¿por qué no el olvido eterno? Si no, ¿dónde encajaba este vacío? Mi cerebro adolescente, entrenado en mangas de shonen y videojuegos de survival, lo etiquetó como el Limbo: no el paraíso de los superhéroes invencibles, ni el infierno de villanos ardientes, sino un purgatorio estancado, un Yomi moderno donde las almas flotaban como hojas caídas en un río estancado, esperando un juicio que quizás era solo un chiste cruel de los dioses ocultos.

Pero esto no era el Limbo gris y monótono de las leyendas cristianas que había leído en la escuela. Era un caos vivo, un remolino de niebla que susurraba secretos en lenguas olvidadas. Cuando abrí los ojos de nuevo, cientos —quizás miles— de almas me rodeaban, sus formas etéreas parpadeando como hologramas defectuosos. Rostros desdibujados por el terror eterno, ojos hundidos que reflejaban vidas truncadas: un salaryman con corbata deshilachada, una anciana con kimono raído, un niño con uniforme escolar manchado de sangre invisible. El aire vibraba con un murmullo constante, no solo llantos o gritos, sino un coro de susurros fragmentados: fragmentos de oraciones a kami ignorados, maldiciones a superhéroes que fallaron en salvarlos, preguntas eternas como «¿Por qué yo? ¿Por qué ahora?».

En el centro, flotando sobre nosotros como un oni enmascarado en un festival macabro, estaba la Muerte. Su capa no era solo negra; absorbía la luz, creando vacíos que distorsionaban el espacio a su alrededor. Bajo la capucha, adivinaba una sonrisa torcida, como la de un yokai juguetón que disfruta torturando almas perdidas. «¿Entretenido con nuestra patética danza?», pensé, mi estómago revolviéndose con un hormigueo de ira y miedo.

—Bienvenidos, almas errantes —tronó su voz, un eco profundo que vibraba en mis huesos como el taiko de un matsuri distorsionado, pero con un matiz burlón que recordaba a un presentador de reality show infernal. —Felicidades por su prematuro fin. No fue épico como los choques de esos «héroes» con capas que tanto adoran allá arriba, ¿eh? Un terremoto, un villano suelto, un dios caprichoso… pero aquí estamos. No todo está perdido, sin embargo. Hoy, les ofrezco un boleto de regreso. Un renacer, si lo merecen.

Un escalofrío me recorrió, más frío que la niebla que se enredaba en mis piernas como raíces vivas. Quise creer que era una pesadilla inducida por el golpe en la cabeza, que despertaría en mi cama desordenada en Tokio, con Akari gritándome por el desayuno y Mei balbuceando «hermano». Pero el dolor en mi brazo, el corte que aún sangraba gotas etéreas, y el recuerdo vívido de Haruto bajo el poste —sus ojos vacíos, la sangre borboteando como un manantial roto— me anclaban a esta realidad. A mis 14 años, había visto suficiente anime para saber que los «precios» divinos siempre venían con ganchos: un alma a cambio, un poder maldito, una deuda eterna.

—¿Qué carajos es esto? ¿Un juego? ¿Dónde estamos, en el Yomi de las leyendas? —bramaron varios hombres cercanos, sus voces roncas de rabia, cuerpos robustos que en vida quizás fueron yakuza o luchadores callejeros. No se intimidaban; o eso creían, aferrándose a su machismo terrenal.

Antes de que terminaran, la Muerte chasqueó los dedos —un sonido seco como el crujir de huesos antiguos. Los hombres se convulsionaron, sus formas disolviéndose en volutas de niebla negra, almas arrancadas como páginas de un libro quemado. Un hedor a sakura podrida invadió el aire, dulce y nauseabundo. El silencio cayó como una guillotina, el terror palpable como una niebla espesa.

—Las interrupciones no serán toleradas —dijo la Muerte con un tono de desinterés casual, como si acabara de aplastar una molesta mosca. —Ahora, presten atención, porque no repetiré las reglas. Las almas impacientes no tienen lugar en mi torneo.

Tragué saliva. La atmósfera se volvió más densa, cargada de una sensación de desesperación palpable. Nadie se atrevía a hablar, a moverse. Todos éramos ovejas indefensas esperando la voluntad de este ser.

—Este es un torneo —continuó la Muerte, su voz resonando en cada rincón del Limbo. —Un torneo para decidir quién de ustedes merece regresar al mundo de los vivos. No es una cuestión de moralidad, ni de justicia, ni de quién fue más bueno o malo. Es una cuestión de supervivencia. Pero no se equivoquen… No será sencillo. El Limbo no cede a sus presas fácilmente.

La oscuridad a su alrededor se agitó, como si estuviera viva. Una energía oscura y palpable se arremolinó, y de ella, cinco reglas se materializaron, flotando en el aire. No estaban escritas en japonés ni en inglés, sino en un idioma universal que, de alguna forma inexplicable, todos pudimos entender.

Reglas del Torneo del Limbo:

1. La Purga de la Existencia: Solo cinco personas podrán cruzar la puerta de salida. Los que caigan no solo morirán, sino que su rastro en la historia será borrado como si nunca hubieran nacido. Solo el vencedor conserva su pasado en su mente.

2. El Veto Tecnológico: El Limbo rechaza la complejidad moderna. Solo se permite el uso de herramientas medievales y el ingenio táctico. Aquí, la victoria se define por el filo del acero y la fuerza bruta.

3. La Soledad del Contendiente: En este plano no existen aliados ni vínculos de sangre. La traición es la herramienta principal de supervivencia. Aquel que confíe en otro, ya ha perdido.

4. El Dogma de la Voluntad: La duda y la desesperación actúan como un veneno que debilita el cuerpo. Solo aquel que posea una voluntad inquebrantable de vivir podrá avanzar. Si el deseo de existir flaquea, el poder del individuo se desvanece con él.

Mi corazón se hundió con cada palabra. Cada una de esas reglas era una sentencia de muerte disfrazada, un cruel juego que nos obligaba a matarnos los unos a los otros. Me mordí el labio, la sangre llenando mi boca. Esto no era un torneo. Era una purga.

—Así que… una masacre —murmuré con una sonrisa nerviosa, una risa sin humor que me salió de las entrañas.

La Muerte aplaudió con entusiasmo, el sonido resonando como un trueno en el silencio. —¡Exacto! Y sin más preámbulos… ¡Que comience el torneo!

El suelo bajo nuestros pies se desvaneció. Un grito colectivo de pánico llenó el aire mientras cientos de nosotros caíamos en un abismo sin fin, un agujero negro que prometía no devolvernos. El grito de los demás competidores se mezclaba con el mío, un coro de terror y confusión mientras descendíamos hacia una arena envuelta en sombras. El olor a sangre y hierro, más intenso que antes, me hizo cerrar los ojos.

Cuando el impacto llegó, no fue tan violento como imaginaba. Caí en algo parecido a arena, pero que se sentía como cenizas. Me incorporé con dificultad, mi cuerpo entumecido por la caída. A mi alrededor, la arena era una extensión inmensa, dividida en diferentes secciones por paredes de piedra rotas y pilares derrumbados. Y por todos lados, esparcidas por el suelo como juguetes de un niño monstruoso, había armas medievales: espadas, lanzas, hachas, mazos, dagas… todo lo necesario para la carnicería que ya había comenzado.

Un grito de agonía resonó en el aire, rompiendo el silencio que había durado apenas un instante.

—¡¡MI BRAZO, MALDITA SEA, ¡¡MI BRAZO!!

Me giré, mi cabeza dando vueltas. Un hombre caía de rodillas, sujetando con desesperación el muñón ensangrentado donde antes había tenido un brazo. Un líquido carmesí salpicaba la arena. Su agresor, un joven con una lanza, no se detuvo. Con un movimiento brutal, perforó su garganta, ahogando su grito en un chorro de sangre que empapó el suelo. El hombre se desplomó, sin vida.

—Joder… esto no es un torneo… es un matadero —murmuré para mí mismo, retrocediendo con cautela mientras esquivaba a un hombre con una espada rota que balanceaba desesperadamente. El pánico ya se había instalado en todos, y el instinto de supervivencia los había convertido en bestias.

—¡AAAAHHH, MI PIERNA, NO, NO, ¡NOOOO! —gritó otra persona, arrastrándose en el suelo mientras la sangre manaba de su muslo, dejando un rastro oscuro. Un tipo con un mazo de guerra le aplastó la cabeza.

Mi corazón latía con fuerza. La escena era brutal. Necesitaba un arma. Miré a mi alrededor, sintiendo el pánico mezclado con una extraña lucidez. Si no me movía, si no me defendía, sería el siguiente. El Limbo no tenía lugar para los espectadores.

Mientras avanzaba, buscando un arma, un destello plateado llamó mi atención. Era una figura pequeña y temblorosa, acurrucada detrás de una pila de cuerpos que yacían inmóviles en la arena. Me acerqué con cautela, mis pasos silenciosos sobre las cenizas. La pequeña figura se abrazaba las rodillas, con los hombros temblando.

—¿Eh? —fruncí el ceño. Me esperaba un monstruo, un alma sedienta de sangre, pero lo que encontré fue una niña.

La pequeña levantó la mirada y sus grandes ojos azules, llenos de terror, se encontraron con los míos. Su cabello, de un color plateado inusual, estaba sucio y enredado. Su vestido, un trapo andrajoso, mostraba varias heridas en su piel pálida. Parecía tener no más de seis años.

—¿Qué demonios hace una niña aquí…? —susurré, una punzada de incredulidad y rabia creciendo en mi pecho. ¿Un ser tan cruel como la Muerte podía traer a una niña a este infierno?

La pequeña no respondió mi pregunta. —… Aiko… —murmuró con voz temblorosa, como si el sonido de su propio nombre la asustara.

Suspiré, un sonido cansado y frustrado. No tenía tiempo para jugar a la niñera, no en este matadero. Mi mente gritaba que me fuera, que la dejara, que solo era un lastre. Pero mi conciencia no me lo permitía. Dejarla ahí era firmar su sentencia de muerte. Aiko no duraría ni un minuto sola.

—Mira, Aiko, no sé quién eres ni cómo terminaste aquí, pero si quieres vivir, será mejor que vengas conmigo —dije, extendiendo mi mano. La niña me miró con sus ojos grandes, dudando. Finalmente, la tomó. Su mano era pequeña y fría.

—Bien, ahora vámonos a…

—¡JAJAJAJA! ¡MÁS, MÁS SANGRE! —Un hombre corpulento y cubierto de heridas, con una sonrisa demente pintada en su rostro, corrió hacia nosotros con un hacha oxidada en alto. Sus ojos estaban inyectados en sangre, y la locura lo había consumido por completo.

—¡Joder! —grité. Empujé a Aiko con fuerza, tirándola al suelo para protegerla. Me lancé hacia un escudo de metal que yacía cerca, levantándolo justo a tiempo.

El hacha cayó con un impacto brutal, y el sonido metálico resonó en la arena. La fuerza del golpe me hizo tambalear. La sangre salpicó mi rostro, pero no era la mía. El hombre con el hacha miró sorprendido su propio torso. Un filo de katana atravesaba su pecho. Detrás de él, un joven con el cabello negro, una expresión fría y la katana ensangrentada, lo empujó sin esfuerzo, haciendo que el cuerpo inerte del loco cayera a un lado.

El joven retiró la katana del cuerpo y la limpió despreocupadamente con un trapo, sin siquiera mirarme. Su rostro, inexpresivo, estaba concentrado en la hoja.

—No te confíes demasiado. Tu escudo no te salvará por siempre. —dijo el recién llegado con voz monótona, como si solo estuviera dando un consejo. No me miraba a mí, sino a mi escudo abollado, evaluándolo.

—Y tú, ¿quién demonios eres? ¿Mi salvador? —pregunté, una risa nerviosa escapando de mis labios.

El joven guardó silencio por un momento, y luego sus ojos oscuros se fijaron en los míos. Su mirada era como un abismo, sin rastro de emoción. —Daichi. Daichi Mokuren. Y no, no soy tu salvador. Solo no quería que murieras tan cerca de mí. Es molesto.

Antes de que pudiera responder, un grito de guerra nos puso en alerta. Tres hombres, armados con espadas y mazos, corrieron hacia nosotros. Daichi se movió con una velocidad antinatural, su katana cortando el aire con un silbido letal. Bloqueé con mi escudo, empujando a Aiko detrás de mí, pero eran demasiados. El grupo nos acorraló, y el pánico se hizo presente.

De repente, un destello plateado. Una enorme alabarda, que se parecía más a un pilar de metal que a un arma, golpeó el suelo con un estruendo, levantando una nube de polvo que nos separó de los atacantes. Un hombre alto, de cabello plateado y una cicatriz que le cruzaba el ojo, se interpuso entre nosotros y ellos. Detrás de él, una mujer ágil con dos dagas en sus manos que brillaban con un fulgor siniestro se movía como una sombra.

—Si queremos salir de aquí, será mejor que unamos fuerzas —dijo el hombre de cabello plateado con voz grave y seria, su mirada recorriendo a cada uno de nosotros. —El Limbo no quiere que sobrevivamos, pero no vamos a dárselo en bandeja de plata.

—Esta no es una alianza por amistad —añadió la mujer de las dagas, su voz tan afilada como sus armas. —Es un pacto de supervivencia. Si no podemos confiar el uno en el otro en la batalla, moriremos. Y el primer traidor que intente algo… no tendrá una segunda oportunidad.

Miré a Aiko, que se aferraba a mi manga con más fuerza, luego a Daichi, que seguía impasible, y finalmente al hombre de la alabarda y a la mujer de las dagas. Cinco personas. Justo el número que la Muerte había mencionado. Era una coincidencia demasiado grande para ignorarla. Un pacto frágil. Una necesidad desesperada.

—Cinco personas, ¿eh? Bueno… supongo que no está mal empezar con esto —dije, mirando al grupo que se había formado.

Desde lejos, en las alturas del Limbo, la Muerte observaba el espectáculo, sus ojos invisibles fijos en nosotros. Cientos de almas se mataban entre sí, buscando desesperadamente una forma de volver a la vida, pero su atención estaba en ese pequeño grupo. Habían roto sus reglas, su «torneo» de masacre individual.

«Oh, qué interesante… alianzas en mi torneo de muerte. Rompieron la regla más importante tan rápido… Veamos cuánto duran antes de apuñalarse por la espalda. Esto será divertido» pensó la Muerte, con una sonrisa que nadie podía ver. El torneo apenas había comenzado, pero la verdadera masacre… apenas estaba por empezar.

Capítulo 3:
La senda del Dolor

El bosque del Limbo no era un lugar para los débiles de corazón. El silencio que lo habitaba era más aterrador que cualquier grito, un silencio pesado y espeso que se pegaba a la piel y susurraba promesas de muerte. Ryuusei, a pesar de sus intentos por mantener la calma, podía sentir el latido errático de su corazón retumbando en sus oídos. Cada paso que daba, cada suspiro, se sentía como un grito en la quietud de la oscuridad.

Aiko caminaba a su lado, sus pequeños pies descalzos casi no hacían ruido sobre la tierra húmeda y las hojas caídas. Se aferraba a la mano de Ryuusei con una fuerza desesperada, como si él fuera la única ancla en aquel mar de incertidumbre.

—Ryuusei… ¿crees que podamos salir vivos de esto? —preguntó Aiko, su voz apenas un susurro que se rompía en la brisa gélida.

El muchacho suspiró, el aliento caliente formando una pequeña nube en el aire. Trató de sonar más seguro de lo que se sentía. —Claro que sí, Aiko. Solo tenemos que aguantar tres días. Tres días. No es tanto tiempo… ¿verdad? —intentó bromear, pero la risa se le atragantó en la garganta. La verdad era que tres días en este lugar parecían una eternidad.

El grupo se detuvo en un claro, una pequeña burbuja de falso respiro en medio de la opresiva arboleda. Haru, una chica que parecía tener unos 16 años con una mirada calculadora y el cabello recogido en una coleta alta, se arrodilló para examinar el suelo. Kenta, el chico de unos 15 años con un aire despreocupado que no encajaba en ese lugar, se sentó sobre una roca, balanceando sus pies con un optimismo forzado. Y Daichi, el mayor de todos con sus 17 años que se había unido a ellos, permanecía a un lado, su figura alta y sombría fundida con las sombras de los árboles, observando todo con sus ojos vacíos.

—Iré a explorar un poco. No me alejaré demasiado —anunció Ryuusei, rompiendo el tenso silencio.

Haru levantó la mirada, sus ojos se entrecerraron en un gesto de desconfianza. —No tardes, Kisaragi. No sabemos qué clase de locos andan sueltos por aquí, ni qué bichos. No podemos darnos el lujo de perder a uno de nosotros.

Aiko lo miró con los ojos llenos de preocupación, pero asintió débilmente. A su lado, Daichi Mokuren no dijo nada. Solo se mantuvo en silencio, su mirada tan enigmática como el propio bosque. Era un chico de pocas palabras, pero su presencia era tan imponente como el de un depredador. Su silencio, de alguna forma, era más inquietante que cualquier amenaza.

Ryuusei se adentró en la espesura, sintiendo la humedad de las hojas bajo sus zapatillas. El silencio se volvió aún más profundo, roto solo por el crujido de las ramas. Después de caminar por lo que parecieron horas, se topó con un muro de roca cubierto de enredaderas. Un instinto, una corazonada, lo hizo empujar la vegetación. Detrás, oculta, había una hendidura oscura, la entrada a una cueva. La curiosidad, una emoción que casi había olvidado, lo impulsó a entrar.

El ambiente dentro de la cueva era sofocante, el aire pesado y rancio. El olor a tierra húmeda y algo más, algo viejo y mágico, le llenó las fosas nasales. Sus pasos resonaban en la oscuridad hasta que, en el centro de una gran sala, se topó con un altar de piedra cubierto de polvo y telarañas. Y encima de él, brillando con una luz tenue que parecía venir de la nada, había dos pares de armas: unas dos dagas y dos martillos. No eran armas comunes. Sentían una energía antigua, poderosa.

Tomó primero las dagas. Eran pequeñas, con empuñaduras de metal frío y hojas tan afiladas que parecían poder cortar el aire. Pero lo que le llamó la atención fueron las inscripciones raras que yo no entendía, brillando con un fulgor casi imperceptible. La movió en el aire, sintiendo su peso… y de repente, su entorno cambió. Se había movido. De un instante a otro, había avanzado varios metros sin siquiera dar un paso.

Su corazón, que ya latía con fuerza, se aceleró.

—¿¡Qué… qué demonios!? —exclamó, su voz resonando en el vacío de la caverna.

Probó de nuevo. Lanzó una de las dagas a la pared de roca y, en el instante en que la hoja se clavó, sintió una fuerza invisible que lo jalaba hacia ella. Una risa, mezcla de incredulidad y euforia, escapó de sus labios.

—¡Esto es increíble…! ¡¿Teletransportación?! —gritó, su voz llena de la emoción que la adrenalina proporcionaba.

Luego tomó los martillos. Eran pesados, mucho más pesados de lo que parecía, con mangos de metal y cabezas masivas, adornadas con pinchos y runas siniestras
que vibraban con una energía oscura. Con un simple balanceo, golpeó la pared de la cueva. No hubo un simple impacto. Hubo una onda expansiva
que sacudió el suelo bajo sus pies y derribó varias estalactitas del techo. Una sonrisa de satisfacción, de puro poder, se dibujó en su rostro. Las dagas y los martillos. Se dio cuenta de que estas no eran simples armas. Eran armas muy poderosas. Habían nacido de su deseo de sobrevivir, del valor que él le había dado a la esperanza de volver a su vida. Eran una manifestación, de la fuerza que dormía dentro de él. Eran suyas.

—Definitivamente, esto va a ser útil… —murmuró.

Pero la sensación de euforia duró poco. Justo en la entrada de la cueva, la oscuridad se movió. Una sombra. Ryuusei se puso en guardia, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Una mujer de figura curvilínea, ojos carmesíes que brillaban en la penumbra y cabello negro, avanzó lentamente hacia él. Llevaba una cuchilla en la mano, y la hoja goteaba sangre fresca, cayendo sobre el suelo. Una sonrisa perturbadora se dibujó en su rostro, revelando dientes afilados como cuchillas.

—Vaya, vaya… qué chico más interesante… —su voz era melosa, casi un susurro, pero sus ojos destilaban una locura inconfundible.

Ryuusei tragó saliva. El miedo, crudo y visceral, se apoderó de su cuerpo. Sabía que debía pelear, que su vida dependía de ello, pero sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener las armas.

—No quiero matarte, pero si insistes… —dijo, su voz tratando de sonar confiada. El temblor no desaparecía.

La mujer sonrió con crueldad y se lanzó contra él con una velocidad inhumana. Ryuusei, guiado solo por el instinto, apenas tuvo tiempo de esquivar el barrido de su guadaña. El aire siseó donde segundos antes había estado su cabeza. En un acto desesperado, arrojó una de las dagas. Se teletransportó detrás de ella y, con manos temblorosas, asestó un corte en su espalda. La mujer no gritó. Solo giró con rapidez, como una serpiente, y le clavó una daga en el hombro. No la de él. La de ella.

—¡Ahh, mierda! —rugió Ryuusei, retrocediendo con la herida ardiendo. El dolor era tan real que le nubló la vista, y un calor húmedo se extendió por su ropa.

La mujer se burlaba mientras lo veía sangrar. Sus ojos carmesíes brillaban con un placer sádico, como si disfrutara de su sufrimiento.

—Pobrecito… ¿Duele? —se relamió los labios, y por un instante, el horror de la situación le hizo sentir náuseas.

Ryuusei respiraba con dificultad, su mente luchaba contra el miedo que lo paralizaba. No era un héroe, no era un guerrero. Era un chico de 14 años que no sabía qué hacer en esta situación. ¿Cómo se supone que debía hacer esto? Las manos le temblaban de pies a cabeza. El sudor frío le resbalaba por la espalda. Si no hacía algo, moriría aquí. Y no podía morir. No después de lo que había visto, de lo que le había pasado a Haruto.

Cerró los ojos por un instante, suplicando por una fuerza que no sabía que tenía. —No… no puedo morir aquí… —murmuró, apretando los dientes, canalizando toda su rabia, su dolor y su deseo de vivir en la daga que sostenía.

Cuando abrió los ojos, supo lo que debía hacer. Se teletransportó a su espalda, usando ambas dagas en un ataque veloz y desesperado. La mujer gritó, un sonido estridente que se convirtió en una mueca de dolor cuando su torso fue perforado por múltiples cortes. Pero ella no caía. Trató de contraatacar, pero Ryuusei, en un arranque de furia helada, levantó uno de los martillos y lo estrelló contra su cráneo. Un sonido nauseabundo, el crack de huesos y carne, resonó en la cueva. La mujer cayó de rodillas, con el rostro desfigurado. Su cuerpo, sin vida, cayó en la neblina del suelo.

Ryuusei se quedó de pie, jadeando. El asco y el alivio luchaban por dominarlo. Había matado por primera vez. Y esta vez, lo había hecho con la intención de que la persona no se levantara. La imagen del cráneo aplastado de la mujer, del chorro de sangre salpicando la pared, lo golpeó con una fuerza brutal. Una sensación de náuseas le subió por la garganta. Cayó de rodillas, el martillo resbalando de sus dedos temblorosos.

De repente, un grito en la distancia lo sacó de sus pensamientos. Un grito de terror. ¡El grupo estaba en peligro!

Sin dudarlo, dejó atrás el cadáver de la mujer. Con las dagas en mano, corrió de vuelta, y la escena que encontró fue un caos absoluto. Haru, Aiko, Daichi, Kenta… todos estaban rodeados por varios asesinos con miradas sádicas y armas improvisadas. Aiko temblaba, sosteniendo una pequeña daga, mientras Haru ya tenía sangre en el rostro y la ropa. Daichi peleaba con una ferocidad calculada, su katana bailando en el aire.

—¡Ryuusei, ayuda! —gritó Aiko, su voz apenas audible.

Kenta, en un acto de valentía o estupidez, se lanzó al ataque con un grito de guerra, pero un oponente le atravesó la pierna con una lanza.

—¡MIERDAAA! ¡MI PIERNA! —gritó Kenta, cayendo al suelo.

La lanza todavía incrustada en su pierna. Su grito desgarrador reverberó en el bosque, pero su atacante no tuvo piedad. Retorció la lanza dentro de la herida, provocando que la sangre brotara en un chorro caliente. Kenta gritó aún más fuerte, pero el dolor pronto fue reemplazado por una sensación de entumecimiento y terror.

Aiko, con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas, fue corriendo y le clavó la daga en el cuello al agresor de Kenta. El hombre cayó con un gorgoteo. Luego, la niña retrocedió asustada, sus manos temblaban de horror por lo que había hecho. Uno de los atacantes se abalanzó sobre ella, pero Daichi lo bloqueó con su espada. Haru se movió con precisión, eliminando a dos enemigos con cortes limpios, su mirada más calculadora que nunca.

La batalla se volvió un baño de sangre. Haru recibió un corte en el brazo, y escupió sangre tras recibir un puñetazo en el estómago. Aiko sollozaba mientras esquivaba por poco un hacha que casi la partía en dos.

Ryuusei ya no pensaba. Su mente estaba nublada por una mezcla de rabia y miedo. Agarró su martillo con una fuerza insana, corrió y se teletransportó detrás de un enemigo, clavando una de sus dagas en su espalda. La sangre brotó violentamente. El hombre gritó, pero Ryuusei no se detuvo. Sus manos, que antes temblaban por el miedo, ahora eran firmes. La rabia lo había consumido. Clavó la daga una y otra vez, perforando la espalda del hombre con una furia desatada, sin importarle que el cuerpo ya estuviera inerte.

Al pasar unos segundos, el hombre cayó al suelo. Solo entonces, Ryuusei volvió a la realidad. Se quedó mirando el cuerpo, el charco de sangre. El rostro del hombre, su último aliento. La adrenalina se disipó y la brutalidad de sus actos lo golpeó con fuerza. Se giró a un lado y empezó a vomitar, el estómago revuelto por el olor a sangre y el sabor amargo del miedo.

El muchacho cayó de espaldas, jadeando en el suelo. Su respiración era irregular, su cuerpo temblaba de pies a cabeza.

—¿Esto… es lo que significa sobrevivir aquí…? —se preguntó, su voz rota por la culpa, con los ojos fijos en el cielo oscuro del Limbo.

Capítulo 4:

Sombras de la desconfianza

El crujido de la madera carbonizada era el único sonido en el bosque, un eco seco y fúnebre que resonaba en cada paso que daban. A su alrededor, los árboles, reducidos a esqueletos quemados, se alzaban como monumentos a un desastre reciente. El hedor a humo, a tierra quemada y a algo más, algo putrefacto y dulce, hacía que la atmósfera se sintiera pesada, casi irrespirable. Ryuusei avanzaba con el grupo, sus sentidos en alerta máxima, pero en su interior algo había cambiado, una grieta se había abierto en la confianza que apenas habían empezado a construir. Desde que usó las armas celestiales en la batalla anterior, la forma en que sus compañeros lo miraban se había vuelto diferente, con un interés que le erizaba los nervios.

—Hey, Ryuusei —dijo Kenta, acercándose a su lado con su habitual aire despreocupado, aunque sus ojos no dejaban de mirar la funda de las dagas que colgaba de la cintura del muchacho—. Tus armas… nunca había visto algo así. No sé, parecen hechas para este tipo de lugar.

Haru, que cojeaba ligeramente por la herida en la pierna, se unió a la conversación, su mirada calculadora escudriñando a Ryuusei con una intensidad que lo hacía sentir como si estuviera siendo analizado. —Es cierto. En este bosque, lo más que podrías encontrar sería una espada oxidada, arcos rotos o incluso un hacha, pero esas dagas… ese par de martillos… parecen sacados de un arsenal que no pertenece a este mundo.

—Sí, son rarísimas. Ese filo tiene un brillo distinto, ¿sabes? —insistió Kenta, su curiosidad infantil empezando a sonar como una interrogante más seria. —¿Son artefactos especiales?

Ryuusei sintió un escalofrío recorrer su espalda. Las preguntas parecían casuales, pero la insistencia en sus miradas no lo era. Se sentía como si ya no fuera un simple compañero para ellos, sino un objeto de estudio, una carta del comodín que podía beneficiarlos o matarlos a todos.

—Las encontré —respondió con voz seca, intentando sonar indiferente.

Daichi, que hasta ahora había permanecido en un silencio imponente, se detuvo y se volvió hacia Ryuusei. Su mirada sombría era como la de un cazador. —No me gusta desconfiar de mi grupo, pero saber dónde encontraste algo así podría ayudarnos a todos. Podríamos ir y conseguir armas similares.

—No recuerdo bien por donde… —murmuró Ryuusei, apartando la mirada.

Era una mentira obvia, y lo sabía. El camino a la cueva estaba grabado a fuego en su mente, pero el temor a compartir un poder que ya había cobrado una vida era mucho mayor. Se suponía que el grupo debía apoyarse, pero la semilla de la desconfianza ya estaba plantada. Su agarre en la funda de su espada se hizo más fuerte. Si seguían insistiendo, pronto podrían volverse contra él. La Muerte había dicho que «la traición será parte del juego». Quizás este era el inicio.

El único en quien sentía que aún podía confiar era Aiko. La niña era demasiado inocente para las intrigas del grupo, su miedo era genuino y su necesidad de protección era clara. Durante un breve descanso, cuando se alejaron un poco del grupo para revisar su herida, le confesó la verdad.

—Aiko, ellos… están empezando a sospechar de mí —susurró, mirando de reojo a sus compañeros. La sombra del miedo y la paranoia cruzó su expresión, la rigidez en sus labios se hizo más evidente.

Aiko lo miró con una seriedad que no le correspondía a su corta edad. Su cabello plateado se movía suavemente con el viento. —Sí, me di cuenta. Pero tampoco los culpes por completo, Ryuusei. Es normal que les interese. Esas armas no son comunes, y el poder que usaste… no es algo que se vea todos los días.

—No puedo confiar en ellos… —susurró él, la amargura en su voz palpable.

Aiko suspiró, un sonido que le recordaba a una hermana mayor. —Mira, si crees que se pondrán en tu contra, ten cuidado. Protégete. Pero no te encierres en ti mismo. Aún estamos juntos en esto. Si lo que dijiste es verdad… hay un número limitado de personas, ¿recuerdas? Y nosotros somos un equipo. Si nos dividimos, moriremos más rápido.

La tensión en su pecho se relajó un poco. Aiko tenía razón. Su lógica simple y directa era un bálsamo para su mente paranoica. Al menos tenía a alguien en quien confiar en este infierno. Un hilo delgado de esperanza.

El grupo se puso de nuevo en marcha, avanzando entre la espesura del bosque quemado. La luz de la luna, ahora una media luna pálida, se filtraba entre las copas de los árboles, proyectando sombras alargadas y grotescas en el suelo. El ambiente se sentía pesado, como si algo invisible, una presencia helada, los estuviera observando. El olor a carne quemada se intensificó, mezclándose con un tufo dulzón y enfermizo.

—Ryuusei, ¿qué significan esos números? —preguntó Aiko de repente, señalando con el dedo.

Ryuusei frunció el ceño. — ¿Qué números?

De repente, un sonido mecánico y chirriante resonó en el cielo, haciendo que todos levantaran la vista. Justo encima de ellos, entre las ramas, una pantalla gigantesca se encendió, parpadeando con una luz fría y verde. En ella, una lista de nombres que comenzaban a desaparecer, uno por uno. Cada nombre que se desvanecía en la oscuridad, cada línea de texto que se borraba, representaba una muerte, un alma perdida en este juego macabro.

—Mierda… —murmuró Haru, su voz por una vez sin la habitual compostura—. Mira la cantidad que ya ha caído.

—Es como si estuvieran reduciendo el número de jugadores a propósito —dijo Daichi, su voz grave y preocupada.

El grupo contuvo la respiración. La pantalla mostró una cifra escalofriante: 12,476 almas restantes.

—¿Eso significa que… están muriendo? —susurró Haru, con el rostro pálido como el de un fantasma.

—Sí —dijo Daichi, con una mueca de disgusto. —No sabemos qué hay detrás de esto, pero cada vez hay menos personas con vida. Solo somos una cifra en su tablero.

El camino que recorrían estaba salpicado de los restos de aquellos que no tuvieron tanta suerte. Entre los escombros y el barro, podían verse brazos cercenados, piernas torcidas en ángulos antinaturales y charcos de sangre ya oscurecida. Ryuusei tragó saliva al ver una cabeza aplastada contra una roca, los ojos aún abiertos en una mueca de horror congelada en el tiempo. La Muerte no era una entidad simbólica. Era una cazadora.

De repente, un ruido desgarrador y seco resonó en el bosque. Un rugido profundo y gutural que no se parecía a nada que hubieran escuchado antes. La temperatura pareció descender de golpe, y el hedor a putrefacción se volvió abrumador.

—¿Eso fue un animal? —preguntó Kenta, su voz temblando.

Desde las sombras emergió una criatura grotesca, con extremidades desproporcionadas y una boca llena de hileras de dientes afilados como cuchillas. Su piel era negra y putrefacta, con pedazos de carne colgando de su cuerpo. En su garra derecha, aún goteaban restos de lo que parecía ser un brazo humano. La criatura se movió con una velocidad antinatural, acechando a un grupo de jugadores a lo lejos.

—No —dijo Haru, su voz apenas un susurro de terror—. Eso no es un animal.

Una risa resonó en el aire, una voz que ya conocían. Familiar, burlona y cruel, se filtró en sus mentes, directamente en sus pensamientos.

—¡Espero que les guste mi pequeño regalo! ¡Este es uno de mis favoritos! —dijo la Muerte. —Y no se preocupen, hay muchos más donde este salió. Veamos qué tan bien juegan con él.

La criatura soltó un rugido que hizo vibrar el suelo y se lanzó a la carga. El juego había cambiado, y la caza había comenzado.

Capítulo 5:
El Heraldo y la Bestia

El bosque del Limbo, ya una pesadilla por sí solo, había dado a luz a una abominación que desafiaba toda lógica y naturaleza. Su piel, ennegrecida por la putrefacción, se resquebrajaba en múltiples llagas supurantes de las que manaba un pus amarillo y viscoso que caía al suelo con un sonido húmedo.

Su cuerpo era una amalgama de carne corrompida: brazos largos y nudosos, una pierna más corta que la otra, lo que le confería un andar tambaleante pero inquietantemente ágil. De sus dedos anormalmente largos y ganchudos rezumaba un líquido negruzco que apestaba a muerte y descomposición, dejando un rastro de negrura por donde pasaba.

Pero lo más perturbador era su rostro… o la ausencia de uno. Su cabeza, desproporcionada, estaba dominada por una boca descomunal que se abría en una mueca grotesca, dejando entrever hileras irregulares de dientes afilados como cuchillas de obsidiana.

No tenía ojos, pero en su lugar, una constelación de orbes rojos y viscosos parpadeaba sin orden aparente, como si intentaran mirar en todas direcciones al mismo tiempo. Era un ser creado para cazar y destrozar.

Ryuusei sintió un escalofrío que le heló la sangre en las venas. La adrenalina de la masacre anterior había sido reemplazada por un terror puro. A su lado, Aiko, pequeña pero indómita, alzó la mirada con determinación, su mano aferrada a su propia daga.

Haru, de mente aguda y precisa, escrutaba los movimientos de la criatura con ojo analítico, buscando un punto débil. Daichi, el más callado del grupo, se posicionó con firmeza, su katana ya desenfundada, lista para la batalla. Kenta, por su parte, rompió el tenso silencio con una risa nerviosa.

—Bueno… eso fue jodidamente rápido —murmuró, su sonrisa temblorosa era una máscara para el miedo en sus ojos.

El suelo retumbó cuando la bestia, a pesar de su deforme apariencia, se movió con una velocidad inverosímil. No atacó a uno, sino que sus tentáculos, recubiertos de espinas y negrura, se precipitaron hacia ellos con la violencia de una tormenta desatada, intentando barrerlos a todos de un solo golpe.

Ryuusei apenas tuvo tiempo de reaccionar, rodando a un lado mientras las garras de la criatura desgarraban el aire donde había estado un instante antes. El impacto fue tan fuerte que derribó varios árboles cercanos.

Kenta esquivó por puro instinto, jadeando entre cada movimiento, su rostro bañado en sudor. Haru, con su precisión letal, desenfundó un par de dagas y se lanzó al ataque con golpes calculados, desgarrando la piel putrefacta de la bestia.

Los cortes sanaban casi al instante, pero el dolor la hacía retroceder. Daichi, impasible y concentrado, descargó un brutal golpe con su katana en el costado de la criatura, y aunque la carne cedió, el daño parecía mínimo.

Pero el horror apenas comenzaba. La criatura se recuperó en un segundo, soltando un rugido que hizo vibrar las hojas de los árboles. Ryuusei, en medio del caos, escuchó un sonido. Un sonido de algo que se acercaba.

No era un gruñido, ni un grito, sino un profundo zumbido que hacía vibrar el aire, como una campana de bronce a la que se le golpea miles de veces al mismo tiempo.

El aire se tornó denso, frío, como si el mundo mismo contuviera la respiración. Desde la penumbra que se extendía detrás de la criatura, emergió una nueva silueta: alta, imponente, un abismo de oscuridad hecho carne.

Su presencia devoraba la poca luz que había, transformando la atmósfera en un vórtice de desesperanza. Cada paso que daba hacía que la tierra temblara, y una oscuridad más profunda se extendía a su alrededor, una que no era la ausencia de luz, sino una sombra que absorbía la esperanza.

Sostenía en una de sus gélidas manos una espada oscura, de filo negro y goteante de un líquido pegajoso que corroía el suelo donde caía.

Era el Heraldo de la Destrucción. Un ser de una magnitud que Ryuusei jamás pensó que existiría. Su mera presencia hacía que la criatura contra la que peleaban pareciera una simple plaga. El Heraldo tenía un rostro con rasgos humanos, pero carecía de piel. Su mandíbula, sus pómulos, todo era hueso.

En sus cuencas vacías brillaba una constelación de ojos que no se parecían a nada humano, y en su pecho, una docena de orbes rojos y viscosos parpadeaban sin orden aparente, como si intentaran mirar en todas direcciones al mismo tiempo.

Los músculos de Ryuusei se tensaron, y por primera vez sintió la certeza de que estaba al borde de un destino sellado. Los múltiples ojos del Heraldo se fijaron en él, brillando con un fulgor carmesí que parecía mirar más allá de su carne, directamente a su alma. Aiko, con un hilo de voz que apenas era un susurro de terror, logró decir una palabra:

—Ryuusei…

El Heraldo no necesitó más palabras. No hubo gritos, ni discursos, solo un simple movimiento. Levantó su titánica espada, el acero frío del Limbo resonando, y la señaló hacia Ryuusei. No hubo ruido. Solo un mensaje silencioso: el combate estaba a punto de comenzar. Y esta vez, no sería una masacre. Sería una aniquilación.

Apretando con fuerza los mangos de sus martillos, Ryuusei inhaló profundamente. La adrenalina ardía en su sangre, una mezcla de terror y una extraña rabia. Giró el arma en sus manos, sintiendo su peso con cada latido acelerado de su corazón. A su alrededor, sus compañeros se prepararon para lo inevitable. La criatura putrefacta soltó un rugido de júbilo y se abalanzó contra ellos una vez más.

La batalla por sus vidas había comenzado.

Capítulo 6:
El Juicio del Heraldo

Ryuusei sintió cómo su respiración se volvía errática. No era solo el cansancio de la batalla anterior, no era la adrenalina que lo había impulsado a seguir. Era algo más pesado, más opresivo. Era el miedo.

Un vacío helado se había instalado en su pecho, un peso que le dificultaba cada inhalación, un pánico que le hacía sentir que el aire era denso y que el corazón le latía con una urgencia desesperada, como si quisiera escapar de su caja torácica. Su cuerpo se negaba a obedecer. No por el agotamiento. No, era por la certeza de que estaba frente a algo que desafiaba la razón.

La Muerte, cansada de este juego de gato y ratón, había enviado primero a la bestia, una abominación que devoraba todo a su paso, una pesadilla encarnada en carne y desesperación. Y ahora… ahora, había enviado a un ser que no era una bestia, sino la personificación de la aniquilación.

El Heraldo de la Muerte.

La confirmación de que todo debía terminar. La sentencia final había llegado, y no había escapatoria.

El Heraldo no pronunció palabra. No emitió juicio ni aviso. Simplemente, avanzó con una calma absoluta, la espada oscura erguida en sus manos. Su caminar era lento, implacable, como si el destino ya estuviera escrito en el suelo quemado, como si Ryuusei ya estuviera muerto. Y quizá lo estaba.

Algunos valientes, impulsados por una última y desesperada esperanza, intentaron enfrentarlo. No duraron ni un segundo. Un solo movimiento, un tajo seco en el aire, y cayeron sin vida antes de poder tocar el suelo. La espada del Heraldo no cortaba solo carne; cortaba la esperanza, la voluntad de vivir, la esencia misma de sus almas. Eran fantasmas antes de caer.

Ryuusei lo vio todo. Sintió la muerte danzar a su alrededor y, con los latidos tamborileando en sus oídos, sus piernas al fin respondieron. Se lanzó hacia un costado, sintiendo cómo la guadaña silbaba en el aire y le rozaba el cabello. Antes de que el Heraldo pudiera reaccionar, activó sus dagas de teletransportación y reapareció detrás de él.

En un grito ahogado, una mezcla de rabia y desesperación, blandió sus martillos de guerra con todas sus fuerzas, apuntando a la armadura negra como la noche. La Muerte le había dado sus armas, le había dado sus martillos y dagas, y esperaba que fueran suficientes.

Y entonces, el Heraldo simplemente giró la cabeza. Dos orbes resplandecientes brillaban tras su yelmo, inhumanos, carentes de cualquier emoción. Con un movimiento que rozaba lo perezoso, el Heraldo extendió un brazo y atrapó a Ryuusei en el aire, sus martillos aún suspendidos en la futilidad del ataque.

Luego, lo lanzó con la facilidad de quien desecha algo sin valor. Como si fuera una mosca. Como si su existencia no significara nada.

El impacto contra el suelo le arrebató el aliento. El mundo giró en un torbellino de polvo y sangre mientras rodaba por el suelo. Su cuerpo ardía con un dolor que no podía siquiera medir. Trató de incorporarse, pero sus brazos temblaban. Tosió, y sintió la sangre caliente en su lengua. Sus sentidos estaban sobrecargados. El sabor metálico de la sangre, el olor a tierra y muerte, el sonido distante de la batalla.

Los pasos del Heraldo resonaban, lentos, constantes, implacables. Ryuusei trató de levantarse. Su cuerpo no respondió. No era solo la herida. Era el miedo. La visión de Ryuusei se nubló. Su corazón latía con un ritmo irregular. Un vacío helado le oprimía el pecho. Sus manos estaban empapadas en su propia sangre, y su mirada, antes llena de fuego, ahora solo reflejaba un pánico sofocante.

Voy a morir.

No como un héroe. No como un guerrero legendario. No como alguien que luchó hasta el final. No. Simplemente… voy a morir.

El Heraldo se detuvo. Su espada negra, erguida sobre él, no descendió. No terminó el juicio de inmediato. En su lugar, ladeó ligeramente la cabeza, como si acabara de notar algo, algo que le resultaba familiar. Su mirada se posó en las armas de Ryuusei. Los martillos de guerra y las dagas de teletransportación. Eran conocidas como “Las Armas Celestiales”.

Sus orbes centellearon con una luz fría, una sombra de reconocimiento. Luego, sin cambiar su expresión inmutable, giró la cabeza hacia el horizonte. La oscuridad misma parecía retorcerse en ese punto, como si algo más allá del entendimiento humano estuviera observando desde la negrura.

Un susurro escapó de los labios del Heraldo. Palabras guturales, antiguas, que no pertenecían a este mundo, un sonido que solo Ryuusei pudo escuchar, y que a pesar de que no entendía lo que decían sus palabras, sentía que no era para él.

Y entonces, con la misma calma con la que había llegado, bajó su espada. Se giró una última vez hacia Ryuusei, y sin siquiera dignarse a pronunciar un veredicto, se sentó a pocos metros. Y con su dedo, dibujó un círculo en el suelo.

La Muerte debía ser informada. El Heraldo tenía un mensaje que llevar.

Y Ryuusei… Ryuusei aún no entendía por qué seguía con vida.

Capítulo 7:
MIEDO A LA MUERTE

El dolor seguía punzando en cada fibra del cuerpo de Ryuusei, un recordatorio constante de que aún estaba vivo. Su respiración era un jadeo entrecortado, el pecho subiendo y bajando con urgencia frenética mientras intentaba procesar lo imposible: la Muerte no había enviado solo a la bestia putrefacta. Había enviado al Heraldo Negro.

Ya no era una cacería. Era una ejecución personal.

Kenta se había refugiado detrás de Daichi, su cuerpo entero temblando.

—¿Qué… qué está pasando? —susurró Kenta, voz apenas audible.

Daichi no respondió. Sus ojos, antes sombríos, ahora eran un espejo de terror helado.

Aiko se soltó la mano. —Tenemos que ayudarlo. Tenemos que hacer algo.

Haru negó con la cabeza, voz baja y gélida. —No podemos. ¿No lo ves? El Heraldo… es de otro nivel. Un solo movimiento y nos borra a todos.

—¡Pero es Ryuusei! —Aiko se puso de pie, pequeño cuerpo rígido de determinación—. ¡No podemos abandonarlo!

—Si vamos, morimos —dijo Haru sin alzar la voz, pero con firmeza que heló a la niña—. Si morimos, él muere solo. Al menos así… tal vez uno sobreviva para dar la alerta.

Kenta asomó la cabeza por encima del hombro de Daichi. —No… no pueden hablar en serio. No podemos dejarlo ahí. Él es…

—Él es el objetivo —completó Haru sin emoción—. La Muerte no envió esa cosa por diversión. Lo envió por él. Nosotros somos daño colateral si nos acercamos.

Una grieta se abrió en la tierra a sus pies con un trueno sordo. Ryuusei, a la distancia, se incorporó temblando.

—Quiere acabar con esto —murmuró Ryuusei entre dientes, su voz llegando a ellos como un susurro arrastrado por el viento—. Quiere verme muerto cuanto antes.

Aiko sollozó. —No… Ryuusei… no…

Daichi, que había permanecido en silencio, se levantó por completo, desenfundando lentamente su katana. —Él es el objetivo. Pero nosotros somos su equipo. No lo dejaremos morir.

—Estás loco, Daichi —dijo Haru, pero su voz ya no sonaba tan segura.

—Tal vez —respondió Daichi, sus ojos fijos en la figura inmutable del Heraldo—. Pero él es el que nos ha mantenido vivos hasta ahora. El que encontró las armas, el que nos salvó de esa cosa putrefacta. Si tiene una oportunidad, está con nosotros.

Kenta asintió frenéticamente. —¡Sí! ¡Daichi tiene razón! ¡No hay forma de que lo dejemos solo!

Haru suspiró, su mirada calculadora de pronto llena de una frustración tangible. —Bien. Pero no seamos idiotas. Nos moveremos en grupo, y solo atacaremos si vemos una apertura. Si el Heraldo nos presta atención, corremos. ¿Entendido? Es nuestra única oportunidad.

Aiko asintió, su rostro cubierto de lágrimas, pero sus ojos encendidos de determinación. Los cuatro se movieron con cautela, usando la devastación del paisaje como cobertura, acercándose al campo de batalla.

Frente a Ryuusei, la figura del Heraldo Negro permanecía inquebrantable, su espada de obsidiana descansando sobre su hombro. Su capa oscura ondeaba como una sombra viviente, y su presencia exudaba una calma perturbadora, una calma que Ryuusei sentía como la antesala de su propia tumba.

—Te estás demorando demasiado —dijo el Heraldo con voz grave y distorsionada, una resonancia que no venía de su garganta, sino del aire mismo—. Termina de morir, humano.

Ryuusei levantó su martillo. Sus brazos temblaban, pero el miedo se mezclaba con una furia incontrolable. No podía rendirse. Si lo hacía, sus compañeros morirían. Su familia. Y con un grito de guerra, una mezcla de rabia y desesperación, se lanzó al ataque.

El choque fue inmediato. La espada y el martillo colisionaron con una fuerza capaz de partir el cielo. Ondas de choque destruyeron los árboles cercanos, y el suelo se fragmentó en mil pedazos.

Ryuusei se teletransportó repetidamente, un borrón en el aire, atacando desde distintos ángulos, pero el Heraldo predecía cada movimiento con escalofriante facilidad. Era como si su mente fuera una hoja de cálculo, analizando cada variable y cada posible movimiento.

—Aburrido —susurró el Heraldo, bloqueando cada golpe con un solo brazo, su voz un eco de desinterés.

—¡Cállate! —bramó Ryuusei, sintiendo cómo su furia crepitaba dentro de él, alimentando sus golpes. —¡No me conoces! ¡No sabes lo que soy!

El Heraldo se detuvo por un instante. Sus ojos, dos orbes de luz carmesí, se posaron en las armas de Ryuusei, y luego volvieron a su rostro, inmutable. Una sonrisa se formó en la oscuridad de su yelmo. No era una sonrisa de alegría, sino una de burla, de un sadismo cruel.

—Cuando acabe contigo, iré por tu familia.

El martillo de Ryuusei se detuvo en el aire. Sus piernas flaquearon. Su mente, su furia, se detuvieron.

—Voy a arrancarles los órganos uno por uno. A hacerlos gritar mientras los despedazo lentamente.

El estómago de Ryuusei se hundió como si lo hubieran arrojado a un abismo. Su respiración se volvió errática. Un sudor frío le recorrió la espalda. Las palabras del Heraldo conjuraron una imagen vívida en su mente: su hermana, su madre, su padre… sus rostros, su dolor…

Miedo. No por su vida. Por la de ellos.

El Heraldo lo notó… y la sonrisa en su yelmo se ensanchó.

—Ah… Así que este es tu verdadero miedo. Te aferras a ellos como un niño a su manta. Qué patético.

Ryuusei intentó moverse, atacar, pero su cuerpo no respondió. Su mente estaba atrapada en la imagen de su familia siendo masacrada. Sus músculos se negaban a obedecer. Todo el poder que había sentido momentos antes, toda la furia, se desvaneció en un instante.

—¡No lo escuches, Ryuusei! ¡No lo escuches! —el grito de Aiko, a la distancia, llegó a sus oídos.

El Heraldo levantó la vista, notando al grupo. La sonrisa se desvaneció. Con un movimiento rápido y certero, golpeó a Ryuusei en el estómago.

El impacto demoledor lo alcanzó en el estómago. Fue como si cinco camiones lo hubieran embestido a la vez. Sus huesos crujieron. La sangre brotó de su boca. Su cuerpo salió despedido, atravesando un árbol y destrozándolo en el proceso.

Cayó al suelo en convulsiones. Su respiración era errática, sus ojos desenfocados. El dolor era insoportable. Su conciencia se tambaleaba. La Muerte se acercaba.

El Heraldo avanzó lentamente, disfrutando cada segundo. —Se acabó —susurró, alzando la espada para el golpe final.

El filo negro descendió.

Ryuusei intentó moverse. No respondió. Solo un pensamiento: No quiero morir.

Un estallido de luz cegadora interrumpió el ataque.

El Heraldo se detuvo. Frunció el ceño óseo. Giró la cabeza.

Ryuusei, apenas consciente, también miró.

La tierra tembló con violencia. Algo más había entrado en escena.

Y entonces, desde la grieta abierta por el impacto, emergió una presencia aún más monstruosa.

La Bestia.

Capítulo 8:

EL HORROR QUE HABITA

Ryuusei apenas podía mantenerse consciente; su visión era un borrón de grises y rojos, el cuerpo un desastre palpitante de dolor que latía con cada latido irregular del corazón. Sin embargo, incluso en ese estado lamentable, lo sentía: una presión sofocante, un peso en el aire que hacía que su pecho malherido se encogiera de nuevo. Algo más grande, algo más monstruoso, había llegado.

A unos pocos metros, ocultos tras una columna de humo y escombros, el grupo observaba con respiración contenida. La espada del Heraldo Negro, a punto de asestar el golpe final, se había detenido en el aire. Por primera vez, su postura relajada se tornó rígida, como si algo dentro de él reconociera una amenaza real.

—No puede ser… —murmuró el Heraldo, voz grave y distorsionada mostrando un leve atisbo de sorpresa que resonó en la mente de todos.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué se detuvo? —susurró Aiko, ojos llenos de lágrimas, su mano apretada contra el pecho.

Desde la negrura de los escombros, dos ojos brillaron como llamas grises, sin expresar sentimiento alguno. Un rugido bajo y gutural reverberó en el aire, un sonido que no parecía venir de una garganta, sino del mismísimo suelo. El suelo tembló cuando una enorme silueta emergió de las sombras.

—Oh, Dios… —Kenta se tapó la boca, su voz un hilo de pánico. —Esa cosa… no…

—Esa es la bestia —confirmó Daichi, su voz firme, aunque sus ojos reflejaban un horror que nunca antes se había visto en él. —La que nos atacó primero. Pero… es más grande. Mucho más grande.

La Bestia había llegado. Era un ser de pesadilla. Su cuerpo, una amalgama de músculos y oscuridad viva, se movía con una agresividad contenida. Garras tan afiladas como cuchillas arañaban la tierra con cada paso. Sus fauces se entreabrieron, mostrando colmillos capaces de arrancar el acero como si fuera papel. Pero lo peor era su presencia. Era como si el mismísimo abismo se hubiera materializado en forma de depredador.

El Heraldo Negro, siempre imponente, dio un paso atrás. La grieta que su primer encuentro había causado en el suelo se extendió aún más.

—Tch… Esto no estaba en los planes —siseó el Heraldo, su voz llena de una frustración que contrastaba con su inmutable apariencia.

—¿Planes? —susurró Haru, su mente analítica intentando procesar la información. —El Heraldo tiene planes. La Muerte tiene planes. ¿Y esto no estaba en ellos? Esto es un comodín. Una falla en el sistema.

—¿Y qué significa eso para nosotros? —preguntó Aiko, sus ojos moviéndose frenéticamente entre Ryuusei y la nueva criatura.

—Significa… —Daichi tragó saliva. —Significa que tal vez no somos el objetivo ahora mismo. Significa que, por primera vez, La Muerte ha perdido el control.

Ryuusei jadeó, intentando encontrar fuerzas para moverse, pero su cuerpo se negaba a responder. Apenas podía procesar lo que veía. La Bestia no distinguía aliados de enemigos. Su única naturaleza era la destrucción. El monstruo rugió y el mundo pareció estremecerse.

—¡Corre, Ryuusei! ¡Corre! —gritó Kenta.

Pero Ryuusei no podía. Estaba clavado en el lugar, no solo por el dolor, sino por la pura incredulidad. No entendía. Por primera vez, se sentía como una simple hormiga en un duelo de gigantes.

El Heraldo Negro fue el primero en reaccionar. Con una velocidad imposible, retrocedió varios metros, su espada brillando con energía oscura. Su mirada estaba clavada en la criatura, evaluándola.

—Si crees que puedes interponerte en mi camino, estás equivocado. Eres solo un juguete roto.

La Bestia no respondió con palabras. No lo necesitaba. Simplemente se lanzó.

—¡Va a atacarlo! —gritó Aiko.

—¡No! Va a atacar a la bestia. No, va a atacarnos a nosotros. No, espera, solo a la bestia. ¿Por qué está pasando esto? ¡¿Quién es más fuerte?! —Kenta no podía dejar de hablar, sus palabras se atropellaban entre sí.

—Silencio, Kenta —dijo Haru, su voz gélida. —Observa. Este es un combate entre dos de las creaciones más poderosas de La Muerte. La Bestia es poder crudo, puro, sin técnica. El Heraldo es técnica y frialdad. Es la fuerza contra el arte marcial. Es pura fuerza contra un asesino.

—¿Y quién va a ganar? —preguntó Aiko con voz temblorosa.

—No lo sé —respondió Haru, con una sinceridad que sorprendió a todos. —Nadie. No hay ganador en esto. La Muerte está perdiendo.

El ataque de la Bestia fue instantáneo. La velocidad con la que se movía no correspondía con su tamaño. En un parpadeo, estaba sobre el Heraldo Negro, su garra descendiendo con un golpe capaz de partir una montaña en dos.

¡BOOM!

El impacto levantó una explosión de escombros y fuego. Ryuusei sintió cómo el suelo bajo él se fracturaba por la onda expansiva. Apenas pudo cubrirse el rostro con un brazo para protegerse de la metralla de rocas y polvo. Cuando la nube de polvo se disipó, vio al Heraldo Negro de pie, su espada cruzada en defensa, resistiendo la fuerza aplastante de la Bestia. Pero, por primera vez, había una grieta en su arma, y el Heraldo se estaba esforzando. Se podía sentir.

—¡Lo está haciendo retroceder! —exclamó Kenta.

—El Heraldo está luchando en serio —susurró Daichi, su voz llena de asombro. —No estaba jugando con él. Estaba luchando para sobrevivir.

El monstruo rugió con una furia primitiva y atacó de nuevo, sin darle respiro. Golpes, embestidas, colmillos y garras chocaban contra la guadaña en una danza mortal. El Heraldo Negro se vio obligado a retroceder, desviando cada ataque con precisión milimétrica, pero la diferencia de poder era evidente. La Bestia era un ser de puro instinto, sin estrategia ni técnica… pero con una fuerza descomunal que lo hacía inmune a cualquier forma de resistencia.

Y entonces, Ryuusei comprendió algo aterrador.

«Esto no es una pelea. Es una cacería.»

La Bestia estaba cazando al Heraldo Negro.

Pero si esa criatura podía hacer retroceder a su peor enemigo… ¿qué pasaría si fijaba su atención en él? El miedo le apuñaló el pecho. No tenía fuerzas para huir ni forma de defenderse. Si la Bestia decidía atacarlo, estaba muerto.

Intentó moverse, forzar a su cuerpo a reaccionar, pero cada músculo protestó con un dolor insoportable. Solo podía mirar, impotente, mientras los dos seres titánicos continuaban su enfrentamiento.

El Heraldo Negro apretó los dientes. Chispas negras surgieron de su arma. —Maldito engendro… —siseó.

La Bestia no esperó. Volvió a lanzarse, esta vez con una velocidad aún mayor. El Heraldo apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando la garra se clavó en su pecho, lanzándolo a través de una roca colosal.

¡CRASH!

El estruendo resonó en toda la zona. Un enorme cráter se formó en el punto de impacto.

Ryuusei contuvo la respiración. ¿Lo había vencido? ¿Había acabado con el Heraldo Negro?

Pero entonces, algo cambió. El aire se tornó aún más denso. La temperatura descendió bruscamente. Una neblina oscura comenzó a emanar del cráter.

—No… —murmuró Haru, con los ojos bien abiertos por el terror. —No es posible.

Y en medio de la bruma negra, una risa profunda resonó, una risa que no era de la Bestia.

—Hehehe… No creas que será tan fácil…

Ryuusei sintió un escalofrío recorrer su espalda. La batalla no había terminado. Apenas estaba comenzando. Y él estaba atrapado en el centro del huracán.

Capítulo 9:
La Bestia

La tierra se partía bajo sus pies. El cielo se tornó carmesí, un reflejo infernal de la desesperación que flotaba en el aire mientras la Bestia y el Heraldo Negro se encaraban. Ryuusei, apenas consciente, se obligó a mantenerse en pie mientras presenciaba la lucha de titanes.

A unos pocos metros de distancia, el grupo se movía entre los escombros, usando la devastación del paisaje como cobertura. Kenta, con la boca tapada por su mano, no podía apartar la mirada. Daichi, con su katana desenvainada, estaba listo para defender a los demás. Haru, analizando cada milímetro de la pelea, y Aiko, con el corazón roto por la condición de su hermano mayor.

—No… no puede ser real —susurró Aiko, lágrimas corriendo por sus mejillas. —Es como si el infierno se hubiera abierto.

—Cállate, Aiko. Tienes que concentrarte —Haru la regañó, su voz tensa—. Mira a la Bestia. No está peleando, está cazando. Y el Heraldo… por primera vez, no parece que lo tenga bajo control.

La Bestia, una aberración de dientes y garras afiladas, rugió con una furia primigenia que resonó en el pecho de todos. Su tamaño eclipsaba al Heraldo, pero la sombra de la espada negra no se dejaba intimidar. Con un movimiento fluido, el Heraldo Negro desapareció y reapareció tras la Bestia, su espada descendiendo con la precisión de la muerte misma.

Un tajo profundo rasgó la piel de la criatura, pero en lugar de retroceder, la Bestia giró y contraatacó con una velocidad sobrehumana. Su garra impactó el torso del Heraldo, lanzándolo contra una montaña, que se desmoronó por completo. El Heraldo impactó con tanta fuerza que el grupo sintió la onda de choque en sus cuerpos.

—Eres más molesto de lo que aparentas —gruñó el Heraldo, levantándose entre los escombros como si el impacto no hubiera sido nada.

—¿Lo vieron? —Kenta jadeó, sus ojos saliendo de sus cuencas. —¡La Bestia le pegó con todo! ¡Y solo lo hizo retroceder! ¡Qué clase de monstruos son estos!

—Tienen niveles de poder tan altos que rompen la lógica —respondió Haru, su voz seca—. No hay manual para esto. Solo podemos observar y esperar que se maten entre ellos.

La Bestia no respondió con palabras, sino con otro embate feroz. El Heraldo evadió por poco, deslizando su espada para cortar el brazo de la criatura. La extremidad voló en el aire, pero, con un rugido grotesco, la Bestia regeneró su carne de inmediato, como si la herida nunca hubiera existido.

—Tch… Eres una plaga fastidiosa —siseó el Heraldo, su voz gélida.

El combate se intensificó. Cada choque entre ellos creaba ondas de energía devastadoras, arrasando el terreno y cobrando la vida de cientos de jugadores que se habían atrevido a acercarse. La velocidad del Heraldo le permitía cortar a la Bestia en docenas de lugares, pero la criatura se regeneraba como si cada herida fuera insignificante. La frustración del Heraldo comenzaba a ser evidente.

—¡Ryuusei! ¡Haz algo! ¡Por favor! —la voz de Aiko, un grito desesperado, llegó a los oídos de Ryuusei, que yacía en el suelo.

Haru, al darse cuenta de la imprudencia de Aiko, se arrodilló a su lado, susurrando con urgencia. —¡Aiko, cállate! ¡No lo oirá! Si se entera de que estamos aquí, nos mata a todos, es lo que quiere.

Pero Ryuusei sí había escuchado. Las palabras de Aiko, el pánico en su voz, lo sacudieron. Un fuego se encendió en su interior, un deseo visceral de protegerla. El dolor en su cuerpo se volvió un eco distante mientras se obligaba a mantenerse en pie. Vio la lucha, el Heraldo frustrándose. La Bestia lo estaba dominando. Era su oportunidad.

Y entonces ocurrió. La Bestia, en un movimiento inesperado, atrapó la espada del Heraldo con una de sus garras. Con la otra, arrancó el casco del caballero oscuro de un solo golpe.

El Heraldo tambaleó. Por primera vez, su rostro quedó al descubierto: pálido y cadavérico, con ojos hundidos y una expresión de incredulidad. —Tch… —murmuró, pero antes de poder reaccionar, Ryuusei se teletransportó detrás de él, usando sus dagas ancestrales en un movimiento desesperado.

Agarró sus dos martillos celestiales y los hizo descender con toda la fuerza posible. La furia, la desesperación, la impotencia, todo se canalizó en ese golpe.

—¡Muere! —rugió Ryuusei, impulsando los martillos con todo su peso.

El impacto fue brutal. Los pinchos de los martillos, forjados de caos y de poder de Quinta Generación, perforaron el cráneo del Heraldo Negro, quebrándolo con un crujido espantoso. La sangre brotó en un chorro inhumano mientras el cuerpo del Heraldo se sacudía violentamente, sus ojos abiertos en una mezcla de sorpresa y agonía.

—¡Muere! —rugió Ryuusei, sus ojos inyectados en sangre. —¡Muere! ¡Muere! ¡Muere!

Cada golpe era una liberación de su miedo.

—¡Muere!

El Heraldo Negro cayó de rodillas. Su espada resbaló de sus manos y su cuerpo se desplomó en el suelo sin vida.

Ryuusei, jadeante, se tambaleó, pero se obligó a mantenerse en pie. Su corazón latía con violencia en su pecho. Había vencido. La espada, el martillo, el miedo… todo el trabajo lo había hecho la Bestia.

—¡Ryuusei-nii! —Aiko corrió hacia él, seguida por el resto del grupo.

—¿Estás bien? —preguntó Haru, su voz por primera vez libre de frialdad, sustituida por el asombro. —¿Qué ha pasado? ¿Lo mataste?

—No… no lo sé —Ryuusei miró la espada de obsidiana en el suelo. Sintió un poder inusual dentro de ella. Se agachó y la agarró. Era fría y pesada, pero la sentía como si fuera una extensión de su propio cuerpo. La energía oscura en su interior se mezcló con su propia energía, y una nueva sensación, la de poder puro, recorrió su ser.

—No la toques, Ryuusei. Quién sabe qué es eso —dijo Kenta, con la voz llena de miedo.

—¿Y qué importa? —respondió Ryuusei, con una mirada en sus ojos que ninguno de sus amigos había visto antes. —Maté a uno. Puedo matarlos a todos.

Silencio absoluto. Su corazón latía con violencia. El Heraldo yacía en el suelo, su rostro cadavérico y sus ojos aún abiertos. Pero el peligro aún no había terminado.

—¡La Bestia! —gritó Daichi. —¡Se está moviendo! ¡Viene hacia acá!

Muy lejos de ahí, en un trono de huesos, una figura encapuchada observaba la escena. Su túnica oscura ocultaba su rostro, pero una risa fría resonó en la sala. Decenas, cientos de figuras oscuras aguardaban en silencio. Heraldos, idénticos al que había caído, con sus espadas y sus yelmos.

—Uno menos —susurró la Muerte con absoluta indiferencia. —Pero no importa. Siempre hay más. Y ahora, un jugador ha reclamado una de mis armas. Esto se vuelve interesante.

Ryuusei no tenía tiempo para pensar en eso. Aún quedaba un enemigo por vencer. Apretó los dientes, limpió la sangre de su rostro y se teletransportó.

—¡Ryuusei, no! —gritó Aiko.

—¡No podemos pelear con eso! —exclamó Kenta.

Pero Ryuusei ya no estaba. Había desaparecido. El combate final lo esperaba. La Bestia, la criatura que había masacrado a un Heraldo y ahora venía por ellos, debía morir. Y él, con la espada del Heraldo en sus manos, sería quien la mataría.

Capítulo 10:
La Traición y la Agonía

El aire se había vuelto denso por el humo y el olor a metal quemado. La tierra temblaba con cada golpe que la Bestia y Ryuusei, ensangrentado y con la respiración agitada, intercambiaban. La Bestia, una aberración de dientes y garras afiladas, rugía con una furia primigenia, su tamaño eclipsaba a Ryuusei, pero él no retrocedía. Sus compañeros, Aiko, Daichi, Kenta y Haru, no se habían quedado atrás. Después de ver la imprudencia de Ryuusei, lo habían seguido, sabiendo que no podían dejarlo solo.

—¡Es un idiota! —exclamó Haru, corriendo entre los escombros. —¡Salió sin un plan! ¿Qué piensa hacer contra esa cosa?

—Tiene que tener un plan —dijo Aiko, la voz llena de preocupación. —Ryuusei-nii es un genio.

—No hay un plan contra eso, Aiko —espetó Kenta, su rostro pálido. —Esa cosa derrotó al Heraldo, casi mató a Ryuusei-nii antes… ¡Está por encima de su categoría de poder!

—Su categoría de poder es la misma que la de esas criaturas. Recuérdenlo —Daichi respondió con su habitual calma, aunque su ritmo de carrera se aceleró—. No lo hizo solo. Nos tiene a nosotros. Y es más.

Con un movimiento rápido, Ryuusei se teletransportó sobre la criatura, sus martillos descendiendo con fuerza brutal. Crujieron contra el torso de la Bestia, pero esta solo gruñó y se lanzó de nuevo al ataque. Aiko, con el miedo reflejado en sus ojos, sacó un cuchillo corto y corrió entre las rocas para atacar desde un ángulo ciego. Daichi, en completo silencio, analizaba la pelea con la mirada sombría. Kenta, a pesar de su actitud despreocupada, estaba tenso, listo para moverse. Haru observaba con precisión, buscando una oportunidad para intervenir.

—¡Ryuusei, a tu izquierda! —gritó Haru, su voz cortando la tensión.

Ryuusei apenas logró reaccionar cuando la Bestia giró sobre sí misma, sus garras silbando en el aire. Saltó hacia atrás, pero aterrizó mal, cayendo sobre una rodilla. La Bestia no le dio respiro y se abalanzó sobre él.

—¡Ahora! ¡Ataquen, ahora! —rugió Haru.

Daichi, veloz como una sombra, se deslizó detrás de la criatura y clavó su espada en una de sus patas traseras. La Bestia rugió de dolor y, con brutalidad, pateó a Daichi, enviándolo contra una roca.

—¡Daichi! —exclamó Aiko, corriendo hacia él, las lágrimas asomándose en sus ojos.

Kenta y Haru aprovecharon el momento de distracción para lanzarse al ataque. Kenta rodó por el suelo y apuñaló la pierna de la Bestia, mientras Haru le cortaba el costado con precisión quirúrgica. Las heridas sanaban casi al instante, pero el dolor ralentizaba a la criatura lo suficiente para darles una oportunidad.

—¡Sigue atacando, Ryuusei! ¡Nosotros nos encargamos de las piernas! —gritó Kenta, rodando para esquivar un contraataque.

Varios jugadores observaban desde lejos cómo ese grupo de cinco personas le daba pelea, aprovechando las heridas que el Heraldo había infligido a la criatura.

—¡Es ahora o nunca! —gritó Haru.

Ryuusei se levantó con los músculos ardiendo y tomó con firmeza sus martillos. Con un rugido, corrió hacia la Bestia y saltó, girando en el aire. Su martillo descendió con una fuerza brutal, impactando el cráneo de la Bestia con un estruendo ensordecedor. Un chorro de sangre oscura brotó de la criatura.

—¡Ya falta poco! —gritó Haru, su voz llena de una nueva esperanza.

Ryuusei, jadeando, quiso repetir la hazaña, pero esta vez con más impulso. La criatura seguía luchando. Decidió poner a prueba una teoría con sus dagas de teletransportación. Clavó una daga en el suelo, justo al lado de los pies de Aiko, quien lo miró confundida, pero confió en que tenía un plan. La otra la sostuvo con firmeza en su mano derecha.

—¿Qué… qué vas a hacer, Ryuusei? —preguntó Aiko.

—Confía en mí —respondió él, sin apartar la mirada de la Bestia. —Si esto funciona…

Se dijo a sí mismo: «Si lanzo esta daga con fuerza, llegará a lo alto de la cabeza de la Bestia. La golpearé con todas mis fuerzas con ambos martillos y, cuando la criatura esté por caer, recuperaré la daga que tengo en la mano. Si mi teoría es correcta, me teletransportaré al lado de Aiko.»

—¿Qué es esa teoría? ¡Ryuusei, habla! —gritó Haru.

—Pongámoslo a prueba —murmuró Ryuusei.

Hizo exactamente lo que había planeado. Clavó la daga junto a Aiko y, luego, con toda su fuerza, lanzó la otra. En ese momento, las dagas resonaron en su mente, una conexión que no había sentido antes. La daga en el suelo y la de su mano derecha. Sintiéndose atraído por una fuerza invisible, Ryuusei sintió que una parte de él se desgarraba de su cuerpo, siendo atraído por sus martillos.

—¡Qué carajo…! ¡Siento que algo me está jalando! —exclamó, sorprendido por la velocidad con la que se movía, una velocidad que superaba por mucho su límite físico.

En un instante, apareció sobre la Bestia y, con toda su furia, descargó una lluvia de golpes con sus martillos de guerra. El odio que sentía hacia la criatura, el terror, la rabia, todo se canalizó en una fuerza brutal y desmedida. Sus golpes fueron tan demoledores que los ojos de la Bestia saltaron de sus cuencas, bañando el suelo en sangre.

Para el golpe final, sacó la espada del Heraldo Negro y, con un grito de pura rabia, la clavó en el cráneo de la criatura.

—¡MUEEEEEERE, MALDITA CRIATURA!

La Bestia cayó. Su cuerpo de sombra se desvaneció. Antes de que su cuerpo tocara el suelo, Ryuusei hizo un movimiento rápido con sus manos y sintió nuevamente esa extraña fuerza tirando de él. En un parpadeo, apareció junto a Aiko.

—¡LO LOGRASTE, RYUUSEI! ¡VENCISTE A LA BESTIA! —exclamó Aiko, exagerando su emoción, su rostro iluminado por el alivio.

—Espera, ¿cómo…? ¿Qué fue eso? —Kenta se acercó, su boca abierta por el asombro.

—Al parecer, las dagas responden automáticamente al lugar y el momento exacto en que debo moverme cuando las uso —murmuró Ryuusei. —No es solo teletransportación. Es… una teletransportación a un punto específico de mi voluntad, supongo.

—Ryuusei… —dijo Haru, su voz, por primera vez, llena de temor.

Pero entonces, un dolor horrible atravesó su espalda. Un latigazo de agonía recorrió su columna, como si mil cuchillas ardientes se clavaran en ella al mismo tiempo. Ryuusei cayó de rodillas, temblando, apenas sosteniéndose con las manos.

—¡AAAAAAAAAHHHHH! ¡MI ESPALDA! ¡MI MALDITA ESPALDA!

El aire se volvió denso. Su visión se nubló por un instante. Intentó moverse, pero el más mínimo gesto hacía que su cuerpo entero se estremeciera de agonía.

—¿Qué pasa? ¿Estás herido? —Aiko se arrodilló a su lado.

—¡No… no puede ser! ¡Nooo! ¡No puedo… no puedo moverme bien!

Su respiración se volvió errática. Sentía los latidos de su corazón en su nuca. La adrenalina se disipaba, dejando al descubierto el verdadero horror.

—¿Qué te hizo esa cosa, Ryuusei? —preguntó Kenta, su voz temblando.

—¡MALDICIÓN! ¡¿ASÍ SE SIENTE?! ¡ES COMO SI ME HUBIERAN PARTIDO EN DOS!

Cada intento de incorporarse era un tormento. Sus uñas se clavaron en la tierra mientras apretaba los dientes con furia.

—¡NO VOY A CAER AQUÍ! ¡NO VOY A.…!

Pero otro espasmo lo hizo callar de golpe. Un grito desgarrador rompió el silencio del campo de batalla.

Entonces, una carcajada resonó en el aire, una voz fría y femenina que se mezcló con los escombros y el viento. Desde su trono de huesos, La Muerte aplaudió lentamente, con una sonrisa de diversión.

—No está mal —dijo—. Pero ya me aburrí. Vamos a hacer esto más interesante.

El suelo comenzó a colapsar. Grietas se abrieron bajo sus pies y el caos se desató. A lo lejos, Heraldos Negros emergieron de las sombras, formando un camino de espadas y muerte.

—Solo hay una salida —anunció La Muerte, su voz resonando en las mentes de todos—. El que logre atravesar la meta que mis Heraldos han creado… vivirá. Y el que no… morirá.

Ryuusei jadeó, su cuerpo temblando de puro dolor. La adrenalina ya no lo protegía, y la realidad cayó sobre él como un peso insoportable. Su espalda era un infierno en llamas, un dolor tan atroz que apenas podía respirar sin sentir que su columna se desgarraba. Trató de levantarse, pero sus piernas…

No se movieron.

Un escalofrío le recorrió la piel. —No… no… no… —susurró, su voz temblando. Trató otra vez, pero solo sintió un latigazo de sufrimiento que lo dejó jadeando en el suelo. Sus piernas estaban allí, visibles, normales, pero no respondían. Era como si ya no fueran suyas, como si estuvieran desconectadas de su mente. El pánico se apoderó de su pecho, un pánico frío y paralizante. Su corazón latía tan rápido que sentía que iba a reventar. Quiso gritar, pero lo único que salió de su garganta fue un sonido ahogado, una mezcla de desesperación y terror. Y entonces, levantó la mirada y vio a sus compañeros.

El grupo se había detenido. No corrían, no lo ayudaban. Simplemente estaban allí, observando. Kenta y Haru se miraron por un segundo, el miedo reflejado en sus ojos, no en los suyos, sino en el de ellos. El Heraldo se había ido y la Bestia se había desvanecido, pero el peligro no había terminado. Ellos lo sabían. Vieron el dolor en el rostro de Ryuusei, y vieron su parálisis. Y no dijeron nada. Solo… se dieron la vuelta y corrieron.

—N-no… ¡No! ¡No se vayan! —intentó gritar, pero su voz sonó rota, débil. El grito se ahogó en su garganta, era fútil.

Daichi, el siempre calculador, el estratega silencioso… se quedó unos segundos más. Sus ojos, antes sombríos pero leales, ahora reflejaban una fría racionalidad. Analizó la situación: Ryuusei, herido de muerte, no podía moverse.

Las posibilidades de sobrevivir juntos eran nulas. La probabilidad de que él mismo muriera era altísima si se quedaba. No hubo palabras de despedida, ni siquiera una mirada de disculpa. Solo una sombra que se alejaba, cada paso alejándolo de la muerte segura.

Ryuusei los vio desaparecer en la distancia. Sus amigos. Sus aliados. Se iban, dejándolo atrás. Los que lo habían llamado líder, los que habían confiado en él, lo habían abandonado. En ese momento, sintió algo peor que el dolor físico.

Era el vacío absoluto. La desesperación lo ahogó como un océano infinito. Su pecho se contrajo, su garganta se cerró. Quiso gritar sus nombres, suplicar, maldecir, pero todo lo que salió fue un sollozo ahogado, una mezcla de dolor y rabia.

—¿P-por qué…? —susurró, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas ardientes, lágrimas que se mezclaban con el sudor y la sangre.

—¡Ryuusei!

La voz de Aiko rompió la bruma de su mente. Ella estaba allí. Ella no se había ido. Aiko cayó de rodillas a su lado, sus manos temblorosas tratando de sostenerlo. Sus ojos reflejaban puro pánico, pero también una lealtad inquebrantable.

—¡Ryuusei, dime algo! ¡No te duermas! ¡Tienes que aguantar! —su voz se quebró, su cuerpo entero temblaba.

Pero Ryuusei apenas podía responder. Su espalda ardía como si lo hubieran partido en dos. Sus piernas… ya no existían en su mente. Su respiración era errática, cada intento de moverse era un tormento inhumano.

—Aiko… —su voz sonó como un susurro roto. —Me dejaron…

Aiko mordió su labio, sus ojos desbordándose de lágrimas. —¡Ellos son unos cobardes! ¡No les importas! ¡Pero a mí sí, Ryuusei! ¡No te atrevas a rendirte!

Pero Ryuusei solo veía el cielo carmesí. Su mente se hundía en la desesperación, la traición era una herida más profunda que cualquier golpe. ¿Era este el fin? ¿Así se sentía ser abandonado? ¿Así se sentía morir? El sonido de los Heraldos Negros acercándose retumbó en la distancia. La sombra de la muerte se cernía sobre ellos. Y Ryuusei, roto en cuerpo y alma, solo pudo soltar una risa ahogada. —Esto… es un infierno…

El silencio tras la carnicería era sepulcral. Solo quedaban 45 jugadores de los miles de almas que habían caído. La mayor masacre se dio cuando la Bestia y el Heraldo aparecieron, sumiendo el campo de batalla en un infierno de destrucción sin precedentes. Entre los escombros y los cuerpos, Ryuusei jadeaba con los puños apretados. Su mente estaba nublada, la traición lo había dejado al borde de la locura.

Sus propios aliados lo habían abandonado, lo habían condenado. Ahora, solo Aiko permanecía a su lado, pero ¿por cuánto tiempo? Cada sombra, cada crujido del suelo hacía que su corazón se acelerara. Sus ojos, encendidos por la paranoia, se clavaron en la niña que temblaba a su lado.

¡No podía confiar en nadie! Sus pensamientos se tornaron oscuros, llenos de sospecha. Aiko lo miró con miedo, notando el cambio en su expresión. Su maestro, su protector, ahora lucía como un demonio atrapado en su propia psicosis.

—¡Aiko! —rugió Ryuusei, tomándola bruscamente por los hombros. Sus manos temblaban, su mente estaba al borde del colapso. La niña lo miraba con ojos aterrorizados, sin entender qué estaba ocurriendo.

—T-tenemos que salir de aquí… —balbuceó ella.

Ryuusei sintió un escalofrío recorrer su espalda. Un rugido de ira surgió de su pecho y, sin pensar, su palma surcó el aire y se estampó contra la mejilla de la niña. El golpe no fue fuerte, pero bastó para hacerla tambalear y quedar en shock. Aiko llevó una mano a su mejilla, con los ojos llenos de lágrimas, y por primera vez vio el terror más puro en el rostro de quien se supone era su héroe.

—Cálmate —ordenó Ryuusei, ahora con la mirada fija y severa—. Escúchame bien. Se acabó el tiempo de llorar y de preguntar. Ya no somos un equipo. Ahora somos tú y yo. Y tenemos que hacer exactamente lo que te diga si queremos salir vivos de esto. ¿Entendido?

La niña, aún adolorida y asustada, asintió entre sollozos.

—Primero —continuó Ryuusei, ignorando las lágrimas en sus ojos. —Ve a recuperar la espada del Heraldo. Sigue incrustada en el cráneo de la Bestia. Necesitarás usar todas tus fuerzas para sacarla.

La niña asintió y corrió entre los escombros, esquivando los cadáveres que cubrían el campo de batalla. Ryuusei la observó de cerca, asegurándose de que no fallara.

—¡La tengo! —gritó, su voz un eco débil en la distancia.

—Segundo —continuó cuando Aiko regresó con la espada goteando sangre negra—. Coloca mis dos martillos en mi espalda. No puedo perderlos. —Ryuusei hablaba rápido, sus palabras eran órdenes directas que Aiko debía seguir sin cuestionar.

Aiko hizo lo que le dijo. Con dificultad, colocó los martillos en la espalda de Ryuusei, atándolos con un trozo de tela.

—Tercero… —dijo Ryuusei, sus ojos brillando con una luz febril. —Quiero que tomes mis dagas de teletransportación. Vas a aferrarte a mi cuerpo y vas a usarlas.

—¿Q-Qué? —Aiko lo miró sin comprender. —¿Pero… pero yo no sé cómo usar las!

—No tienes que hacerlo —explicó Ryuusei, su voz llena de una extraña convicción. —Mis dagas son diferentes. Son un catalizador. Yo controlo la teletransportación desde mi mente, pero tú serás la que las active. Tienes que aferrarte a mí y lanzar las dagas. Y yo… yo haré el resto. Pero si no lo haces bien… morimos.

Aiko tragó saliva y obedeció. Cada movimiento la hacía desaparecer en un destello de luz antes de reaparecer unos metros adelante, repitiendo el proceso sin descanso. Ryuusei la siguió con la mirada, asegurándose de que dominara la técnica mientras el terreno se desmoronaba a su alrededor.

—Es como si las dagas estuvieran vivas —dijo Aiko, su voz temblando por el esfuerzo—. Se mueven solas.

—Son armas raras —dijo Ryuusei. —No tienen voluntad propia, pero se activan cuando el portador lo necesita. En este caso… tú. Ahora, concéntrate. No podemos fallar. No hay margen de error.

Una vez dominado el proceso, Aiko fue corriendo donde estaba Ryuusei, se agarró a su cuerpo y empezó a lanzar las dagas una a una, recogiéndolas en el proceso.

—Vamos.

Aiko lanzó la primera daga con un nudo en la garganta. Apenas apareció en su nueva posición, sintió cómo su cuerpo se tambaleaba por la velocidad. Cada vez que se teletransportaba, el suelo desaparecía detrás de ella. No había margen de error. El suelo bajo ellos se desmoronaba más rápido de lo que habían previsto. Ryuusei siguió recogiendo las dagas para pasárselas a Aiko, asegurándose en el proceso de mantener el ciclo de teletransportación.

Mientras avanzaban, los números de jugadores vivos descendían drásticamente. De los 45 jugadores, ahora solo quedaban 15. Ryuusei vio una pantalla donde ya había 3 personas calificadas. Daichi. Kenta. Y Haru. Su cuerpo se llenó de odio al ver esos nombres, una rabia ardiente que hacía que el dolor en su espalda fuera insignificante. Solo quedaban dos cupos para pasar.

La mayor masacre había ocurrido cuando la Bestia y el Heraldo aparecieron. La destrucción que dejaron a su paso fue incalculable. Un solo enfrentamiento entre esas entidades había erradicado a cientos en cuestión de segundos. Nadie estaba preparado para semejante horror. Pero ellos dos aún seguían en pie.

—¡Ryuusei, el suelo se acaba! —Aiko gritó, lanzando su última daga.

Ryuusei observó el borde del abismo. La desesperación lo golpeó por un instante, pero luego reaccionó.

—¡Aguanta un poco más! —Lanzó la última daga hacia un pilar flotante en la distancia y ambos desaparecieron en un destello.

Aterrizaron jadeando, cubiertos de sudor y sangre. Detrás de ellos, el coliseo se hundía en la nada. Aiko, la niña a la que acababa de abofetear, lo había salvado.

—Aiko, repite la estrategia que te dije, además tengo un plan un poco sucio. —dijo Ryuusei.

Aiko obedeció, mientras ella se teletransportaba con el cuerpo de Ryuusei, este aprovechaba con sus martillos, romperles las piernas a todos los jugadores que iban adelante suyo, así salpicando un montón de sangre, ya estaban por llegar.

Aiko tiró la última daga, llegando así a la línea de meta. Detrás de ellos, el suelo se partía en pedazos, devorando los gritos de los jugadores que se habían quedado atrás. La adrenalina aún corría por sus venas, pero Ryuusei, en los brazos de Aiko, solo sentía el dolor atroz y un vacío frío en su pecho.

Los gritos de los que caían eran lo último en desaparecer antes de que el abismo los devorara. Manos desesperadas se aferraban a escombros flotantes, solo para resbalar segundos después. Uno a uno cayó, sus rostros congelados en terror absoluto. Y Ryuusei solo observaba. Un escalofrío recorrió su espalda cuando se dio cuenta de que no sentía nada.

Él y Aiko estaban a salvo. Habían pasado por el infierno mismo. Se ahogó en un llanto de felicidad por llegar a la meta con Aiko y por haber sobrevivido a un infierno que solo era el limbo.

Pero entonces, algo comenzó a caer del cielo. Gotas espesas y oscuras, tan rojas como la sangre, que caían sobre su rostro. No era lluvia. Era sangre. Una lluvia de sangre que caía sobre la tierra, un lamento del cielo.

Las gotas se mezclaron con sus lágrimas. Ryuusei ya no lloraba de felicidad, sino de una tristeza profunda y amarga. Su cuerpo temblaba con un dolor que no era físico. Llevó sus manos a la cara y las gotas oscuras mancharon sus dedos.

Las había matado. Había matado a personas. Había roto sus piernas. Había usado su martillo para destrozar sus huesos y dejarlos a la merced de La Muerte. Los había condenado.

Nunca antes había matado a tanta gente en un día. Nunca había sentido el peso de varias vidas que él mismo había quitado. Y se sentía vacío.

Levantó la mirada al cielo carmesí, empapado en la sangre de los caídos.

—Lo siento —murmuró, su voz rota, sus palabras apenas audibles sobre el sonido de la lluvia de sangre. —Lo siento…

Aiko, sin entender por qué lloraba, lo abrazó con fuerza.

Cuando Ryuusei levantó su mirada, sus ojos se encontraron con los de Daichi, Kenta y Haru. Ellos estaban al lado de la meta. Sonreían. Habían ganado. Habían sobrevivido. Su visión se volvió roja. Sus puños se cerraron con tanta fuerza que sus nudillos crujieron.

No podía permitirse perder. No contra ellos. El arrepentimiento y la tristeza se transformaron en una furia fría y controlada. Aún no era un monstruo. Pero estaba a punto de convertirse en uno.

Capítulo 11:
EL PACTO CON LA MUERTE

El aire era pesado, cargado con el olor a sangre y ceniza. Cinco figuras permanecían en pie, sus cuerpos marcados por heridas que deberían haber sido letales. Daichi, con un corte profundo en el brazo, miraba con su habitual estoicismo. Kenta temblaba ligeramente, sus ojos aún reflejaban el pánico del abismo. Haru se mantenía erguida, su postura calculada revelaba una frialdad que había crecido con cada muerte que presenció.

Aiko se aferraba a Ryuusei, que estaba de rodillas, con su cuerpo destrozado y su espalda aún en llamas por el dolor insoportable. Y, sin embargo, estaban vivos. Frente a ellos, una sombra oscura, la misma entidad que había guiado sus destinos en las últimas pruebas, se alzaba con una presencia imposible de ignorar.

—Han llegado al final —susurró La Muerte con una voz que era un murmullo y un trueno a la vez, una voz que resonaba en sus mentes y en sus almas—. Han sobrevivido. Han superado mis pruebas, mis juegos. Y por eso, ahora deben tomar una decisión.

Levantó una mano y en su palma se materializó un objeto etéreo, un antiguo artefacto cuyos fragmentos parecían contener el eco de incontables almas perdidas.

—Cada generación —continuó La Muerte, su voz como una melodía fúnebre—, ocurre un gran temblor o terremoto donde miles de personas perecen. Pero entre los sobrevivientes, cinco almas son seleccionadas para unirse al Comité de la Muerte.

Para proteger este ciclo. Para evitar que el mundo caiga en el olvido. Ustedes son los elegidos para reemplazar a los antiguos Heraldos Supremos y continuar con el ciclo.

—¿El Comité de la Muerte? —murmuró Kenta, su voz temblando. —¿Qué significa eso?

—Significa que nos convertiremos en heraldos como la criatura a la que Ryuusei mató —dijo Haru, su voz seca y sin emoción. —Significa que seremos los nuevos Heraldos Supremos, ¿no es así?

La Muerte asintió. —Así es. Serán mis nuevos Heraldos. Mis nuevos ejecutores. Continuarán con mi labor.

—¿Nuestra labor? —preguntó Daichi, su voz grave—. ¿Nuestra labor es matar sin sentido? ¿Dejar que los inocentes mueran en masacres para que cinco almas sean seleccionadas para servirte?

La Muerte inclinó levemente la cabeza, evaluándolos a todos con una indiferencia perturbadora. —La vida y la muerte son un ciclo. Los mortales mueren para dar vida. Nosotros aceleramos ese proceso. Es una labor necesaria para el equilibrio del universo.

Ryuusei frunció el ceño, sintiendo cómo un escalofrío recorría su columna. Sus ojos se fijaron en los de Aiko, que lo miraba con una mezcla de miedo y determinación. —Y si nos negamos?

—Serán cazados sin piedad —respondió La Muerte, su voz volviéndose gélida. —No pueden escapar de lo que ya son. Sus almas ya están ligadas a mí. Y sus vidas, también.

Los demás guardaron silencio, sus miradas apagadas y frías. La Muerte los había roto. La sangre en sus manos, la traición, el terror del abismo… los había cambiado. Pero Aiko dio un paso adelante, con su determinación reflejada en sus ojos.

—No acepto esto. No mataré sin sentido por un ente que solo nos ha llenado de miedo. Y no te serviré.

Ryuusei asintió, sintiendo que su propia sangre hervía. —Exacto. No somos sus marionetas. No somos los que matarías para divertirte.

Un profundo silencio reinó antes de que La Muerte inclinara la cabeza, evaluando a Ryuusei con un interés casi divertido. —Eres diferente. En ti hay caos y paz a la vez. Un equilibrio imposible. Aún te aferras a lo que eres, a lo que fuiste.

—No soy tuyo —respondió Ryuusei, sus ojos llenos de una rabia controlada. —No somos de tu propiedad.

Con un movimiento de su mano, La Muerte formó una máscara oscura, el símbolo del Ying-Yang grabado en su superficie.

—Esta será tu marca. Para que la paz y el caos, la vida y la muerte, el bien y el mal, se unan en ti. Serás mi Heraldo de la Singularidad. Mi heraldo definitivo.

Ryuusei sintió un escalofrío al recibir la máscara, pero su atención no se desvió. —No voy a obedecer tus órdenes. Tarde o temprano te mataré.

Un profundo suspiro resonó en la nada. La Muerte alzó su mano y, con un cruel deleite, hizo que la espalda de Ryuusei se rompiera más de lo que ya estaba, en un crujido horrible que resonó en el silencio del campo de batalla. La regeneración llegó lenta, dolorosa, como si su carne ardiera desde el interior. Mientras los demás adquirían habilidades de regeneración rápida, la suya sería un tormento constante.

—Tus palabras tienen un precio, mortal —susurró La Muerte—. Y si alguna vez mueres, tu destino será el peor de todos. A ellos les daré una muerte rápida. Una muerte de un solo golpe. Pero tú, Ryuusei…

La figura oscura avanzó, su presencia aplastante, se inclinó hacia Ryuusei. —Tu muerte será más dolorosa. Primero te arrancarán el brazo derecho. Luego la pierna izquierda. Te atravesarán el corazón con una espada… Y, finalmente, una hoja atravesará tu cabeza. Así, nunca te regenerarás. Así, tu alma no encontrará paz. Así, tu sufrimiento será eterno.

Ryuusei, a pesar del dolor, esbozó una sonrisa desafiante, una sonrisa que reflejaba la locura que había visto en su interior. —Sabes que los dioses también sangran, ¿cierto?

Un destello recorrió los ojos de La Muerte, un gesto casi imperceptible de sorpresa. No había esperado esa respuesta. No había esperado que un mortal le hablara con esa insolencia, con esa convicción.

Mientras los demás ya se habían vuelto fríos, inhumanos en su forma de matar, Ryuusei y Aiko se aferraban a lo que quedaba de su humanidad. Pero La Muerte había tomado su decisión. —Ya son parte del Comité, aunque quieran o no. Y el caos que se avecinaba estaba escrito en su destino.

El pacto estaba sellado.

Las sombras se disiparon. La Muerte se había ido, dejándolos solos. El cielo carmesí comenzó a desvanecerse, dando paso a un amanecer frío y gris. El silencio reinó entre los cinco.

Haru fue la primera en hablar. —Lo hicimos. Sobrevivimos.

Daichi miró a Ryuusei, que seguía de rodillas, su cuerpo temblando por el dolor. No dijo nada, pero sus ojos estaban vacíos.

—¿Qué… qué ha pasado? —preguntó Kenta, su voz aún temblaba. —Somos… ¿somos Heraldos ahora?

Haru lo miró con una frialdad que le heló la sangre. —No somos nada. Somos lo que ella nos ha hecho.

Aiko se arrodilló al lado de Ryuusei, sus manos tratando de curarlo, pero las heridas se regeneraban con una lentitud insoportable.

—Ryuusei, ¿estás bien? —preguntó, su voz llena de pánico.

—No… no estoy bien —murmuró él. —No siento mis piernas.

Aiko lo abrazó con fuerza. Y en ese abrazo, los demás vieron algo que no tenían. Vieron humanidad. Vieron una conexión que no se había roto.

Haru, con una voz que era un eco del pasado, dijo: —Debemos irnos. Tenemos que encontrar a los otros. Hay reglas. Debemos seguir las reglas.

Daichi y Kenta asintieron. Se habían ido sin decir una palabra. Daichi por su frialdad y Kenta por su miedo. Ahora, simplemente se alejaban, sus cuerpos marcados por la muerte, sus almas vacías.

—No… —susurró Aiko. —No se vayan…

Pero sus palabras fueron ignoradas. Se habían convertido en lo que La Muerte quería. Y Ryuusei… Ryuusei era diferente. Él aún tenía algo por lo que luchar. Y tenía un destino que cumplir. No para ella. Para él.

Capítulo 13:
Juramento de Lealtad

El aire seguía cargado con la energía densa y asfixiante de la Muerte. Era una bruma fría que se colaba por los poros, un recordatorio constante de que en ese lugar, la vida era solo una anomalía temporal. Aiko, todavía arrodillada a su lado, lo miraba con los grandes ojos muy abiertos, rebosantes de una preocupación que no correspondía a una niña de su edad. El dolor en la espalda de Ryuusei seguía allí, un tormento sordo, punzante y constante tras el último impacto. Sus huesos crujían con cada leve movimiento, recordándole lo frágil que era realmente.

Buscando una salida, una ventaja, Ryuusei alzó la Máscara del Yin-Yang con manos temblorosas y la aferró a su rostro.

No hubo una transición suave. No hubo una epifanía gloriosa.

En el instante en que la madera fría y mística tocó su piel, su visión se distorsionó violentamente. Un zumbido ensordecedor estalló en sus tímpanos. No era un mapa estelar ordenado lo que inundó su mente, sino un torrente caótico de conceptos abstractos, emociones puras y energía en bruto. Ryuusei ahogó un grito, cayendo de bruces contra el suelo de piedra. Sintió como si le hubieran inyectado plomo hirviendo directamente en el cerebro.

—Qué… ¿qué es esta agonía? —susurró, su voz resonando metálica y distorsionada detrás de la máscara.

Aiko se acercó más, sus manos temblando al rozar el hombro de su compañero.

—Ryuusei, ¿qué pasa? ¡Quítatela si te lastima! ¿Qué estás viendo?

No veía palabras. Sentía naturalezas. La máscara estaba obligando a su mente mortal a procesar el tejido mismo de su poder, dividiéndolo brutalmente en dos polos que amenazaban con desgarrarlo.

Poderes de Caos (Yin – Oscuridad, Destrucción)

Toque de la Entropía: Sus Martillos de la Guerra podían corroer cualquier cosa que tocaran, descomponiendo estructuras, armas e incluso deteniendo la regeneración de sus enemigos.

Llamas del Ocaso: Un fuego oscuro que no podía ser extinguido hasta la muerte de la víctima o hasta que él lo decidiera.

Regeneración Dolorosa: Se curaba, pero con un sufrimiento extremo, como si su cuerpo fuera reconstruido con clavos ardientes.

Poderes de Paz (Yang – Luz, Creación)

Aura de Resistencia: Reducía el impacto del daño recibido.

Zona de Equilibrio: Creaba un área donde todas las habilidades se reducían a la mitad.

—Veo mis habilidades —explicó, su voz llena de asombro. —Pero… también veo las de ellos. Las de Daichi, Kenta, y Haru.

El torrente de información continuó, revelando las habilidades que la Muerte les había concedido. Las Armas Celestiales que los otros tenían por ser de las generaciones superiores, las mismas que su maestra, La Muerte, había forjado.

Daichi – Lanza del Juicio

Impacto de la Condena: Cualquier herida causada por la lanza multiplicaba el dolor del enemigo.

Estocada Fantasmal: La lanza podía atravesar obstáculos físicos sin perder filo.

Devoción Inquebrantable: Hacía a Daichi inmune a manipulación mental y al miedo.

Kenta – Guadañas Gemelas del Eclipse

Corte en la Sombra: Podía atacar a distancia usando las sombras.

Danza de la Muerte: Aumentaba exponencialmente su velocidad en combate.

Segador de Almas: Cada muerte aumentaba su resistencia y energía.

Haru – Arco del Vacío Carmesí

Flechas Infinitas: No necesitaba carcaj, pues las flechas se formaban con su voluntad.

Disparo del Juicio: Marcaba a un enemigo y su flecha lo perseguía hasta impactar.

Lluvia Carmesí: Disparaba múltiples flechas explosivas simultáneamente.

—¿Qué significa eso? —preguntó Aiko. —¿Es como si te hubiera dado un mapa para luchar contra ellos?

—Tal vez… —murmuró Ryuusei. —O tal vez me dio una herramienta para entenderlos, para entender la verdad del universo.

Con una curiosidad imprudente, Ryuusei intentó ver la información de la Muerte. Sin embargo, lo único que apareció en su visión fue un sinfín de signos de interrogación. Era como si su poder fuera inconmensurable, un misterio que incluso la Máscara del Yin-Yang no podía descifrar.

En lugar de una figura, solo veía un vacío absoluto, un ???. No había nombre, no había forma, no había esencia, como si la Muerte estuviera más allá de lo que su poder podía comprender.

La Muerte se dio cuenta de su atrevimiento. Su voz, antes un murmullo, se volvió un eco glacial que resonó solo en la mente de Ryuusei.

—Interesante… ¿Intentas verme, niño?

En ese instante, Ryuusei sintió un dolor agonizante en su cabeza, como si mil cuchillas perforaran su mente. Un grito desgarrador se ahogó en su garganta. Cayó de rodillas, jadeando, y la Muerte se rio con diversión, un sonido hueco y seco que le heló la sangre.

—No estás listo para mirarme, pero me alegra ver que ya has entendido algo… Aún no eres nada ante mí.

Con un escalofrío, Ryuusei retiró la máscara. El dolor en su espalda volvió a su intensidad máxima, y por un momento, se preguntó si el dolor de cabeza había sido una advertencia o una prueba. Algo en su interior le decía que ciertas cosas no estaban destinadas a ser comprendidas por los mortales.

Mientras tanto, la Muerte se dirigió a Daichi, Kenta y Haru. Con palabras cuidadosamente elegidas, comenzó a sembrar dudas en sus corazones, insinuando que la relación entre Ryuusei y Aiko podía ser más de lo que aparentaba.

—Ese chico… y esa niña —susurró, su voz como una serpiente—. Son diferentes. Uno se aferra a su humanidad, la otra es una plaga. La singularidad de él no le pertenece. Le pertenece a ella. A la que llaman Aiko.

Al principio, dudaron, pero poco a poco, la influencia de la Muerte se hizo más fuerte. Daichi, en particular, sintió una creciente admiración por el ente, su lealtad comenzando a inclinarse más hacia la Muerte que hacia sus propios compañeros. Se había convencido de que su única forma de sobrevivir era aceptar su destino como un heraldo, y la Muerte, en su sabiduría, era un maestro digno de su lealtad.

Al salir de la sala de la Muerte, la atmósfera estaba cargada de hostilidad. El cielo había regresado a su estado normal. Las ruinas del campo de batalla se alzaban a su alrededor. Pero en lugar de cuerpos, había heraldos comunes que los veían con odio. Frente a ellos, Daichi, Kenta y Haru, a quienes la Muerte señaló con un gesto lento y deliberado.

—Ustedes tres… serán los Heraldos Supremos.

El título pesaba en el aire. Los otros heraldos comunes murmuraban entre sí, algunos con envidia, otros con alivio.

—Los Heraldos Supremos son mi voluntad hecha carne. Portan armas forjadas con el mismo material que nutre mi esencia y representan la ley del Inframundo. Son mi orden, mi juicio, mi ejecución.

Los tres se arrodillan ante su maestro, sintiendo la energía oscura fluir por sus cuerpos.

—¿Y qué hay de ellos? —pregunta uno de los heraldos comunes, señalando a Ryuusei y Aiko, que estaban juntos.

La Muerte guardó silencio por un momento antes de soltar una carcajada gutural.

—Ellos… no son parte de mi orden. No siguen mis reglas. No obedecen mis designios.

Los ojos de Daichi, Kenta y Haru se fijan en los dos.

—Los Heraldos Bastardos… —pronunció con una voz gélida—. Dos anomalías que no deberían existir. Pero, aun así, siguen bajo mi dominio.

El título cae como un juicio.

—Uno lleva una máscara del Yin-Yang que no le pertenece, robando los secretos del universo. La otra, una niña, fue bendecida con un arma sin recibir mi gracia. Y sin embargo… aún los dejo existir.

Daichi frunce el ceño.

—¿Por qué?

—Porque su destino no ha sido escrito. Y quiero ver hasta dónde llegarán antes de que los borre de la existencia.

La Muerte se gira, dejando que las palabras se graben en la mente de todos. Desde ese día, los Heraldos Supremos serán vistos como los verdaderos campeones de la Muerte, mientras que Ryuusei y Aiko cargarán con el desprecio y la sospecha de quienes los rodean.

Ryuusei y Aiko sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos. Aunque su estatus era inferior al de los Supremos, seguían siendo parte de la estructura de la Muerte. Se les otorgarían los mismos beneficios: riquezas, recursos, e incluso cierta autoridad sobre los heraldos menores. Sin embargo, todo esto venía acompañado de un odio implacable.

—No crean que esto es un favor —continuó La Muerte, su tono afilado como una daga—. Están obligados a servirme. Con cada fibra de su ser, con cada gota de su sangre. Mi voluntad es absoluta.

Los murmullos de los heraldos se intensificaron. Para ellos, Ryuusei y Aiko no eran más que errores que se negaban a desaparecer. La tensión era sofocante, pero Ryuusei, sin pronunciar palabra, se limitó a ajustar su máscara, su expresión oculta tras ella.

Más tarde, cuando todo se calmó y se encontraban lejos de las miradas ajenas, Aiko se acercó a Ryuusei con una determinación inusual para su edad. Se arrodilló profundamente, inclinándose en un saikeirei (la reverencia más formal y sumisa en la cultura japonesa).

—Ryuusei-sama —dijo con voz firme, su cabeza inclinada.

Ryuusei la miró, sorprendido. —¿Aiko? ¿Qué haces?

—Desde hoy, le soy leal a Ryuusei —declaró con firmeza, su voz resonando en el silencio—. Me convertiré en tu sirvienta leal. Te serviré, te protegeré, y no me iré de tu lado, no importa lo que pase.

Ryuusei la miró en completo shock. Una niña de nueve años, con un sentido del deber tan arraigado que estaba dispuesta a inclinarse ante él, reconociéndolo como su maestro.

—¿Estás segura? —preguntó, incapaz de ocultar su sorpresa.

Aiko levantó la mirada, con determinación ardiente en sus ojos.

—Sí. La Muerte nos odia. Los Supremos nos desprecian. No hay lugar para mí aquí… salvo a tu lado. No confío en nadie más, y creo en ti.

Ryuusei exhaló pesadamente, dándose cuenta de que la niña entendía mucho más de lo que aparentaba. Ella había visto su dolor, su locura, su debilidad, y aun así, no lo había abandonado. Había visto a sus amigos huir por miedo, y su lealtad se había afianzado. No tenía sentido rechazarla. Su corazón, que se había endurecido por la traición, sintió una punzada de emoción, la primera en mucho tiempo.

—Entonces… acepto —dijo, la Máscara del Yin-Yang ocultando la emoción en sus ojos. —Pero no eres mi sirvienta. Eres mi familia. Mi única familia.

Y el pacto entre ellos se selló, no con palabras, sino con una lealtad que no se podía romper. Estaban solos contra el mundo. Pero estaban juntos.

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